viernes, 31 de diciembre de 2010

2011



Se aferra al volante como quien se aferra a un recuerdo, pero al poco afloja los dedos y parpadea, sin dejar de mirar al frente. Sus palabras tienen un tinte de dolor, y están empapadas de preguntas, que no tienen respuesta. Le duele saber que unas puertas que nunca se habían abierto tanto tienen que cerrarse aunque ella no quiera. Saber que en este momento de su vida no se trata de entender sino de aceptar. Alrededor todo es lluvia y farolas aburridamente alineadas que dan un tono anaranjado a la calle desierta. Es cierto. Olvidar, volver a empezar, hacerse independiente y vivir con uno mismo de nuevo suena bonito y sabe que lo hará, pero cuesta, cuesta horrores. "Es esa heridita que tengo abierta, la que tanto duele, y no se puede hacer como que no existe". Y guardamos silencio. Es una herida más. La cuestión no es no mirarla, sino coserla con paciencia, y después apreciar la blanca cicatriz que recuerda amablemente a una experiencia pasada y un presente más completo. Limpiarse la sangre,sin miedo.

Somos corredores en una pista salvaje. En la vida están los héroes que corren, son los que toman decisiones, los que se lanzan a la piscina aunque a veces esté vacía, los que aguantan los rasguños, a veces profundos, pero que persiguen una meta, para la que son necesarios esos pasos agigantados y esa potencia para la que estamos capacitados y que dibuja un camino liso y recto. Luego están los corredores mediocres, que corren por la pista con el testigo del miedo, esquivando las ramas y así desviando su camino, porque no tienen una meta fija, o si la tienen simplemente consiste en no hacerse daño. En un tiempo fueron iguales que los héroes, pero se han ido encogiendo, hasta hacerse pequeños, muy pequeños. Y uno puede siempre enderezarse, correr, respirar bocanadas de aire llenando sus pulmones en lugar de respirar lo justo para no morir asfixiado; pero el tren no espera, y como bien dice la frase de "sólo tú puedes decidir qué hacer con el tiempo que se te ha dado".

El peligro es grande, puedes vivir de manera gris que no vivirás mal. Estarás sobreviviendo. Es fácil distinguir lo que es malvivir de lo que es vivir bien, pero es difícil muchas veces ver que estás siendo espectador de tu vida. Puedes pensar que estás bien porque en tu camino te encuentras a gente sentada con la cabeza agachada o que a tu parecer está haciendo el pino, pero quien te dice que no están reflexionando para saber cuando correr y cuando caminar. Y es que hay corredores de todo tipo, al igual que tienes a los que no respetan las líneas de la pista, que son blancas y muy finas, y se convierten en animales que corren a cuatro patas siguiendo un instinto. Pero no se trata de compararse con otros, no se trata de contentarse con no ser el último. Se trata de perseguir ser el primero, sabiendo que si quedas segundo porque tus condiciones ocupan el lugar serás feliz besando esa medalla.

Es normal sentir miedo al dolor, siempre que no dejemos que ese miedo guíe nuestros pasos. Depende de nosotros que el dolor nos haga bien o mal. El dolor puede revivificar, puede hacer que repensemos muchas cosas, el dolor despierta a los adormecidos porque es lo que nos recuerda que estamos vivos, pero el dolor también puede matarnos, si lo observamos como un monstruo y no como un amigo. Y si tenemos miedo a quedar los últimos en la lista de papel que mañana morirá, seremos unos verdaderos perdedores. Porque para pisar fuerte hay que tener muchas piedras en los bolsillos. Y si cuesta es bueno, dejate ayudar, unas palmaditas en la espalda, el agua de la gente que te quiere y a seguir caminando sobre las ampollas de lo vivido.


domingo, 26 de diciembre de 2010

Cerrando los ojos, un poco de Diciembre y Enero




Norah Jones. Limpiar vasos pintados a mano, mientras el frío te mira por la ventana sin poder entrar. Leer un libro, que no cualquiera, acompañada del chasquido de la leña muriendo en el salón. Abrazos, felicitaciones y turrón envueltos en sonrisas. Bailes improvisados, bromas típicas y pendientes largos. Negro, verde, rojo, dorado y plata. La colonia de ocasiones especiales, los gemelos y zapatos brillantes. Blanco para la nieve y las emociones frescas. Momentos solemnes, lágrimas sinceras y el borbotar de una risa. Chocolate caliente.

La ilusión de los niños, los puntos de inflexión de los no tan niños, los recuerdos que se quedan en cristales empañados con dibujos de árboles y declaraciones de amor, de cualquier tipo. El cariño de quien más que darse la mano nunca se la ha soltado, vuelta a casa y diálogos entre familia. Quedadas de siempre y únicas. Charlas de horas y saludos de palmadas en la espalda. Las pascualas que rodean al Niño y los Christmas que abarrotan la mesa de la entrada. Pipas húmedas. La zanahoria hecha nariz en el blanco de un muñeco que observa el romper de los paquetes y los gritos de emoción. Tumbarse en la nieve en una noche silenciosa, bajo las estrellas limpias de un cielo azul oscurísimo, mirarse y decir tan sólo dos palabras, dos palabras que no se gastan nunca : Feliz Navidad.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Asomarse al mundo


Una tarea difícil: hacer que la bicicleta, esa que pesa nada más salir de casa, se esté quieta. La usa como taburete pero en realidad es el muro el que le ayuda a asomarse al mundo. Una rodilla sobre el sillín, los brazos sobre la piedra y unos ojos intrépidos miran el mar.
Una luz de las siete de la tarde edulcora el aire e inunda las nubes de un naranja rojizo con tal vez algún toque de color caramelo poco tostado en las cortezas de los árboles. El viento enfría esas mejillas rosas y esponjosas y convierte la punta de la nariz en la bombilla de Rudolf. Los rayos del sol ya no calientan y su intensidad ya no duele.

Asómate, niño, que el mar hoy ha dado tregua, que tu madre se ha despistado, que la rueda de la bicicleta tiene como tope una piedra, que la curiosidad te invade y te llama a mostrar tu cabecita por encima del muro de la ceguera infantil.

Pero no te tires, pequeño, que el golpe de la realidad es muy duro. Sigue en tu mundo de fantasía, donde lo factible es el surrealismo, donde los amigos imaginarios son como perros fieles. No digas que ya eres mayor y no te lo creas cuando tu madre te intenta chantajear. Sé un Peter Pan temporal. Aprovecha ahora que puedes de esa inocencia regalada porque luego el mundo te pedirá demasiado y llegará un momento en que no quede nada por ofrecer. Ríe y llora. Cree en lo imposible, pícate y no respires y haz lo que te salga de dentro. Espontaneidad. El primitivismo infantil en su esencia. Respira esta ingenuidad que te impregna la piel, no cierres los ojos llenos de candor. Vive estos años de completa impunidad.
Y solo asómate un ratito, que el agua no te moje o quedarás infectado ¡Corre tierra adentro!, que las mejores aventuras son aquellas en las que no sabemos el final .

Y por desgracia en la vida te dan el fin antes de que sepas por dónde vas a empezar.