miércoles, 13 de noviembre de 2013

Así, de lejos






Así, de lejos, 
como te conozco,
 sin romperte ni ensuciarte
brillante y encantador,
así es como me gusta verte.

Aguantando las últimas palabras,
 tapándonos la boca los dos
con las manos del silencio, 
sin desvelar el secreto jamás. 

Despidiéndonos con la mano en el aire 
librándonos de todo interés.
Con la sonrisa en el viaje de vuelta, 
de esta manera, 
volviendo la mariposa a su cajón. 

A veces, y sólo a  veces
 las miradas comienzan a cantar,
 pero el olvido las macera suavemente, 
y volvemos al trago del vino y el diálogo dispar. 

Así, amigo, queden las cosas
por más que las esquinas griten,
de vez en cuando por algo más, 
porque te prefiero entero y libre, 
a tener pedazos de algo que, 
lo sé, no volverá a funcionar. 

domingo, 20 de octubre de 2013

jueves, 10 de octubre de 2013

Escribe sobre mí alguna vez


Dijo mientras sacudía con las manos los trozos de palomita en su pantalón. Escribe sobre lo que pienso antes de cerrar los ojos cuando me acuesto, sobre las lágrimas más calladas que tengo, las que guardaron mis párpados con esfuerzo, tanto como aquella vez que intentaba contener la risa cuando me dijiste que aquél era el (quinto) hombre de tu vida. Sobre las noches que empezaron bien y al rato sólo quería que acabaran. Sobre la velocidad que alcanzo en mi bicicleta, sobre tu bicicleta y la mía aparcadas a la puerta de la Iglesia. 

Háblame de la canción aquélla que solía poner en mi despertador, de cómo negociábamos los minutos de posponerla entre balbuceos. Escribe sobre lo cobarde que fui al no querer quitarte la avispa del jersey, aunque me gritabas que siempre te picaban. Repíteme otra vez lo fuerte que fui cuando recibía tortas aún con la mejilla colorada. Y leer sobre la historia aquella que te conté, sobre todo las líneas en las que se quebraba mi voz a mitad de relato y mis enormes ojos marrones se inundaban de luz tiritante. De las palabras que nos faltaban cuando mirábamos al frente, sin tocarnos, recuerdo cómo el silencio se fundía con tu compañía y juntos me aliviabais a los pies de un portal, en la última escalera. No escribas sobre tus pantalones, ya sabes que esos los odio. Te dejo que hables sobre mi rímel descorrido.

Escribe sobre la cantidad de cosas que nos hemos escrito. Sobre nuestra fingida indiferencia el día después de la discusión más grande que tuvimos, de mis botines y faldas cortas, de mis gestos exagerados que crean tendencia y de mi sonrisa después de los brackets. Escribe, escribe sobre lo que opino de que fumes, sobre lo mucho que me quieres. Intenta escribirlo todo. Y en la última hoja, escribe sobre la sonrisa que te imaginas que tengo, escribe rápido que él me vuelve a hacer reír y lo incrédula que me siento todavía a veces.

Escribe sobre mí alguna vez, que quiero que lo leamos juntas cuando te vuelva a ver.

Para ti




miércoles, 18 de septiembre de 2013

El runrún de tus ruedas



"Ruuum, ruum"

El sonido de la lavadora, del ventilador, de un perro hambriento que no deja de ladrar... la melodía rítmica de cualquier cosa que pasa a un segundo plano, circular, con subidas y bajadas de intensidad. El sonido al que uno se acostumbra, en definitiva.  Así es el runrún que ahora me acompaña mientras tecleo absorta en mi pequeño cacharro. Ha pasado al más secundario de los planos en mi cabeza, si no es que había estado siempre ahí. Al rato, con el cuello dolorido, me incoporo y echo un vistazo por encima del respaldo del sofá. Gaby, en su skate, recorre la terraza una y otra vez en círculos. Cuando la veo, también me doy cuenta de que está hablando. 

Dios mío, ¿cuánto tiempo llevará hablando? ¿Está hablando sola?

Puede sonrojarme la expresión de una persona cuando mi broma con intención empática me convierte súbitamente en una persona cruel. Puedo querer desaparecer cuando llego tarde y mis perdones atropellados se responden con un silencio. He querido ser una avestruz y meter la cabeza bajo la tierra cuando después de comer busqué la cartera en mi bolso y mi mente decidió entonces acordarse de que la saqué la noche anterior  y estaba descansando con su billete manoseado en mi mesilla. Pero nada, nada comparado con la vergüenza que siento mientras la miro, y deja de volar sobre el patinete para mirarme de vuelta. No hablaba sola. Tampoco conmigo. Si la hubiera escuchado, seguro que serían frases de un diario que se enreda en sus pensamientos y acaba desvariando para terminar con puntos suspensivos; las últimas palabras que alguien acaba musitando al ver que las primeras ni si quiera se han oído en el guirigay de la indiferencia. Si la hubiera escuchado. 

Vamos a jugar al rey del sofá, a llenarte de besos, a ser pin y pon, a intentar moderte la nariz y forcejear en un concurso sin puntos. A ver quien lanza más lejos el zapato, el peluche o mi cacharro.





martes, 3 de septiembre de 2013

Hobbits y cieno



Con el fin del día sobre mis cejas pobladas, descanso en la mesa más vieja de toda la casa, mi favorita. Mientras remato la cerveza fría, la brisa trae un olor poco agradable. Es intenso, y aunque parecía que sería un "tufillo" del momento, se mantiene. Dispuesto a cerrar la ventana con una mueca y varios resoplos, de repente ese olor me hace recordar, me hace cerrar los ojos, me deja plantado ante la ventana. 

Regreso a aquel pueblecito que podría asemejarse a la comarca de Tolkien y sus hobbits. Me encuentro andando, con las bermudas remangadas, mi hermano pequeño abriendo la comitiva y la pequeña detrás, muy cerca de mi. Vamos a pescar. Por primera vez en nuestra vida. Yo había dedicado la mayor parte del verano a leer, escribir y a llevar un barco que tenía alquilado. Mi hermano se había comprado una caña de pescar. Era una birria, pero él estaba emocionado. Y al final, para no haber cogido una caña antes, me sorprendió cuando nos sentó en un muro antes de la salida,  explicando el movimiento para lanzar el anzuelo, y metiendo palabras como "sedal" "plomo" cada rato, como quien dice "pásame el pan". Llevamos lo justo, que además dejamos en la bajada al mar, cerca de un bote. No había nadie. Era un rincón de la costa cerca del puerto, muy pequeño y solitario. Teníamos que andar un poco, la marea había bajado, debían ser las siete de la tarde más o menos. Eran las semanas de julio en las que las mareas subían y bajaban como mi mano cuando espanto una mosca. 

Sorpresa. En la comarca había una pequeña ciénaga, la que llamaban la ciénaga de los muertos en la película. Porque la zona en la que entramos tan campantes olía a muerto, la arena era blanda y viscosa. Los pies se hundían, se resbalaban. Sonaban pompas aquí y allá, de cualquier bicho que nunca me ha interesado descubrir, y los pies se desprendían del zapato que aquella tierra se empeñaba por succionar una y otra vez. Mi hermano decidió esquiar sobre la masa y las algas, ahora abatidas sin mar. Mi hermana no podía evitar reírse con las pedorretas que hacían sus pies al sumergirse en el extraño fango. 

Como era de esperar,  no pescamos nada. A la vuelta, el resto de la familia no nos quería cerca con ese perfume de cloaca , ni mucho menos. Definitivamente lo bautizamos "la ciénaga", pues esa arena negra con olor fuerte a putrefacto era, dijo mi madre, cieno. Quizá con el tiempo olvide esta historia que ahora he recordado. Pero por suerte, hay cosas que puedo decidir hacer desaparecer. "Y aunque el recuerdo me ha  hecho feliz, este olor es una de ellas", me digo mientras cierro  la ventana y me despido del olor a maravilla. 

Mis trenzas





Mis dos, morenas y brillantes trenzas.

Mis trenzas son sagradas. Y Paula acaba de tirar de una de ellas. 

Acompañada por los dos guardaespaldas -su envergadura no merece otro nombre- con el derecho de no sé muy bien quién. Mío, desde luego, no. Se han acercado en mitad del recreo a mi pequeño grupo, y por detrás- hay que ser necio, Paula sería una deshonra en el Oeste- he oído su voz de pito mientras cometía la irreverencia: "¡Vaca lechera!"

Normalmente, cuando me enfado, frunzo el ceño y callo. Esta vez tampoco ha salido una palabra de mi boca, pero me he acordado de mi hermana cuando se irrita hablando. El calor sube por mi cuello hasta las mejillas, que palpitan de ira. Me giro, y ella permanece victoriosa, con los brazos en jarra. Mis amigas se callan, menos Luisa, que arrecia con su voz grave: "¿Vaca lechera? Qué poco original, hija, si al menos estuviera gorda...". Estamos acostumbradas. No es victimismo. Es peor, nos sentimos por encima. Quizá se trate mecanismo de defensa ante las "guays", que hablan de la serie "macho men", de los granos de ésta o de la forma paleta de vestir de aquélla otra. De lo primero no tenemos ni idea. El resto, también lo pensamos. 



domingo, 25 de agosto de 2013

¡Brr!




Hace mal tiempo. La marea está increíblemente baja y no se puede nadar ni pescar. No subirá hasta dentro de unas... cinco horas, siendo impacientes. A ratos hace sol pero la brisa es muy fría, así que el paseo puede esperar. ¿Leer? Acabo de terminarme un libro, por Dios. ¿Hacer pulseritas? He gastado mucho hilo, además, para hacer una buena pulsera hay que estar entregado a la causa para escoger los colores acertados y tener los dedos en caliente. Y otra cantidad de excusas que se me ocurren para entender cómo me encuentro mirando esas fotos, cómo estoy absorta leyendo esos mensajes. He abierto la caja del pasado reciente, y ha sido como mirar el paisaje desde un coche que va a toda velocidad. Las frases me llevan a aquéllos sitios, a lo que sentí en cada uno de ellos, igual que las fotos. Pero pasan tan rápido entre mis manos, que no llego a tocarlas del todo, y mi cuerpo se siente extraño mientras sigue pasando las hojas. De repente, en una punzada de indigestión, cierro la caja de golpe y porrazo. 

Mira tú por donde, que la marea no estaba tan tan baja, que las pulseras son algo más sencillo, que lo único que es cierto es que ahora me muero de frío. Mira que soy idiota. Eso último me hace sonreír por dentro, pero no me quita el frío. Será mejor que me vaya a tomar un café contigo. Pero no en la terraza del otro día, menudo robo francés. Esos sí que no me verán ni aunque quieran abrir su cajita personal. 




miércoles, 17 de julio de 2013

La mujer cañón



Su sangre salpicó titulares y propinas en cafés de todas las terrazas que hablaban de su belleza y su accidente. 

El circo se quedó a oscuras. Los murmullos flotaban en el aire congestionado. Se oían a veces más alto y otras más bajo, como olas que vienen y van, en los minutos de espera al siguiente número.

Se encendió un foco y, bajo él, apareció una figura femenina y esbelta. Todos los ojos del gran círculo humano se posaron sobre ella. Una malla envolvía su cuerpo atlético de pies a cuello, donde empezaba una piel suave y blanca bajo la luz, que señalaba sus labios rojos y su mirada al frente, en la oscuridad. De su seriedad carmín surgió una rápida sonrisa al público, que aplaudía y gritaba a destiempo. Ella no veía nada. Como siempre.

Al principio, disfrutaba imaginando las caras de sus padres, mientras entraba en la pista con su tripa y mofletes redondos. Más tarde, seguía  haciéndolo, aún muerta la ilusión, con una esperanza fresca y joven, creativa, que cada día reinventaba frases para ella entre los gritos. Hasta hace poco, no dejaba de imaginarse caras diferentes, reales o no, como torero que se santigua antes del ruedo. Pero hoy... hoy no veía y punto. Se mantuvo de pie esperando a que se hiciera el silencio, inspiró el olor a sudor y palomitas, achinó los ojos intentando distinguir rasgos, con poco éxito. Inclinó su tronco en una reverencia a modo de saludo. Su larga coleta cayó sobre los hombros. Hoy estaba nerviosa otra vez. Agachada, en ese momento íntimo y fugaz, cerró los ojos con fuerza, disfrutando de la adrenalina que empezaba a tocar a la puerta de su cuerpo. 

Al incoporarse de nuevo, su expresión era neutra por completo. Apretó la mandíbula y los puños, que soltaron ondas de magnesio en el aire.

"¿Mamá, por qué lleva esa ropa tan rara?"
"Shh, Nicolás, mira, ¿ves su cara? Se está concentrando. Siéntate bien"

Después de media hora de piruetas y acrobacias en solitario, llegó el momento favorito para todos. Desde unos metros arriba, la joven saltó al suelo, levantando una polvareda y más aplausos.

Última reverencia.

Entrada en el cañón.

Redobles de tambor. 

¡PUM!

lunes, 15 de julio de 2013

7.30 am, estación de tren




Suena el pitido de siempre y se cierran las puertas. Una joven de pelo rubio teñido se sienta al lado de una mora con pañuelo color café, que estaba sentada estaciones antes. Tiene el ceño fruncido y algunas arrugas. La rubia, nada más sentarse, le da un beso en la mejilla. La morena -así son sus cejas, su bigote y su piel- se aparta mientras levanta la mano en un gesto amenazante que hace reír a su compañera de asiento.

Hacia el fondo del vagón, un hombre bajito y con las gafas de sol puestas apoya su moflete en el puño. Esta tan rígido, con la boca tan cerrada, que cuesta creer que está dormido, hasta que por fin la violenta cabezada despeja cualquier duda. A través de las nubes alargadas, el vagón se inunda de amarillo. En la parada, un pequeño baile a los lados, los pies medio abiertos sobre el suelo. Unos que salen, otros que entran, caras hinchadas y pocas palabras. 

Buenos días, Madrid

miércoles, 10 de julio de 2013

Los hilos de la maraña



Hoy les he mirado a los ojos. Son oscuros, miles de ojos oscuros en cuerpos que hacen ruido y que se esconden bajo un silencio incómodo. De ahí dentro, de esa maraña de bichos, salen hilos largos y sinuosos que juegan con las comisuras de mis labios, con el caer de mis lágrimas, hilos que se apoyan en mi alma hasta hacerla arrodillarse. Se enrollan en mi corazón, lo asfixian, lo amoratan, hasta dejarlo libre al fin, jadeando. 

Los hilos se enredan, y a mí nunca se me ha dado bien desenredar pelo, lana o pensamientos. 
Pero cuando no es eso, es el hastío el que acaba con ellos. 
De momento, les enseño mi espalda y así no oigo más que silencio. 
Pronto, pronto os miraré de nuevo. 

jueves, 4 de julio de 2013

Actividades peligrosas

- Eran cuatro. Parecían de una mafia de miradas mortales y cuchillos largos. Tenían tatuajes hasta en las mejillas y una cadena de oro bailando al ritmo de sus andares entre rapero y gánster. Se acercaron en posición punta de flecha, como cinco aviones de caza. 
- Eran cuatro.
- Esquivé varios golpes y recibí otros tantos. Me levanté del suelo varias veces. No tengo marcas en la cara porque me protegía el casco de la bici. Pero en una de estas, cuando hice el pino puente con manos de garza al estilo matrix...
- Te robaron el móvil mientras veías Monstruos University.
- Sí.

lunes, 24 de junio de 2013

Standby



En el octavo piso, una luz blanca mortecina parpadea de vez en cuando. Suenan platos que se chocan con cubiertos bajo un chorro de agua ardiendo. Las habitaciones están dormidas. En la cocina, con las manos llenas de restos y jabón, una chica con ropa de noche y ojos hinchados hace desaparecer montañas de platos. A su mente, como mosquitos sedientos, acuden reflexiones golpeando la puerta. Pero ella no les deja pasar. Coge un plato, lo aclara bajo el grifo, se gira levemente y, dejando un pie en el aire, se inclina mientras lo coloca en el lavavajillas. Así una y otra vez, intentando no hacer ruido, sin cambiar de expresión, con el moño torcido. 

Un pensamiento alargado logró colarse, de repente, en su mente borracha aquella noche. Bajó los hombros, y despertó de su dulce sueño de limpieza, de su fingida inmunidad. Sacudió las manos con violencia, para quitarse el agua, se las secó en el vestido de gasa. Se frotó los ojos extendiendo aún más el negro y abrió la ventana de la cocina. Daba a un patio con zapatillas, ropa interior y sábanas en sus balcones. Miró arriba, al trozo de cielo en forma de cuadrado, un cielo que ya amanecía. 

La vida real volvía a imponerse como una ola gigantesca. Apoyó su cuerpo desgastado y femenino en el marco de la ventana, moviendo sus pies sobre las puntas, para darles descanso. Encendió un cigarro, fue al salón y abrió la funda negra, despacio, con el pitillo entre sus labios. Se dejó caer entre los cojines y agachó la cabeza, apoyándola en el cuerpo de la guitarra. Rozó las cuerdas, las bañó en agua salada, dibujó notas tan frágiles como telarañas. Su boca expulsaba humo, cantaba las palabras del pensamiento alargado, intentando vomitarlo, ese pensamiento afilado que había entrado sin permiso. 

sábado, 22 de junio de 2013

Vals en el jardín







No hacía frío, tampoco calor, ni siquiera soplaba la brisa. La temperatura hacía pensar que el tiempo estaba congelado. Los vecinos tenían cena, y desde su patio sonaba Louis Amstrong. 

Ella no sabía bailar. Pero quería bailar con él. Habían estado hablando durante horas, y al escuchar la trompeta, él le había invitado a la pista verde. Al poner la mano sobre su hombro, las preguntas se desvanecieron, las palabras no tenían espacio. Sus ojos femeninos de pestañas gruesas y largas asomaban por el hombro izquierdo, temerosos. Seguía sus pasos, despacio, como quien sigue una oración justo una palabra por detrás. Podría pisarle en cualquier momento, sonreía nerviosa al pensarlo. 

Una vuelta, alejarse por un momento, y volver a su hombro, con alivio. Sus tobillos se fueron abandonando, mientras salían del verde y giraban hacia el fondo del jardín, a través del pasillo de estatuas. Los ojos blancos de mármol les miraban al pasar. Estatuas de cuerpo perfecto, movimiento en sus vestidos, estatuas con los pies inmóviles, condenados a no bailar nunca.

El momento "créditos"




Las letras blancas suben a la velocidad de los alimentos por una cinta de supermercado. La película ha mantenido mi sistema nervioso en su límite, en cada escena y golpe violento, en cada silencio tenso y hasta el final de la trama, que se acaba de resolver en un segundo y me ha dejado pegada al asiento, mientras escucho una voz femenina francesa que acompaña a los créditos.

Es el momento en que puedo llorar, en ese silencio de música de fondo, con letras que se ven pero no se miran. Ese momento en que la historia sigue latiendo dentro, pero las luces se han encendido y estoy un poco más lejos de la pantalla, me siento espectador otra vez. Mis músculos se relajan, mis manos sueltan los brazos del asiento y aun así, valorar lo que ha pasado me resulta imposible. Sólo me salen expresiones tontas, frases hechas que dibujan una enorme exclamación en el aire. 

Cuando una película me toca el botón del shock, lo que suele pasar al rato, es que me entra el hambre. Hambre de contarla hasta el destripe, de comentar esta escena, este momento, o este otro. Hambre de hartar a la oreja más paciente y de disfrutar con los que sientan la misma sed que yo. Hambre de repetirla, de verla una y otra vez. Con las películas que me han abofeteado, me entra un hambre que no se sacia, una gula más que justificada.

Y siempre me gusta recordar las buenas escenas, llevarlas en mi cabeza. Con conversaciones que intento mantener eternas, da igual cómo. Menciones, interpretaciones, carteles, fotos, frases, diálogos... Películas con personajes inolvidables que luego reencarno en cualquiera. Aunque a ojos de otros no tengan relación, a mi me recuerdan a mis actores, por este detalle, por su sonrisa... porque me da la gana. Y punto. 

Por eso, aunque ahora estoy llorando, sé lo que viene después. Y me apetece que llegue. De momento, voy a intentar levantarme en esta sala de cine vacía, con las escenas apelotonadas en mi cabeza, que me están esperando fuera. 

Para mis 10 personajes favoritos. Porque, gracias a Dios, no sois de mentira y esta película no ha terminado.

jueves, 13 de junio de 2013

Oh well...



Sus cicatrices tenían forma de sonrisa. Tenía más sangre en los ojos que en el corazón.
Podía sentir su pulso en la palma de la mano y el aire luchando por llegar a los pulmones. Su piel de cuero caliente estaba pintada rojo agonía. Se le resbalaron las yemas por el sudor de su nuca. Clavó las uñas. Lindas sonrisas en su piel. Dos lágrimas recorrieron sus mejillas, como gotas en las ventanas del coche haciendo carreras, cruzaron la mandíbula y se deslizaron por el cuello hasta llegar a las manos.

Y pensó: "¿Cómo medimos la inmortalidad?, ¿por las veces en que no morimos? o, ¿por las veces que sobrevivimos?"

"Somos inmortales con un 'te quiero' transparente"

"Te quiero"

Y soltó su cuello.


PUM


Y en mitad de este chiste que me cuentas, dejo que el humo suba nadando en el aire mientras cojo una escopeta mental y mato las mofetas que se han quedado dormidas en el horno.

miércoles, 12 de junio de 2013

Atocha, junio 2013




Es muy mujer. Muy charlatana. Exagerada en sus valoraciones, desde la temperatura ("Bueno, bueno, bueno bueno, bueno -añadir otros cinco- ¡qué calor! No hay quien lo aguante de verdad") hasta el resto de cosas que cuenta a cualquiera que esté al otro lado del móvil por el que habla. Con las piernas cruzadas, lleva un vestido de gasa beige, con zapatos de cuña y labios color rojo. Elegante. Pero hay que mirar dos veces para asegurarse de que esa elegancia es la que envuelve a una voz estridente, unos gestos amplios y sobre todo, las quejas.

Eso sí, insisto, es muy mujer. Presumida. Llega un ejecutivo, canoso y cansado, planea ocupar el asiento que está delante de la señora. Parece ser su compañero de trabajo, empiezan a hablar. Ella, después de enumerar los mismos "bueno" y comentar el tiempo mientras se abanica con la mano, pasa a la humildad en su coletilla: "Bueno, no quiero que suene a queja, no es que me queje del tiempo, en realidad son los contrastes lo que me impactan, ¿sabes? El frío de la oficina, el calor de fuera..". El oyente está de pie, no pronuncia palabra, cuelga su chaqueta y deja la maleta en el altillo del vagón, asiente sin dejar de mirarla. También está asado de calor. Suena el móvil de nuevo, ella lo coge y él aprovecha para sentarse, raudo, veloz. El saludo ha sido más de lo mismo:

-"Hola, Elena"
-"Menudo día, Alfonso, ¡menudo día!"

martes, 11 de junio de 2013

Doma propia



Las encinas rasgan mi espalda sin piedad. No importa cuánto me pegue al caballo, que por cierto, galopa sin control. Y es que este caballo que monto es... típico. Sigue donde vaya el jamelgo que tiene delante. Altos, bajos, colinas, zonas estrechas, qué mas da. Sus patas no paran, entregadas al campo y a su líder. Por fin, paramos en un alto, a mirar el paisaje y fumar mientras los animales resoplan y se calman bajo nuestro peso. Yo también me voy calmando. Mientras intentaba frenar a la bestia, momentos antes, no había hecho más que maldecir mi decisión de montarme, de lamentar mi ímpetu al abandonar la guitarra y el árbol para subirme a ese frenesí. 

El sol es abrasador. El color del paisaje, en su mayoría, amarillo. Fumamos en silencio. Siempre he estado enamorada de los caballos, y no siempre les he tenido miedo. Lo que más me gusta es su olor. Y limpiarlos. Y ensillarlos. Pero cuando me subo, desde aquella caída de triple mortal -con etcétera- en un picadero, la razón no me deja sentir. Soy un trozo de madera, un saco de patatas, un paquete de harina, denso. Un cuerpo rígido donde antes hubo uno aguerrido. "Poco a poco" me digo, mientras agarro su cuello para esquivar las ramas en el galope de vuelta. Por un momento, como si el caballo fuera una canción acertada, no noto diferencia entre su intención y la mía. Y lo agradezco. 

La granja que fue



El humo escala en el aire, desaparece poco a poco. Las brasas siguen ardiendo y la madera es negra, tan negra como la casa y el jardín. El cementerio de una granja, en mitad del campo. En el camino de arena, a la entrada de las cenizas, una señora con vestido ancho y pelo enmarañado se cubre la cara manchada de hollín con las manos. Se arrodilla, se deja caer, baja las manos y permite que el calor seque sus lágrimas. Borracha,  inexpresiva, recogiendo sus trozos por dentro sin evitar que se caigan como canicas en una bandeja de plata.

lunes, 10 de junio de 2013

LXXV


"¿Será verdad que cuando toca el sueño
con sus dedos de rosa nuestros ojos, 
de la cárcel que habita huye el espíritu
en vuelo presuroso?

¿Será verdad que, huésped de las nieblas
de la brisa nocturna al tenue soplo, 
alado sube a la región vacía, 
a encontrarse con otros?

¿Y allí, desnudo de la humana forma,
allí los lazos terrenales rotos, 
breves horas habita de la idea
el mundo silencioso?

¿Y ríe y llora y aborrece y ama
y guarda un rastro del dolor y el gozo, 
semejante al que deja cuando cruza
el cielo un meteoro?

Yo no sé si ese mundo de visiones
vive fuera o va dentro de nosotros
Pero sé que conozco a muchas gentes
a quienes no conozco".

Gustavo Adolfo Bécquer, rimas.


sábado, 8 de junio de 2013

¡Diez! ¡Once! ¡Doce!




Qué envidia. Qué envidia más sana. Cuando la siento tan profunda -y tan positiva- vuelvo automáticamente a mi infancia, a las fiestas de verano de fin de curso.Cada año se repetía el mismo número, que cerraba todas las actuaciones. Bajo el sonido de Safri Dúo retumbando en los altavoces y en nuestras tripas de niña, en el colegio, sentadas en esa pista ardiendo mientras "las mayores" repetían mortales hasta salirse de la colchoneta. "¡Once! ¡Doce!" Gritábamos todas y todos, llenos de emoción.

El público estaba rendido desde la primera voltereta. Los padres cansados del sol y los gritos, las profesoras sofocadas entre orden y sentencia, los hermanos-de-alumnas, que acudían a las fiestas por aparente formalidad familiar y se colocaban en las primeras filas para cotillear al estilo de las señoras de pueblo. Todos. Todos paraban y aplaudían. A mí se me hinchaba el pecho gritando, número tras número, gritando más alto cuando sus calcetines blancos de tobillo dejaban la colchoneta blanda y pasaban a las brasas de la pista. 

Las gimnastas, después de su acrobacia troyana  interpretada hasta el límite de sus fuerzas, terminaban de pie, mirando a cualquier parte, dependiendo del número de vueltas y de desorientación. Pero siempre, siempre, siempre se daban la vuelta, para mirar al público. Majestuosas, con su coleta destrozada, su cara enrojecida y su seriedad de actriz o su sonrisa eufórica, elevaban los brazos al cielo en un saludo que provocaba aún más aplausos. Pero hoy no ha sido la envidia la que me ha llevado de viaje al colegio.

Hoy, mientras tomaba el café, ha sonado esa canción. Safri Dúo, de fondo, mezclada con el pitido del té y el clin-clin de los platos. He dejado de beber, he mirado de reojo a la esquina, dejando la sorpresa a las puertas de mi boca abierta, por si acaso, mientras practicaba hipnosis con la radio negra. Qué antigüedad, qué locura, qué extraño. Una canción viejísima, que ya ha sido sustituida por Pit Bull o algún dubstep afortunado. Me gusta, ¡me gusta! Y me gusta mucho. Siento una irracional pasión, un acelere de concierto nocturno, una alegría de campeonato. Y siento esa envidia sana, ésa que disfruta del éxito sin siquiera ser, o haber sido  el protagonista de sus logros.

jueves, 6 de junio de 2013

Love deserved


No need to say anything else

miércoles, 5 de junio de 2013

Hoola hoop



El juego ha terminado. Todos se han lavado las manos y ahora toman la tarta. Miguel la come con los dedos, pero Lidia está segura de que no se debe a la falta de cubiertos. Lo que pasa es que Lidia no llega a la mesa. Desde aquí veo cómo se pone de puntillas, descalza, y mira a Miguel de reojo. Pedro prefiere tomar su trozo con medio cuerpo en la piscina. Con su pelo hacia atrás y unas gafas de sol que le van grandes, habla del número habitaciones que tendrá su mansión cuando sea mayor. Cuca escucha desde la hamaca, con las piernas cruzadas y los ojos achinados por el sol. Lucía lleva la corona de papel. Sigue repartiendo trozos de tarta, los corta con la lengua fuera, como cuando hace ejercicios de mates, esos en los que luego saca un diez. Carlos está a su lado, sujetando un plato tras otro, con sus gafas redondas y su primer botón abrochado. No para de hablar, pero Lucía parece no escucharle. Es la anfitriona y es su cumpleaños. Aunque nunca le escucha demasiado. 

Espero que Lucía haya contado mi trozo de tarta. Porque el juego ha terminado pero se han olvidado de mi. Y sigo atado a este tronco de árbol, con esta cuerda gruesa que me aprieta como una serpiente de la selva. Hace mucho calor y los mosquitos están intentando devorarme. Es inútil gritar, yo veo a la pandilla, pero están lejos y no creo que me oigan. Seco el sudor de mis manos en la soga que me ahoga la cintura, y miro a mi alrededor con ojos de loco, buscando una solución, pensando en Lucía, el trozo de tarta y mi tripa. 


Little boxes


Y de vez en cuando salen margaritas.
Son las cajas defectuosas.


Como 4 segundos


Para ti

Melena corta, con gesto tenso. La mano derecha tapando su boca y la izquierda sobre las piernas, se sienta en la silla gris rígida, atenta. La puerta se cierra, se abren las de su nerviosismo. La voz seria del profesor empieza a hablar entre el silencio de los novatos. Delgada como un espárrago, se inclina sin moverse de su sitio, y susurra:

- ¿Es ésta la clase de primero de Periodismo? Es que no estoy muy segura y me he metido rápido...
- Sí, vamos, yo soy de esa carrera, de primero y estoy aquí... Si no es, soy otra que se ha confundido.
- Oh, vale, bien, gracias. 

El primer paseo juntas, como dos extrañas, de letras a ciencias. De puntillas, tú mirando el tablón de idiomas, mientras hablas del amor americano, los animales o el último viaje corto: Madrid. Las primeras conversaciones, los primeros datos, rasgos de identificación, olfateadas de terreno. 

Tu pelo corto pasó a más corto. Las conversaciones se hicieron, sin embargo, más largas. Las charlas no eran suficientes en los ratos de descanso, y en clase acabamos sentándonos en las primeras filas, de manera que, hacer eso y hablar, era un tanto suicida. No quedaba otra, además de las cañas y los ratos con el grupo que fuimos creando las siete con nuestras manos, abriste este blog, con el nombre más absurdo y genial.

En mitad de la calle y de noche, después de un brindis con apuesta incluida y fuera de órbita, paseábamos entre lágrimas y risas. "Que alguien nos conteste, que alguien nos diga cómo alguien como tú y como yo podemos ser amigas". Cogidas por los hombros. Los recuerdos se apelotonan en esta copa de pensamientos, las palabras se hacen frías y tengo la impresión de no haber dicho nada. "It hurts so good", esa frase que gastamos hace un par de años. Pues yo me quedo con nuestros cantos nasales de country en la terraza, la risa floja, los abrazos y las despedidas románticas y parodiadas. Las discusiones con posturas totalmente opuestas, tan pacíficas que provocaban la risa. Yo creo que es blanco. Pues yo negro. Qué bien.

Siempre me ha impresionado tu fuerza y tu pasión en las cosas, tu humildad al acariciar el perdón que sale de tu boca, sentido, tu forma de escuchar y tu fe en las personas, insaciable.

Las piñas bailan en el Land Rover. Suena una canción aguda y mulata en la cinta, mientras cantamos desafinando. Hoy la brisa ha dejado de soplar y el verano con el sol han traído silencio este año, recuerdo la noche de este mismo en que confesamos que nos creíamos cada vez más distanciada. De la mano, tan cursis como siempre, viendo que esta historia tan auténtica no se había perdido, chocamos nuestras cervezas.  Dicen que los mejores brindis son aquéllos en que no se dice nada. Yo, en silencio, brindé porque no hubiera despedidas. 

martes, 4 de junio de 2013

Arena y salitre


"Sans toi, les émotions d'aujourd'hui ne seraient que la peau morte des émotions d'autrefois"


                                                                                       Hipolito


En la playa raspó su piel contra la arena y enterró su cuerpo bajo miles de conchas, sal y piedras.

lunes, 3 de junio de 2013

Fe



Y qué hay de la cara de idiota que se te queda cuando echas de menos algo que nunca has tenido, visto o vivido, pero aún así sigues coherente, firme en tu nostalgia, totalmente seguro de que existe.

Vita






Baila sobre cristales y antifaces aplastados, baila. Sonríe entre gritos, besos y empujones. Intenta alcanzarme. Me escapo, como aire entre tus dedos, tan rápido que te da la sensación de que nunca me has tenido. Sé que me sientes, claro que lo sé. En los abrazos largos, las despedidas desde el corazón y los gritos de tu discusión borracha. Sé que no puedes hacer nada, que me odias por eso, por quererme tanto. 

Las luces interiores se van apagando mientras las del cielo aparecen fuertes y blancas, entre las nubes. Salís todos, despacio, doloridos, desmejorados. Los fumadores, los secos y acartonados, los tiburones, los bizcos y las peonzas. La identidad se va pegando al cuerpo de nuevo, las pupilas se reducen otra vez, los serios vuelven a ser serios, los comentaristas estiran la noche en palabras, y los listos buscan un puesto de chocolate caliente. Que soy cara, y si me das frío me alejo, sin parar, de tu cuerpo hasta matarte. Cuídame mucho, que soy tu motor para el resto, soy el primer llanto, la primera voz de la cadena. 

Me gusta los que me quieren intenso, y viven poco. Fanáticos, alocados, sentidos, inestables. A veces no son muy conscientes de eso: la vida intensa y corta, pero me caen bien. Tú tampoco estás mal. Baila ahora sobre la calle, sobre el asfalto, con tus medias rotas y los tacones en tus manos. Baila, que al taxi le queda un rato. Baila o te quedarás dormida, y es aburrido sólo respirar para mí, con la gracia que me hacéis tú y toda tu generación, llenos de preocupaciones, de amor y de llanto, pequeños, tiernos y jóvenes.

martes, 28 de mayo de 2013

Tomás, Tomás




El coche derrapó, sus ruedas gritaron agudas y resonaron llenando la avenida. El joven aparcó de mala manera, y de mala manera cerró la puerta, mientras corría calle abajo. Pasó el puente y entró en la marea de la calle peatonal más grande de la ciudad.  Día laboral de otoño significaba masas caminando en todas las direcciones, con prisa, hacia Dios sabe dónde. El chico esquivaba y apartaba como si estuviera en la jungla. Lianas, ¡fuera! Gotas de sudor corrían por su frente, su mirada se mantenía al frente, intentaba mirar por encima de las cabezas repeinadas y de las melenas teñidas. La estatura de Tomás era escasa, y eso aumentaba su angustia. Resoplaba y se acaloraba entre tanto abrigo y zapato. Parecía que la gente le impedía el paso a propósito. Por eso, sus codazos aumentaron la fuerza. Surtían efecto. 

Un café se derramó en su manga. Estaba ardiendo. Tomás no gritó. Se desabrochó la chaqueta y dejó que el vaivén de gente hiciera el resto hasta quedarse sin chaqueta. Quedaba menos. Intentó recordar donde había dejado el coche, para no perderlo más tarde. Así, podría llegar tarde, pero no muy tarde al trabajo.  Por las prisas, no recordaba bien donde lo había aparcado. Pero no podía recordar. Sólo podía pensar en su cometido. Giró a la derecha. Su calle. Sacó las llaves del bolsillo de su pantalón, nervioso, temblando, sin pararse por el camino. Abrió el portal, con dificultad. La puerta era vieja, el edificio era viejo, los pisos se caían a trozos, la casera y el canario de la casera eran viejos. Subió las escaleras, el ascensor no era una opción. Quinto piso. Vamos, piernas. Tercero... Cuarto... 

Desollado, Tomás se aflojó la corbata mientras buscaba la llave de su puerta en el manojo. No dejaba de pensar en lo mismo, desde que dio la vuelta en su coche. Entró en su casa, tropezándose con un par de zapatos. Los apartó sin siquiera mirarlos, gruñendo, mientras corría a la cocina. 

Apagó el gas. 

Se apoyó en la mesa del centro de la cocina diminuta. Esperó a que su respiración disminuyera. Pero no tenía tiempo que perder. Secó su sudor de la cara, desde la barbilla hasta el cabello corto y moreno, y salió con paso firme. Tomás vivía la vida con intensidad, con drama, con teatro. Tomás sufría y luchaba. Tomás era un chiste. 

lunes, 27 de mayo de 2013

La abeja, el zombie y los exploradores



La calle Santo Cristo es larga y ancha. Alejada del centro de la ciudad, en un municipio cualquiera, con la llegada de la noche va perdiendo la iluminación general, hasta que sólo la hacen visible las casas que cuentan con farolillos.

Era de día, el sol golpeaba el asfalto, levantando olas de calor que serpenteaban el paisaje. En media hora, habían pasado cinco coches y dos personas a pie. Una de ellas, la señora de melena y piel oscuras. Tendría unos cincuenta años. Caminaba con esfuerzo, la cuesta es empinada, tan empinada que consigue hacer que cualquiera que la escale piense, en algún momento, que no tiene final. La señora me adelantó, yo estaba parada en un lado de la larga carretera. La observé mientras se alejaba dándome la espalda. Levantaba las piernas perdiendo ligeramente el equilibrio a cada paso. Ondeaba las bolsas de plástico que colgaban de ambas manos. Por el esfuerzo y la lentitud, su caminar podría ser el de un zombie de thriller. Podría ser, quizá, la pareja de Thom Yorke en Ingenue. Podría ser... ella misma, nadando en un pozo de líquido espeso, ella bailando lírico a cámara lenta. La señora se giró. Debió notar mi mirada en su nuca. Disimulé como pude. Que más da. 

La segunda persona había pasado ya antes. Era un cartero en su moto amarilla, con su casco amarillo. El motor arrancaba cada pocos minutos, después de que el chaval dejara en el buzón cartas de bancos, promociones, y alguna misiva de alguien que todavía conserva la bonita tradición de escribir. Era un chico joven de ojos despiertos. Su trayecto tocando los lados de la calle me recordó a los viajes de la abeja de las flores al panal o de flor en flor, mientras recoge el polen. Lo único que cambia es que las patas de la abeja ganan peso, y la maleta del cartero se vacía con el trayecto.

Un padre con aspecto de recién casado paró su coche a mi altura y tuve que girarme. En el asiento de atrás, llevaba a un bebé que con la boca abierta y un juguete entre las manos. Los dos estaban paralizados, mirándome. El padre paró la música, mostró una ancha sonrisa, y me preguntó cómo podía llegar a la torre. Esa torre de piedra y vacía a la entrada del pueblo, ese castillo pequeño para ser un castillo. Ese castillo que no tiene nada, más que un poco de gracia. Le indiqué el camino de la manera más sencilla que se me ocurrió. Tenía que dar la vuelta, para empezar. Le devolví la sonrisa después de las indicaciones. El conductor subió la ventanilla y yo regresé a mi posición, bajo la sombra de un árbol, a un lado de la calle Santo Cristo. Antes de seguir a su excursión de aventura con el pequeño, paró el coche y bajó la ventanilla de nuevo. 

-Perdona, que no te he preguntado. ¿Quieres que te acerque a algún sitio, o algo?
-Oh, no, no se preocupe. Estoy esperando a alguien. 


Last stop

video

domingo, 26 de mayo de 2013

El rastro


Uno ofrece setenta y cinco. El otro pide cien. Uno quiere el reloj. Y el otro se quiere deshacer de él. Pero ninguno cede. Todos los domingos tienen la misma discusión. Y todos los domingos se toman un café juntos sin llegar a un acuerdo.
O por lo menos eso me imaginé mientras sacaba la fotografía.

sábado, 25 de mayo de 2013

Metamorphoó

Para una belleza árabe



Al caer las bombas que él mismo había detonado, cerró los ojos e imaginó un océano de paz para poder mantenerse en pie mientras los pedazos golpeaban su cuerpo de arcilla. Quería pensar en muchas cosas, quería llorar, quería reír por haberlo conseguido. Quería volver, pero quería irse, quería lamentarse pero cantaba victoria. Entonces medio derretido, gritó y quiso soñar con la escultura en que se estaba convirtiendo, muerto de miedo. 

¡BOOM! ¡BOOM! ¡BOOM!

lunes, 20 de mayo de 2013

Pan



Para mi vecino
Hemos compartido un año de encuentros en la entreplanta. De conversaciones que empezaban por un saludo con la mano en la puerta abierta, y acababan en alguno de los dos salones, entre humo y Cola-Cao. Me escuchabas, sí, pero yo a ti también. Siento los bostezos, solían ser las últimas horas de días de universitario.

Tus ojos tristes contaban historias. Historias desconocidas, experiencias de un escenario que es el blanco de mi negro, el jardín de mi castillo hinchable. Hemos compartido dibujos y libros, galletas y tabaco, pero al final, como pasa con todos los amigos, cada uno vuelve a su rincón, a su ratonera. Sigue en su sitio el reloj, la misma ropa y el mismo desorden. Siguen tus pesadillas, y tu ira sensible de Nirvana que dejas sangrar escribiendo por las noches. Yo duermo, plácidamente, con un cartel en el techo que tiene una frase de motivación. Y así será, o un poco distinto, en el resto de cuartos de esta ciudad llena de bloques de ladrillo.

Sonríes a todo el mundo, aunque tu silencio esconda la incomprensión. Te gusta estar solo, pero no puedes vivir sin la gente. Corres en la cinta, te haces adicto a esos ratos en los que no piensas en nada, pequeño Peter Pan. Crees que nunca crecerás, o crees que sólo creces haciéndote fuerte, impasible, de oro. Los mejores músculos se forman después de dolorosas agujetas. Eso son buenas noticias, amigo mío.

Los cuartos se vacían, sale el sol y los deja desnudos, blancos, como si nadie hubiera dormido o llorado entre sus cuatro paredes. En tu maleta tus recuerdos, camisas de cuadros, dibujos y ropa de deporte. En tu bolsillo la cartera y bajo tu brazo izquierdo, todos y cada uno de tus hermanos. Entre tu pelo y sobre tus cejas una carrera de derecho y en el brillo de los ojos, tu madre. En tu boca siempre el humor, las bromas que hacen explotar los grupos con risas sinceras. 4 años a cuestas, una etapa que nadie te pidió que hicieras, una vida que te llevas, a otro sitio. Seamos siempre Peter Pan.

domingo, 19 de mayo de 2013

Zipi y Zape



Para Michu

Sucedió con el cambio en el plan de las noches. De repente leías libros sin dibujos, ya no te gustaba Zipi y Zape, o Mortadelo y Filemón. Y no sé como lo hacías, pero aguantabas más rato despierta. Yo terminaba con mi lámpara encendida y tebeo sobre mi cabeza redonda. La boca abierta, seguro. Tú en cambio, tragabas páginas y páginas, tenías ojeras, como los mayores. 

Te pusieron brackets. Ibas a tener unos dientes preciosos. A mi me gustaba tu paleta montada. Sé que querías jugar conmigo a la guerra de almohadas, pero acababas llorando. Yo tenía muy mala puntería, y siempre te daba en el aparato aunque había conseguido convencerte de que "he estado ensayando, ya no te daré en la boca, ¡de verdad!". 

Dejamos de hacer ese juego que tanto nos gustaba. Ése en el que nos poníamos de pie en la cama, a oscuras, y fingíamos ser una esfinge que era soplada por una hormiga. Entonces nos dejábamos caer de frente, sin freno y con abandono, dando varios botes sobre la cama, soltando una carcajada contagiosa que hacía que lo repitiéramos otra vez. 

Es verdad que ya no pintábamos sábanas, cortinas o el suelo con rotuladores a la hora de la siesta. Pero no era mejor el plan que ahora teníamos. Discutíamos más en las tardes de estudio. Y discutíamos distinto. Yo hablaba mucho, y tú asentías, sin mirarme. No podía soportar tu calma. Seguía hablando, hasta que al final, presa de la desesperación, me tirabas un boli, un lápiz, una hucha, lo primero que tuvieras a mano. Mamá separó nuestras mesas en el cuarto. 

Al final, yo también dejé de leer tebeos. No leo tanto como tú, pero sí te hago reír tanto como antes. Y si me fueras indiferente, me dolería como cuando discutíamos, aunque rescate un recuerdo tonto. Porque no sé como lo haces, no sé si es por la cantidad de libros que has leído o porque te pusieron brackets, pero cada una de tus palabras siempre me resulta oro, mejor que una guerra de almohadas. 


viernes, 17 de mayo de 2013

Postales sin mandar



Escribiste esas postales. Algunas tienen hasta la dirección. Debe de haber como 30. Ahora todas están en la bolsa de basura azul mezcladas con apuntes, dibujos y alguna carta escrita a máquina. Boston. Bretaña. Perú. Inglaterra. Madrid. 

La cáscara de un erizo de mar. Alguna poesía enredada con letras de canciones para tu guitarra. Libros que pediste y no has leído.

"¿Qué es esto?" Una nariz de payaso en un gran sobre blanco. Una caja de bombones llena de cartas recibidas. Filtros escupidos por el suelo. Entradas de cine. Una cartera de tela llena de dimes y pennies. Un paquete de American Spirit amarillo. Comics de Batman. Ya van dos bolsas de basura llenas. Botellas de Heineken, Amstel, Coca Cola y Baileys. Niebla de Unamuno y de tu cigarro. 

jueves, 16 de mayo de 2013

Karma haciendo el pino


Nicolás camina destrozándose los talones. Con las manos en los bolsillos, la sombra bajo sus ojos y el párpado derecho tiritando a ratos, cruza el enésimo paso de cebra, buscando un cajero.

Ya van dos con un corte de manga en la pantalla. "Cajero automático temporalmente fuera de servicio". Queda un cuarto de hora escaso para la fiesta, y su cuerpo mendiga una máquina que le diga si su tarjeta por fin está desbloqueada. Victoria. Cuatro manzanas más al norte del supermercado, la suerte le sonríe, y la ranura escupe un par de billetes usados.

Al cruzar las puertas correderas, le llaman al móvil. Sus ojos van de aquí para allá, mientras tira del carro de plástico con  la mano izquierda, a paso de serpiente. Pimientos, cebollas, latas, arroz, plátanos, botellas. "Sí, sí.. ¿Qué?" Se para en mitad del pasillo. Mira la pantalla. Lleva tres minutos y medio andando, su carro sigue vacío y la lista que llevaba en la cabeza ha desaparecido. Sin despedirse, cuelga, y al reanudar la marcha tropieza con sus propios pies, lanzando el carro vacío por el pasillo. Como en un pleno de bolera, choca contra la figura oronda de una señora mayor, que se gira, lentamente. Mira el carro. Mira a su dueño. Nicolás tiene los ojos desorbitados.

-Perdone, yo, yo.... no sabe cuánto lo siento- de su boca sale una risa nerviosa que cierra, sacudiendo la cabeza. Vuelve a escena y recoge el carro, disculpándose un par de veces más. La señora no ha dicho nada. Después de dedicarle una mueca de desprecio, vuelve sobre los precios de pollo ajustándose las gafas y sacando trasero.

Después de un buen rato parándose y andando, repasando los pasillos del pequeño lugar, Nicolás se dirige a la cinta, nervioso. Ya llega tarde. Qué bien, al menos no hay cola. Sólo hay un señor con pinta de padre recién salido del trabajo, que está pagando.

Gira el carro para colocar las cosas, cuando se acuerda de que le faltan servilletas. ¡Servilletas! Vuelve sobre sus pasos, corriendo. Se lleva el carro, mientras el resto de clientes se dirigen a la cinta. Para cuando vuelve hay tres personas, con tres-grandes-carros. Nicolás no puede más. El puñado de horas del día ha sido como una nube espesa sobre su cabeza, y esto está siendo el trueno final. Suelta el carro con desaire, y pega un grito mirando al cielo, queriendo olvidarse de los pimientos, las servilletas, el carro, la cola, la fiesta y la vieja gorda.


Generaciones



La primera vez que fui a visitarla me dijo que quería morir. Yo no le creí. Y ahora que está muerta quiero escribir lo que no supe decir, lo que no pudo escuchar.

            En la merienda nos sentábamos de espaldas a la puerta del comedor. En la mesa siempre me ponía a su izquierda. Las galletas tardaban en deshacerse en su café lo que me costaba ponerle el babero y coger la cuchara. Los restos de comida y saliva se mezclaban entre las arrugas de las comisuras de sus labios.

            No sabía quién soy y yo sé bastante poco de ella. Prefería el puré de calabacín al de patata, le calmaba escuchar a Jacques Brel y le agradaba más estar al sol. Luis Cernuda solía acompañarnos los domingos. Mala idea aquella tarde de verano en la que se me ocurrió comprarle una piruleta de chocolate. Y no llevé servilletas. Fue peor que un niño, manchó hasta el arnés de la silla de ruedas. Silla que antes había sido utilizada por otro, un antiguo marinero, que confundió en su día un estanque con el mar y un capullo de rosa con un trozo de comida. Después de tantos años, paseos y sentadas al sol, uno de los frenos estaba aflojado y yo ponía mi pie debajo de la rueda.
            No soportaba el olor de su cuarto; aire espeso, oxidado como sus articulaciones, tan muerto como su mirada. Una habitación con hedor a pañales y a dentadura, y un crucifijo en la pared como un colchón para mi mente. Su inocencia inconsciente era una escapada sin salida, una partida con la mirada hacia el cielo con los ojos cerrados.

            Mi padre solía unirse a media tarde con el periódico bajo el brazo. Se sentaba al lado de su madre y me preguntaba qué tal la tarde. Nunca hubo novedades y mis meteduras de patas estaban a salvo. A veces la peinaba, le ponía bien la chaqueta o le subía los calcetines. A mi padre también le gusta Jacques Brel. Él tampoco soporta el olor del cuarto. Y él sí la conocía bien, sus refranes, sus mejores recetas y sus manías.

            Allí estábamos los tres sentados al sol. Mi padre leía el periódico, mi abuela tenía la vista perdida en algún punto del suelo y yo les miraba mientras escuchaba Ne me quitte pas. Han pasado más de siete años. Después llegaron las visitas a otras residencias, a los hospitales, a los tanatorios y a los cementerios. Ahora me doy cuenta que la siguiente generación son los padres, que en mi caso, ya son abuelos.

miércoles, 15 de mayo de 2013

Un sueño diferente





Me he levantado después de una noche de muchos sueños chocando entre sí como una sopa de letras. No recuerdo las palabras, tampoco los lugares, pero sí que ha sido todo el rato la misma persona. Y que han sido sueños tranquilos. Qué dolor de cabeza...

Es curioso, normalmente sueño con las personas cuando empiezan a difuminarse. Para mi siempre ha guardado sentido: pasan al subconsciente, que está en ese garaje trasero. Nunca ha fallado, desde colegas que conocía en el extranjero y nunca más volvía a ver, hasta personas que habían estado más cerca, personas que fallecían... Pero esta vez eran sueños igual de claros, con una persona reciente. Intento acordarme de algo mientras remuevo el Cola-Cao.

Y el sueño eran ratos, recuerdo, ratos demasiado normales. Cotidianos. Sí.... recuerdo uno en la cafetería. Lo de siempre: no se sabe si ha sido un sueño largo -de 4 segundos en realidad- con muchos flashes, o diferentes sueños parecidos a lo largo de la noche. Ay, la cabeza.

En la cafetería, sí. Sigo recordando: su sonrisa y... luego íbamos...No, ese era otro sueño, ¡que no me acuerdo! Oh, oh, había otro, en un teatro. Los dos estábamos aplaudiendo. Ese era menos cotidiano, ya me gustaría que fuera "el plan de todas las tardes", pero para eso tendría que ser tan rica como la gente que maldice en el fondo su riqueza. Otro sueño, era algo así como "en el salón viendo la tele", o en el jardín desayunando... Bah, no me acuerdo casi, la cabeza me va a estallar, pero los tengo en la punta del consciente. ¡En la punta! Lo que pasa siempre también: basta recordarlos o sacarlos del bote para que se escapen según se nombran.

Ratos que nunca he vivido, con una persona que ni conozco.

Sueños. ¡Maldita resaca!

lunes, 13 de mayo de 2013

El trozo de pan




Pedrito lleva boina de franela y calcetines arrugados de color gris. Carlos es algo más alto y fuerte, con los mismos 9 años que su amigo, camina dando saltos. También lleva boina de franela oscura, redonda, sobre su pelo con forma de seta. No hay colegio. Por eso Carlos pega saltos. Pedrito va más pendiente de su desayuno, que desenvuelve con cuidado. Los bombardeos de la noche anterior acabaron con la cabaña y la profesora ha mandado a los niños de vuelta a casa. No hay acera, y por eso los dos niños caminan en mitad de la carretera. No van a pasar coches, los coches están "disfrazados de negro", como dice Pedrito. Se apelotonan en la  calle, a veces enteros y chamuscados, a veces en trozos que no rellenan si quiera el puzzle de un coche entero. 

Tampoco hay sorpresa detrás del papel de periódico con el desayuno de Pedrito. Un pan duro y un trozo diminuto de queso. Hace meses que no cambia. Todavía recuerda el sabor del paté de cerdo. Se le hace la boca agua, y es entonces cuando da un mordisco al pan, pensando en el paté, con los ojos cerrados. 

- ¡Dame un poco!- Carlos deja de saltar y se une al paso de Pedrito, extendiendo la mano
- Siempre dices lo mismo y luego escupes el trozo- Pedrito aparta el bulto de papel hacia la izquierda, enfurruñado- con la comida no se juega, ¿no te lo ha dicho tu mamá?
- Jo... Es que tengo hambre, intento comérmelo todos los días, pero ¡No puedo evitarlo, ese pan  es más viejo que mi abuela!- Carlos se agacha para reír, mirando a su amigo que sonríe de medio lado. 
- Pues hoy no te voy a dar- levanta las cejas, aumentando el paso, con sus zapatos de suela despegada. 
- Venga, hombre... ¿Quién te deja la mejor pelota del pueblo, quién?- Carlos frena a su amigo, que rendido le tiende un trozo, con gesto amenazante. 

Carlos mastica despacio, intentando sonreír a Pedrito. Los dos se han parado delante del Ayuntamiento, preparados para un partido de fútbol con el resto de compañeros. Un pueblo donde los mayores aún duermen y los pequeños celebran no tener colegio. 

miércoles, 8 de mayo de 2013

En un cementerio esnob

Era domingo. La hípica parecía más vacía de lo habitual, pero los caballos estaban ahí siempre. Famélicos, enfermos, con inyecciones y medicinas que, por sus resultados visibles, más bien parecían veneno.

Resultaba difícil de entender que en aquel club deportivo, de gran clase y elegancia, tuvieran a los jamelgos en semejante estado. Un club en el que es importante el coche que lleves y el nombre de las gafas que te plantes cuando salga el sol. En un trozo de verde y arena, los hijos de padres divorciados eran lanzados al parque con la cuidadora y las clases de golf, paddle, tennis, o todo el pack en su defecto, para los más inquietos. La sociedad, en su continuo intento por no caer en números rojos, exigía de los padres el trabajo para poder pagar la casa, la comida, su gimnasio, los planes de sus hijos cada año más caros, y por supuesto: el club y la cuidadora. Por lo menos, los caballos estaban limpios. Pero seguía siendo  incomprensible.



Manuela estaba en clase, montando, como cada semana. Y como cada semana, repetía experiencias con el mismo animal, para su desgracia. Blanco, con algunas manchas en las patas y una rebeldía perenne en el cuerpo, que le hacía parecer incluso humano. Cada semana lo montaba, y cada semana el caballo intentaba tirarla. Aquel día -obviamente sin avisar- había empezado a dar saltos en el aire, de manera acrobática y grotesca, igual que un potro sin domar. Manuela aguantó el tipo, soltando algún que otro grito pero sin despegarse de las riendas y el asa de la silla de cuero. El casco hacía reverencias violentas sobre su cabeza de pelo fino, sus piernas se apretaban contra el cuerpo del blanco rabioso y llegaba la tensa calma al fin, que se aseguraba dando un par de vueltas al picadero, al paso. 

En las gradas, su prima pequeña, Begoña, daba brincos y hablaba sin parar. El resto del público eran las dos madres. Dos hermanas, dos mujeres en definitiva. La madre de Manuela seguía cada paso de su hija, mientras escuchaba a su hermana hablar. La pequeña Begoña llevaba la mitad de la clase repitiendo la misma frase, incansable, tenaz: "Mamá, mamá, ¡yo quiero montar! ¡Paula montó una vez un caballo a mi edad!". Una y otra vez. Nadie escuchaba a Begoña, pero ella cada vez lo repetía con más fe. Para ella, el éxito se acercaba. Terminó la clase. Una sudorosa y sonriente Manuela bajó del caballo y lo llevó con el resto de moribundos, al establo. Los brincos de Begoña se hicieron más altos, igual que su voz de pito. Su madre al final, se calló y dirigió su mirada grave a la pequeña, que mantuvo la pregunta estática e imaginaria  en su expresión infantil. 

Al poco rato, el diminuto cuerpo de Begoña estaba montado en un caballo viejo y marrón. Lo habían traído a petición de su madre, sabe Dios si para hacer que la caprichosa bebé se callara o por alguna razón oculta y sabia de su madre. O porque sí. Begoña estaba emocionada. El casco le iba algo grande, pero estaba bien apretado y así lo sentía ella. Todo iba bien. El profesor le colocó los estribos a su altura, le enseñó a coger las riendas. Ella escondía las manos regordetas, y asentía. No sabía si estaban bien cogidas. Era lo de menos. Para Begoña, ese rato de instrucciones eran como los primeros largos minutos de una película, llenos de nombres que no conoce nadie. La pequeña no preguntó nada, no rechistó nada. El profesor se apartó un poco, y chasqueó la lengua al viejo penco, que comenzó a andar en una marcha funeraria, con el estilo de la bestia del Quijote. Begoña se estremeció de placer. 

Por aquél entonces estaban de moda los perros salchicha. Antes podían ser feos, quizá mañana lo sean, pero en ese momento, eran adorables y casi todo el mundo que tuviera un poco de afición mascotil se lo agenciaba. Aquel domingo había uno, no era de nadie que estiviera a la vista. Pero ahí andaba, en las gradas, oliendo cualquier cosa. Al perro en cuestión le dio por ladrar y el caballo viejo de Begoña despertó de su letargo, con un mini infarto a dos patas que la regordeta de 4 años no se esperaba. Se soltaron sus manos, sus piernas, se soltó el pánico de las dos madres que se pusieron en pie. Manuela había vuelto hacía rato, intentaba hacer callar al perro, porque en ese momento su ladrido era un pecado.

La pequeña estaba cubierta de arena, en el suelo del picadero, llorando. Su madre se mantuvo de pie, y entornó los ojos, en silencio. Begoña salió del picadero y tardó años en acariciar otro morro de esa especie. El caballo rebelde de Manuela murió por enfermedad, y pudo cambiar de acompañante. Tiene pinta de que Begoña, si sigue así, montará como nadie lo ha hecho antes. También tiene pinta de que será en otro picadero. 

domingo, 5 de mayo de 2013

Una noche más, una noche menos


La madera vieja cruje a ratos en el enorme piso de Madrid. La cocina, el salón de invitados, el gran comedor, los baños y las camas, todas las estancias están oscuras y vacías. Todas menos el salón más pequeño. Se oyen dos disparos y la melodía de una ópera a todo trapo. 

Sus uñas peinan el pelo blanco, despacio. Suspira y mata esa voz  de drama con el mando. Esa película le había resultado familiar desde el principio, hasta aburrirle. Pocas le parecían impredecibles, o al menos con un guión bien hecho. Pilar escucha el ruido de los coches que pasan por Velázquez, y mira por el ventanal. Las luces del edificio vecino se van apagando. Suelta el humo del cigarrillo, lo aplasta en el cenicero de porcelana mientras piensa en cómo rellenar el día de mañana. Se levanta, por fases, despacio, apoyada en el sillón, hasta levantar su alta y delgada figura en mitad del salón. 

Sus zapatillas pisan el parqué como algodón sobre piedra. Siguen crujiendo las tablas. Apaga la última luz. Desaparecen las caras conocidas de las fotos que cuelgan, se cierran los ojos de los cuadros, Pilar desaparece silenciosa en el gigantesco cuarto de recuerdos.  

domingo, 28 de abril de 2013

Científicamente muerto


Julián vaga por la casa como un fantasma. Mira al frente sin centrarse en nada concreto. Sus párpados están a media asta, sus brazos cuelgan muertos sobre el cuerpo , que avanza por el pasillo. Se choca con la puerta. Mira el pomo largamente, antes de girarlo, para entrar en el salón. Hay invitados. Julián, aunque nadie lo sepa, es en ese momento un salmón muerto en la corriente. Se deja caer en el sofá libre y saluda con el volumen que siente, puede dar a su voz (mínimo). 

Están gritando y hacen mucho ruido, siendo tan sólo siete. Parece que se han sentado de acuerdo. En un lado, los chicos ríen y vomitan teorías, en el otro las chicas gesticulan con exageración sus argumentos en contra. 

En mitad de una discusión de gente enfebrecida, el tema suele disolverse, hasta convertirse en discutir por discutir. Julián está cansado para moverse, está agotado. Ni siquiera puede seguir las frases largas que dicen todos, casi a la vez. El estudiante echa la cabeza atrás en el asiento, y se esfuerza por tararear alguna canción que le haga desaparecer de las venas hinchadas y las salivas cubiertas de ira. 

Cuando mandas demasiado, sobre todo a un aparato, se produce un fenómeno de rebeldía, que se hace llamar saturación. Julián tenía eso en su cabeza. Por los raíles de sus nervios habían pasado muchas imágenes, dudas, decepciones y emociones, mucha información. Y luego, pues eso, nada. Vuelta a la normalidad. A la nada más absoluta, al hambre moribundo de motivación, a la vuelta a la rutina. Y la rutina le ha encontrado sin fuerzas.

Julián ha entrado en ese túnel de difícil retorno. Cuanto más te adentras, más oscuro, hasta que no puedes ver ni tus propios pies. Julián había decidido no pensar. Así, no sabía lo que le pasaba. Todo, oye, todo y nada le pasaba. Aún así, a través de su pelo rizado tuvo un pensamiento. Quizá, después de luchar y ver que todo acaba, después de ver sus errores y ser un impaciente, le quedaba esperar. Esperar a que algo pasara, mientras el dejaba que la corriente le llevara, como a un pez muerto y boca arriba, mirando el cielo desde un salón con olor a tabaco y pollo al curry. 

"La desesperanza está fundada en lo que sabemos, que es nada. Y la esperanza sobre lo que ignoramos, que es todo" 
Maurice Maeterlinck