viernes, 26 de marzo de 2010

El Timbre

"El guión y luego van los géneros, los programas y la programación... el golpe es punto y aparte, y la ráfaga punto y seguido...; la entonación es el conjunto de rasgos tonales que conforman la curva melódica... esto no me lo estudio pero como caiga... me quiero ir a casa... ¡quiero vacaciones ya! ....".

¡¡RIIIING!!

"Tranquilidad, esta es una buena universidad, no va a pasar nada, seguramente haya sido algún capullo fumando en el baño. Bien, levántate y sal despacio como el resto. ¿Por qué no se mueve nadie? Bien, calma, están en estadoshock, no todos los días se sale de un edificio en llamas. Calma".

-¡Tranquilos! Todo va a ir bien- dijo de pie y en voz alta- levantaos despacio, ¡no os preocupéis de las cosas ahora lo más importante es salir del edificio!

Nadie se movía todo el mundo estaba alucinando. Todo el mundo miraba a aquella alumna que estaba de pie, buscando la salida de emergencia. Todo el mundo con los ojos bien abiertos seguían sin mover ni un músculo.

-Sé que esto puede parecer duro pero salgamos por la puerta muy despacio, sin pánico.
"Siguen en estado de shock, bien tengo que hacer algo".

Uno de los alumnos se levantó y se dirigió hacia ella y dijo:
-Son las siete menos cuarto y ese timbre es el aviso porque la hemoreteca cierra a las siete.

Ahora ella tenía una verdadera cara de alucinación.

martes, 23 de marzo de 2010

Estos ojos no lloran más por ti















Este adiós no maquilla un hasta luego,
este nunca no esconde un ojalá,
estas cenizas no juegan con fuego,
este ciego no mira para atrás.

Este notario firma lo que escribo,
esta letra no la protestaré,
ahórrate el acuse de recibo,
estas vísperas son las de después.

A este ruido tan huérfano de padre
no voy a permitirle que taladre
un corazón podrido de latir.

Este pez ya no muere por tu boca,
este loco se va con otra loca,
estos ojos no lloran más por ti.
Joaquín Sabina



Tú que entrenabas esos lloriqueos ya no te sirven conmigo. Este corazón se ha vuelto fuerte, como el fénix tras las cenizas. Tu atractivos se han vuelto odiosos, tus curiosidades, manías. Tus ojos no sirven en las coartadas de tus engaños, los míos están secos de alegría y agrado.
Que me sigas queriendo no me desvela mis sueños. Mis ateridas sábanas celebran la despedida. Tus palabras edulcoradas ya no son más que los posos de este café amargo. Tus excusas de ida y venida parecen las falsas evasivas de una mujer que disfruta haciendo daño.



Que tus manos no toquen estas manos; que tus labios se resfríen; que tus caderas duerman sin alguien a su lado; que tu voz no perfore más oídos ni cuente chistes de los que nadie se ríe; que tus mentiras sean papeles mojados.

jueves, 18 de marzo de 2010

Pereza



La pereza es el ecologismo de las fuerzas llevado al máximo. Es la ausencia de pellizcos de realidad. La pereza es vagancia. La pereza es perder la ilusión, es dejar de preocuparse por las cosas. Es pasar horas sin hacer nada y no lamentarse de perder el tiempo. La pereza es la enfermedad de las personas sin voluntad y sin determinación. Lo síntomas: los brazos y piernas te pesan; estar sentado es el paraíso; la expresión de la cara es neutra con un toque amargo; las palabras se vuelven enemigas de la boca y las responsabilidades se convierten en condenas. La pereza es ver la felicidad y el trabajo como utopías.

martes, 16 de marzo de 2010

Escucha




La palabra es mitad de quien la pronuncia, mitad de quien la escucha.
Saber escuchar es el mejor remedio contra la soledad, la locuacidad y la laringitis.(W.G Ward)

Algunos oyen con las orejas, algunos con el estómago, algunos con el bolsillo y algunos no oyen en absoluto.(K Gibran)

lunes, 15 de marzo de 2010

El erotismo de la calada

A contraluz, tu silueta desnuda
en la ventana, fumando caladas de deseo
tus caderas finas en esta bruma
negro tu cuerpo en el erotismo del momento.

Luz perezosa se cuela por tu pelo
los rayos de sol en mi piel dibujan
las más bellas letras de un te quiero
y difuminan las intensidad más pura.

Besas el cigarrillo consumiendo todo
bebes el aire que nos rodea
echas un suspiro negro y sinuoso.
Me miras y casi creo que me deseas.

sábado, 13 de marzo de 2010

Pasillos blancos



Para un ángel en la tierra

El móvil estaba esperando esa hora maldita, para gritar con todas sus fuerzas y despegar los párpados de la enfermera, que se queja soltando un largo y grave bostezo.

No ve nada y algo le oprime la barbilla. Tanteando y como puede encuentra el interruptor, que inunda la estancia de una luz clara, molesta. Debajo de su boca yace uno de sus libros favoritos.

El agua fría despierta su cuerpo adormecido y congela esas ideas que brotan sin avisar. Se mira al espejo, sonriendo anchamente justo después de lavarse los dientes. Es una chica de aspecto nórdico, con la piel clara enmarcada por un cabello grueso y rubio de reflejos pelirrojos. Tiene unas ojeras incipientes, sus ojos azul apagado despiertan del todo al conocer el frío de la mañana al salir de casa. El resto de la casa duerme. Camina a buen paso, dejando bailar al pensamiento y trasladando su mente a otra parte. No puede evitar reír disimuladamente al recordar su arrebato de genio con una compañera, que tira siempre de su paciencia con todas las armas imaginables. Se ajusta el bolso mientras esquiva a los madrugadores que andan en dirección contraria a la suya.

Sus pies resuenan en los pasillos blancos, mientras se ajusta la cofia. Se para frente a una puerta, y gira lentamente su cabeza hacia ella. Las mantas recogidas en el extremo de la cama le bastan para saber que su paciente se ha ido, como temía. Los objetos personales de aquella amiga sabia y anciana esperan de alguna mano familiar para ser llevados al recuerdo. Se apoya pesadamente en el marco de la puerta, sin apartar sus ojos de la estancia, como dando un minuto de silencio a aquél alma cándida. Vuelve al pasillo blanco, vacío y en el que pasan tantas cosas al mismo tiempo.

viernes, 12 de marzo de 2010

Recuerdos




Nada.La comida quemaba tanto como antes. Por mucho que sopláramos la sopa, el humo volvía a emerger, desafiante. Estábamos las dos en la mesa de madera, vestida de cuadros rojos y blancos, riendo mientras porcurábamos no catapultar ninguna miga de pan. Mis tíos hablaban de la rata que se había colado en el garaje, y que pondrían más veneno. Sus voces se fueron apagando mientras bajaban las escaleras que llevaban a la primera planta.

Después de quitar las migas del mantel, cogimos cada una una fruta y una zanahoria cruda. En aquella casa magnífica y tranquila, el jardín era todo humedad y verdor. Caminábamos del brazo a buen paso en una cuesta arriba, que terminaba en un trozo de tierra parduzca sembrada de altos pinos. El sol dibujaba sombras grotescas que se movían con el viento, mientras las ardillas correteaban para escalar algún pino que les salvara de nuestra repentina presencia.

Cogimos un baúl de mimbre que siempre había estado allí para la leña. Ahora estaba vacío. Después de sacudir las astillas, lo pusimos boca abajo y se convirtió entonces en un pequeño mirador. Con sólo trece años, y siendo mi prima un palo vivo, cabíamos en aquel baúl cómodamente. Esperamos a que las ardillas se dejaran ver.

Nunca había hecho eso, esperar. Algunas veces corría detrás de las gordas palomas en verano, hasta que levantaran el vuelo, y otras veces gritaba para ahuyentar a todo bicho relativamente pequeño. Pero observar en el silencio me parecía un tanto absurdo, aunque confiaba en las palabras de mi prima, que siempre disfrutaba haciéndolo.

El sol de la tarde se filtraba en los gusanos de mimbre que tejían el baúl, y tuve que cerrar el ojo izquierdo. Si movía la cabeza, me encontraría con la de Pilar.

-No veo nada- dije al fin, suspirando.
-¡Shh! ¡sacrilegio!- dijo en tono bromista y sonriendo- Vas a ahuyentarlas.

Sonreí, y seguimos esperando. De repente, me di cuenta del inmenso silencio que nos rodeaba. Sólo las hojas bailando en el viento y el canto de los pájaros se atrevían a romperlo. Si me olvidaba de mi postura y de la paciencia que no tenía, realmente era un buen sitio para pasar el rato. Retorcí la zanahoria fresca con mis dedos. Cuando se estaban tiñendo de naranja, mi prima golpeó con su codo suavemente el mío. Levanté la vista, y vi algo precioso: a menos de un metro de nosotras, dos ardillas roían frenéticamente una piña.

Observé sus manos pequeñas y juntas, recogidas por delante de su cuerpo redondo, y la cabeza en forma de triángulo, de aspecto suave. Para mi sopresa, se acercó un poco más, hasta que estuvo lo bastante cerca como para oír un suspiro. Me tensé, y procuré no respirar. Era bastante emocionante, cada vez más.

-¡Niñas!¡Vamos a poner Fraiser!

Como era de esperar, las ardillas desaparecieron, y en su lugar, el rostro sonriente de mi tía en la ventana nos invitaba a entrar en la casa.Salimos corriendo y riendo hacia la puerta.

-Gracias- y tiré el último trozo de la zanahoria antes de cerrar la puerta.

jueves, 11 de marzo de 2010

Acojonante


El ruido de los petardos excita a los hombres y acojona a la mayoría de las mujeres. Es la noche de San Juan. Hay hogueras esparcidas por la playa, son como pequeños puntos naranjas rodeados por personas hipnotizadas por la luz. El mar en su incansable acecho a las costas continúa lanzando olas, intentado alcanzar la tierra. Parece una masa negra, imponente en toda su extensión. El ruido del romper del agua contra la arena se mezclaba con los ridículos gritos femeninos y las carcajadas masculinas.

No me acuerdo si había luna llena, pero lo que sí sé es que la temperatura era la perfecta y el estado anímico del grupo, también. Era la cuarta noche que pasábamos en Salou y cada tarde llegaba la decisión crucial: ¿qué hacer?
Llegamos a la playa y nos hicimos paso entre la multitud enloquecida por el fuego y los cohetes. En un círculo nos pusimos a hablar (bueno, en realidad gritábamos porque era imposible hacerse escuchar entre tanto bullicio). En un momento dado alguien dijo:

-Estaría bien bañarse. Ahora. En el mar.

Seguidamente se escucharon las risas burlonas de las demás, excepto la mía. Dijeron que era una locura y que se les iba a correr el maquillaje y a rizar el pelo. Entre sus voces me levanté. Permanecí allí de pie un buen rato. El cielo estaba negro y yo era incapaz de ver las estrellas. Eso es muy triste. Si alguien se levanta y no puede ver la estrellas, se siente desorientado. Entonces vi el mar, color ébano, oscuro, misterioso, voraz; la plena naturaleza ante mis ojos. “Allí sí que las veré”.

Sin pensármelo, empecé a quitarme la ropa muy rápido, como si tuviese la necesidad de zambullirme en el agua cuanto antes. Corrí hacia ese inmenso gigante negro que en aquel momento me pareció una gran mandíbula con ansias de tragarme. La arena al principio estaba seca y hasta casi templada. Cuanto más me acercaba a la orilla más húmedo se volvía el suelo. El contacto con la mar hizo que un escalofrío recorriese mi cuerpo, pero no tenía frío. No paré hasta que el agua me cubrió las caderas. Sentí cómo el mar mue acariciaba. Notaba cómo las olas me abrazaban. Aquella magnitud al tacto era suave y cálida y el reflejo de la luna dejaba ver sus rugosidades. El ruido de los petardos quedaba lejos, las voces, los gritos... Yo estaba en el mar. La tierra detrás de mí seguía su vida, como si mi marcha no hubiese significado nada. Pero daba igual porque ahí estaban estáticas, fieles como cada noche, las estrellas.

Entonces la cabeza se me llenó de cosas. Me acordé de mis abuelos, de mis padres y hermanos. Imaginé todas las cosas que quería hacer ese verano, de lo que tenía planeado para el futuro. Pensé hasta en filosofía, en la religión, en la suerte que tengo de vivir. Pensé en la muerte. Aquel lío mental fue curiosamente una liberación, ahora veía las cosas claras. Y tras un breve silencio en mi cabeza, pensé en la libertad. Para mí aquello era libertad. Para mí aquello era felicidad. El mar me acunaba y el ronroneo de las olas era una nana.

Extendí los brazos y miré hacia arriba. Allí estaban las estrellas y yo era el público que las admiraba. Más tarde, me paré a pensar en aquellas personas que vieron a la luz de la luna a una joven en medio del mar, en posición de cruz y en ropa interior. Más acojonante que un petardo.

lunes, 8 de marzo de 2010

Felicidad


Sería muy patético no saber cuál es el momento más feliz de mi vida. Y esta búsqueda se está volviendo absurda y lamentable al pasar las horas y ver esta hoja en blanco.




Primero pensé en mi familia e intenté rescatar algún encuentro emotivo pero solamente fui capaz de recordar todas las desgracias que han sucedido últimamente. Después me vino a la cabeza Tersac y sí, es verdad tengo escenas maravillosas allí, pero ya pasaron y al no guardar contacto con casi nadie me pongo triste al recuperar memorias lejanas.




Luego vino la desesperación y el agobio mezclado con rabia y pereza. Y así, después de varios días de búsqueda, he decido que mi vida en mi memoria es patética o más bien yo y mi memoria somos patéticas.




Por fin tras varios intentos encontré mi momento feliz y de lo contenta que me puse pensé que iba a escrbir sobre la búsqueda de mi felicidad y el alegre encuentro de ella ( esa idea se fue enseguida de mi cabeza).




Si nos paramos a pensar : ¿Qué es realmente la felicidad? ¿es un momento? ¿es una sensación? ¿es un éxtasis efímero? Yo creo que la felicidad es muy especial para cada uno. La felicidad puede durar un segundo o una vida; puede ser solitaria o compartida; puede convertirse en una esperanza para el futuro o ser el ancla de un pasado; la felicidad son tantas cosas que se escapa de nuestras manos.




Yo espero que el momento más feliz de mi vida sea el último, los últimos momentos. Entonces después de haber hecho todo, después de haber vivido, echas la vista atrás y ves todo aquello que conseguiste. Recordaré todos aquellos momentos felices y esa misma recopilación es un momento feliz en sí mismo porque me sentiré orgullosa de lo que hize (o eso espero).


Yo no necesito grandes cosas para ser feliz, simplemente quiero vivir.

jueves, 4 de marzo de 2010

Sin sentido

















Los sentimientos huelen a marisco congelado. La soledad es una canción de blues y la felicidad es tan suave como la seda. En el trastero del alma guardo unos pocos recuerdos. El amor es el pellizco para que te despiertes. Fragancia de amargura con un toque agridulce y chino. Botellas de besos para los solteros. Un pañuelo que guarda un llanto blanco. Mi alma es un acantalido ensangretado y un imposible enamorado. Las respuestas negativas no son más que una fina niebla. Qué tú me quieras hace mis sueños más irreales. Mi manos gritan al aire, mi voz sorda se lamenta y mi nariz muda se desconsuela. Mi pies vuelan por el mar. Libros de agua y arena. Arena de este charco en la calle. Calle que me recuerda a una playa. Una playa con mi alma en su orilla.

lunes, 1 de marzo de 2010

Sin rumbo






Es de noche. Caminas por esa ciudad desconocida, entre esa gente desconocida, con una emoción desconocida. Ves a gente de lo más variopinta. Tienes contacto visual con alguien pero apartas la vista y sigues tu camino. Hombres con folletos y carteles publicitarios de cosas que no te interesan te avasallan e irrumpen en tus pensamientos. Pero continuas adelante. Todo es extraño, ni siquiera sabes si la calle por la que andas es la correcta. Igual estás yendo en dirección contraria. No importa. No te importa nada solo quieres andar. Crees estar en otro mundo, con la música a todo volumen te aislas del mundo.

Los neones brillan con fuerza, más que nunca. Empiezas a dar vueltas y los colores de los carteles luminosos se mezclan entre sí y forman un arco iris chispeante que te envuelve. La gente anda más rápido y te parece como si fueses a contra corriente, en contra del mundo. Empiezas a correr. Esquivas a las personas con ligeros saltos hacia los lados. La sangre recorre tus venas más vivazmente. La embriagadora brisa te envuelve y una mágica sensación te invade.

Sin rumbo, sin destino, sin sentido, corres por las calles de un Madrid a las puertas de la noche esperando tropezarte con alguien y tener una conversación interesante que culmine este fantástico día.