jueves, 28 de octubre de 2010

Son cien


Zanahoria:
Son cien ratos a la luz del sol, o en una oscura habitación, cien ratos tristes o alegres, pensativos o eufóricos, cien ideas que son recuerdos o sueños que tecleamos con fuerza para que se cumplan, cien historias entre las que creamos un amigo, un llanto o una sonrisa, plasmamos lo que dos ojos y los otros 4 sentidos captan, al caminar por la calle o sentados en un banco. Cien momentos de palabras que bailan,chocan, se armonizan o se hablan. Cien pequeñas esquinas llenas de telarañas y susurros de colores...

Espárrago:
Son cien veces frente al teclado, deseos o anhelos. Son cien (o más) las veces que hemos aconsejado este blog. Son cien y no son nada todavía. Son cien ilusiones, decepciones, alegrías y tristezas. Son cien, filosofías baratas, poesías, cuentos, teorías alocadas. Son cien pero no las suficientes. Son 100 posts amigos y esperamos cumplir muchos más

lunes, 25 de octubre de 2010

Para una zanahoria

Las gilipolleces más serias se dicen en los momentos más inesperados. Son como duendecillos saltarines, de la boca al aire, del aire a los oídos. Y sus consecuencias varían desde muecas de sorpresa hasta gestos de desprecio. Entonces, el origen del duendecillo maligno, la boca, se cierra de repente y aprieta labio contra labio, pero la gilipollez ya está dicha.
Maldito presente que ya es pasado. Maldito pasado que se queda en la memoria. Y ya de paso maldita memoria que no recuerda (a tiempo) la última vez que metiste la pata y no te avisa que lo vas a volver a hacer. .
Lo dicho culpen a la boca, al duendecillo o a la memoria.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Una rosa es una rosa


Quise cortar la flor
más tierna del rosal,
pensando que de amor
no me podría pinchar,
y mientras me pinchaba
me enseñó una cosa
que una rosa es una rosa es una rosa...

Y cuando abrí la mano
y la dejé caer
rompieron a sangrar
las llagas en mi piel
y con sus pétalos
me las curó mimosa
que una rosa es una rosa es una rosa...


"Una rosa es una rosa" Mecano

Los dedos tu mano sangran palabras de promesas fallidas, palabras de perdón. Respira el dolor. Y tú que pensabas que no hacía daño. Ingenuo, nadie te enseñó a soportarlo. Solo cuando caes aprendes a levantarte.

Llevas la rosa y vas quitando las espinas del tallo como si fuese un rosario. Crees que con su olor cicatrizarán las heridas pero no te das cuenta que has que entregar algo más, algo que no se compra, algo que no se ve. Pero nadie te enseñó ese secreto.

Romperán a sangrar las llemas de tus dedos. Duelen, escuencen. Cuando vuelvas a llevar una rosa ya abrás aprendido la lección con solo mirar las cicatrices de tus llemas.


viernes, 8 de octubre de 2010

Smoke your ideas


¿Cuánto pesa el humo? La película de los directores Wayne Wang y Paul Auster, Smoke (1995) me llevó a pensar en esta pregunta. El largometraje da su respuesta pero yo ofrezco la mía.
El humo pesa lo que pesan los pensamientos del que fuma, del que sostiene el cigarro. Como serpientes negras y resbaladizas en el aire se elevan desde la punta del pitillo. En esta habitación pequeña y cerrada danzan, contorsionándose. Difuminan la claridad y llenan esta sala con sus bailes desenfrenados. Son los pensamientos los que se disuelven, los que desde la punta de este cigarrillo se esparcen por la habitación afirmando su presencia en el ambiente.
Los pensamientos son el humo negro, cargan el aire, lo inundan. Hay ideas fugaces que son aquel humo que desaparece tan pronto como das la siguiente calada, son esas reflexiones que no se piensan demasiado. Pero las más importantes son las ideas arraigadas, aquellas a las que les damos vueltas y vueltas. Ésas son el humo del techo, el humo que se queda suspendido, inquieto y confuso que intenta salir pero el cuarto, como nuestra cabeza con esas ideas, lo retiene y hace que lo volvamos a respirar, que las volvamos a pensar. Esos pensamientos son el suspiro negro de mi boca, el bostezo de humo espeso de ondulas formas que nos acaricia la mejilla antes de difuminarse en el ambiente. Esas ideas, aquellas que llenan nuestras cabezas son el olor, pero no el perfume del aire que se desvanece cuando se apaga el cigarrillo sino el aroma que se queda en la ropa, en la mano, en los labios, en la memoria.
Y luego está la nicotina. Te vuelve adicto y quieres volver a fumar, necesitas volver a pensar. Pero eso es otro tema, otra cigarrillo que me haga reflexionar sobre la próxima entrada.

domingo, 3 de octubre de 2010

Al son del vals desafinado


El salón cada noche era más oscuro. Las cortinas sufrían el paso del tiempo, y las innumerables visitas ilustres habían machacado el algodón de las alfombras, que se quejaban dejando al aire sus carnes membradas. Había sombras de vaho quemado en las pantallas, y las flores dormían el eterno y seco sueño, inclinadas en una solemne reverencia a aquella mujer, alta, esbelta y con un aire melancólico de nostalgia en su gesto. Sus manos delgadas jugaban con un encendedor de plata, que se abría y cerraba con un incansable ruido metálico. Aquella cajita era lo único que brillaba con destellos tiritantes y fugaces, en aquel gris y muerto lugar.

El silencio era casi insoportable, la dejaba sorda de dolor. Caminaba de un lado para otro, intentando recordar. De vez en cuando salía al exterior, para ver si las montañas, las ovejas y el sol seguían en su sitio.

Puso su canción favorita. A él le volvía loco cada vez que esas notas del piano daban comienzo al vals. Abandonó la copa de vino en una mesilla elegante y ahora escondida bajo la suciedad espesa. La copa se apoyó, levantando un polvo sutil, que parecía querer dibujar noches de ensueño y banquetes pasados.

Sus pies pequeños y finos comenzaron a dar los pasos al son de aquel vals desafinado, y sus manos, en el aire, le invocaban. Los ojos miel de aquella joven comenzaron a llorar silenciosamente, sin querer hacer ruido, mientras un nudo se asentaba en su garganta de mármol. Pero sonrió, elevando la cabeza y llevando sus negros rizos hacia atrás. La madera crujía al descompás de la melodía. El sol, ya despierto, atisbó aquel baile a través de las rendijas de madera abrigadas por el musgo. La mujer enseñó sus párpados hinchados al nuevo día, y suspiró.

Su vestido blanco se manchaba, poco a poco. A medida que el vals cobraba fuerza, ella revivía en la estática visión de su padre. ¡Era tan pequeña! El la cogía y la elevaba, riendo. Se tropezó, pero continuaba bailando, quería ver. El piano, ella sentada en sus rodillas...

Un jarrón cayó al suelo, pero la bailarina no abrió los ojos. Vio aquel infernal agujero negro, el plomo y la sangre. Oyó los gritos, y también ella corrió, cegada por el pasado, hacia ninguna parte. Al impactar con el suelo, al fin despertó de su enfermizo sueño. Seguía en el estático salón oscuro.
Cruzó el umbral de aquella casa sin puerta que cerrar, bajó las escaleras, y dedicó una última mirada a la lápida. Le lanzó un beso mientras le decía por dentro: " La próxima vez escojo yo la canción".