martes, 30 de noviembre de 2010

Crisis


A veces soy solo en los reflejos pero me alejo y sigo aquí. Solo me veo en los espejos, miro esta máscara que tengo por cara, un rostro que transmite parte de mi interior, parte. Y aunque el resto esté dentro, en ocasiones hasta yo misma lo desconozco.


No existe el siempre ni el nunca y ese término medio que me inunda carece de virtud y no me satisface. No te conoces nada ni te conoces del todo. Triste que no pueda mirar mi cara sin un reflejo, fotografía o dibujo. Triste que esta piel sea lo primero que miren y conozcan, que yo también mire y aparentemente conozca. Es el pellejo de estos gestos y muecas, son los ojos y los labios los que conversan con el mundo.


Yo no soy piel, músculos, sangre, vísceras y huesos. Yo soy algo desconocido para el mundo, para mi mundo, para mí.


No podré saber si lo que creo que es verdad, verdad en sí misma, es verdad absoluta. No podré saber si lo que yo creo que es lo correcto, es en sí bondad absoluta.

Y no podré hasta que no me conozca de verdad.

Vuelta a la rutina

Me envuelve la rutina otra vez o visto de otro modo los recuerdos del año pasado. Hojas que parecen cereales con ese ruido crujiente y baldosas que escupen agua cuando paso con mi bici. De vuelta a las ruedas pinchadas y a las prisas para coger el bus. Vuelta a la riñas de mi madre porque no llevo zapatos buenos para la lluvia. A las manos congeladas, al pelo mojado y a las gafas empañadas con gotitas de agua en los cristales. Vuelta a los días deprimentes afrontados con sonrisas que desaparecen en cuanto te das cuentas que los exámenes de avecinan. Al estrés, a los nervios, al ansia. Otra vez me convertiré en una rata de biblioteca, prisionera de libros o estudiante de clausura. ¡Cómo me gusta el otoño!

lunes, 22 de noviembre de 2010

Espejos


Huele a hojas mojadas. Los árboles susurran canciones sin letra y las farolas comienzan a despertarse mientras el cielo se apaga.

Camina erguida, mirando al frente. Entre sus dientes mastica un cigarrillo mojado y esconde sus manos bajo un jersey enorme y desgastado. Echa la cabeza hacia atrás despejando la capucha y dejando que su cabello rubio se empape . Le gusta sentir el agua en los ojos, y sonríe mientras los cierra sintiéndose más niña. El camino que sigue lleva a un destino que no abandonará nunca. La sensación es parecida a la de haber vivido en un agujero negro, en una estrecha madriguera llena de espejos. Sólo se veía a sí misma, y lloraba mientras sus manos embarradas escarvaban en la dirección equivocada. Pero bastó con una luz certera, que no rebotaba en niguno de los espejos de su yo. Una luz fina y fuerte, una luz que daba calor, que aclaraba su mente y espantaba fantasmas.

A veces esa luz es un consejo, un ánimo, una verdad enorme personificada en un amigo, algo que descubres tú mismo, algo tan pequeño como una bronca o tan inmenso como una sonrisa. Suelen hacer que te replantees algo, algo que en tu vida era gris aunque no lo supieras. Algo que por debajo de esas cenizas mates esconde oro, sólo tienes que soplar suavemente y admirar el brillo, como se admiran los cristales, el agua o una mirada sincera. Y esque a veces la cuestión no está en romper los espejos, la cuestión no está en matarse. A veces la cuestión es darles la vuelta, y mirar lo que ocurre alrededor. Y quien sabe, igual con el espejo dado la vuelta, puedes dirigir los rayos del sol y levantar polvo en muchos corazones.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Zombis



Si lo reconozco, tengo miedo a los zombis. Tengo horror a esos cuerpos muertos andantes. No hablan solo emiten sonidos bastante aterradores. Para mí hay varios tipos de zombis en este mundo. En una división general están los que existen de verdad y los que solo salen en las películas.
Casi todo el mundo ha pertenecido alguna vez al primer grupo, los que viven en este mundo terrenal. Tienen las características básicas: una cara demacrada y casi en estado de descomposición; ojeras bien pronunciadas; aroma a putrefacción y emisión de sonidos incomprensibles para los vivos. Más que con el nombre de zombis son conocidos como: los resacosos. Y dan miedo. Estos no comen carne humana pero vomitan varias veces, se tumban en el suelo y mienten: “Nunca más, lo juro”. Menos mal que ese estado es pasajero.
El segundo grupo, los que solo salen en las películas son todavía peores. Básicamente en el aspecto físico no cambia demasiado excepto si han sido mordidos por otros zombis les faltará alguna parte del cuerpo o un trozo de piel. En general no suelen ser muy buenos amigos y no te dan conversaciones enriquecedoras. Huelen muy mal y tienen líquidos extraños mezclados con sangre cayéndose como babas de la boca. No se lavan los dientes y tienen las uñas largas. Y lo reconozco, a mi me dan miedo.
El origen de mi fobia se remonta al año 2007. Yo feliz iba otra ve al cine a ver un película de miedo. Era de zombis. Soy leyenda con Will Smith de protagonista acompañado de un adorable pastor alemán que le acompaña en su aventura. Irónicamente los zombis que aparecen en esa película no dan tanto miedo porque no les falta ninguna parte del cuerpo (creo recordar). Pero matan al perro, bueno lo hieren y no cuento más por si alguien quiere verla. A partir de ahí les tengo pánico y es gracioso porque me encantan los orcos y su maquillaje. Yo creo sinceramente que es debido a que los zombis antes eran personas como yo y los orcos no. Los zombis contagian y te comen, los orco solo te matan(aunque según María También te comen). Y los zombis son más populares en el mundo cinematográfico.
Lo admito me asustan y me dan escalofríos pero he encontrado una solución. Veo todas y cada una de la películas y series que tengan zombis. Y creo que está funcionando porque ya no me dan tanto asco y hasta me compadezco de su causa. Es un paso, al menos es algo.

martes, 16 de noviembre de 2010

Hablar o no hablar, esa no es la cuestión


Procura siempre que cada una de tus palabras sean dulces y suaves, para el día en que te toque comértelas. Ya sabes que el hombre es dueño del silencio y esclavo de sus palabras. No por eso te tienes que quedar callado, tampoco se trata de que lo cuentes todo. simplemente..haz una simpática selección, ágil y discreta, que deje buen sabor.


Porque a veces comprometemos hablando demasiado, y perdemos amistades por callar. Lo más fácil de todo esto es cómo hacer para llegar a saber cuando las palabras valen más que el silencio, la receta: Simplemente habla o deja de hablar, y después mira a ver qué pasa, no sólo en quien te está mirando y te ha escuchado, sino en ti mismo, porque en realidad sabemos qué si y que no, cuando sí y cuando mejor no. Y no te olvides de apuntar, por aquéllo de la próxima vez.

Hielo



Está ahí, de pie, mirandome. Me río por dentro, me río de su truco de niños. Sé todo lo que pasa por su cabeza, sus gestos le traicionan, hace tiempo que le arranqué el escudo que ahora se apoya en la esquina del olvido y el recuerdo. Y no es porque sea listo, es porque la conozco. Y punto.

El daño es ya un puño que se arroja sobre piedra, las lágrimas se han congelado y sólo queda un duro hielo y frío, un helador cinismo del que me siento orgulloso en mi penosa silla ocre. Y sé que a ella no le importa. Ha estado a tiempo, y ha perdido el tiempo. De él solo queda una pasa oscura que no masticamos ninguno de los dos, y que descansa sobre el aburrido suelo, huérfana de casi todo. ¿Hay algo que se pueda rescatar entre todas estas hojas de otoño? Seguramente sí, todo es ponerse. Pero el tema es que no me da la gana. Mi cuerpo, mis ganas y mi orgullo me inclinan a mirarle con la expresión más neutra del cero absoluto. ¿Llora? Que llore, sólo me hace sentir más fuerte.

Me levanto de mi sitio, paso por delante y la ocasión me regala una sonrisa, que ella sabe igual que yo, es de plástico. Pero entonces el frío de mi mano al tacto de su suave brazo siente morir. Me retiene y yo enfadado descubro que mis ojos, que no la miran, lloran de nuevo. Me está pidiendo el cielo, me pide una palabra que mi boca se niega a crear en este aire cargado de blancos, negros, azules...sus ojos como el cielo aplastan el mio, me abren uno nuevo, que curiosamente... es el que tanto echaba de menos.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Más allá de los números



Se ha escondido. Me pregunto dónde la ha metido. Igual en el cepillo de dientes, olvidada en los últimos granos de azúcar de la cuchara, o tal vez en el viento de esta mañana, que está dando un paseo de la mano de árboles y de cabellos despeinados. Lo único que sé es que hoy la sonrisa no está en su sitio.

Sentado justo en diagonal,me deja observarle. Puedo contar las veces que levanta los ojos del papel, con expresión seria, que no concentrada. Normalmente se levanta cada rato para merodear por ahí y saludar entablando conversaciones agradables. Hoy no. Se frota las sienes, pero sé que no es el cansancio. Intenta reunir todos ésos fantasmas que revolotean, intenta ponerles nombre. Luego baja la mano, rápido, como queriendo espantarlos. Aunque cada vez hablamos más, no tengo la confianza para preguntar. Intento tranquilizarme, pidiéndo que el aburrimiento le aplaste la cabeza y le haga salir de la sala, aunque sólo sean unos minutos.
Solemos reír. Me da miedo lo que me conoce en tan sólo unos meses. Pero es un miedo que me gusta, me da seguridad. Me atrevo a calcular y me doy cuenta de que yo también le conozco algo. Eso creo... Ay, nosé. Intento concentrarme en los números. Aburridos, tremendamente aburridos. Ahí, quietos, sin decir nada. El ocho se cruza de brazos y el siete está de perfil, huyendo de mis ojos, parece que no van a entrar hasta que me levante de la silla y solucione lo que realmente ocupa mi mente. Levanto la cabeza para bostezar mejor y me doy cuenta de que él acaba de terminar de hacerlo, frotándose los ojos.

Salgo a por un zumo de naranja. Después de pelearme con la máquina y de volver con un batido de chocolate no deseado, me lo encuentro en el pasillo. Su respuesta cuando le pregunto directamente, es que está cansado. Ya, y yo desayuno puros con leche condensada. Giro la cabeza mientras le miro, como si desde otro ángulo fuera a ver algo nuevo o iluminador, pero está claro que lleva puesto un yelmo de acero sobre la cabezota, y que no me lo va a decir. Bueno, no soy quien para decirle lo que tiene que guardarse y lo que no, pero si es dolor cuanto antes se vomite, mejor.

No compensa tragar cosas sin haberlas ni siquiera masticado. Y tiene pinta de que el chico se ha pegado más de un atracón esta semana. Unas palmaditas en la espalda, y giro sobre mis pies para volver a mis ahora sumisos números, que memorizo con el ceño fruncido. Al rato se sienta quitándose el abrigo, que respira tabaco por los cuatro costados. Me mira y sonríe. Al menos la muy pilla ha salido de su escondite, no tengo por qué preocuparme. No está mal, nada mal, digo mientras redondeo repetidamente el resultado de mi operación. Compruebo y correcto.

martes, 9 de noviembre de 2010

Lo que recorre un pensamiento




Sus ojos de carbón están puestos en la nada mientras sostiene el teléfono. Pregunta por ella. Al otro lado de la línea, la secretaria se lima las uñas mientras bosteza. Cerca, un chico repeinado con una gomina que no consigue ponerle un puñetero año más de sus escasos 17, come con sus colegas a poyado en una ventana, tras la que se aprecia el parque de entrada. Por él, la chica de falda corta y labios brillantes mira de reojo a cualquier sitio que le asegure un buen reflejo para su figura, desde las lunas de los coches de segunda mano del parking hasta cualquiera de las pintarrajeadas mamparas que rodean la zona de recreo. Gira la esquina donde un par de niños intercambian cromos en el suelo, rodeados de polvo. Un negocio en el que siempre uno de ellos sale perdiendo.

En otro grupo chicos y chicas ríen mientras se reparten globos de agua. En el baño, los papeles mojados cuelgan del techo regalando gotas de jabón al suelo embarrado, y cerca en una clase se juega con plastilina. Los colores se mezclan y a veces salen muñones grisáceos que acaban rodando en la papelera de plástico e infancia. En el piso de arriba huele a raíces cuadradas, y luego está el pasillo del fondo. En él cuelgan fotos de clases graduadas.Uniforme verde, pelos generalmente oscuros y caras poco fieles pero en cualquier caso inmortales. La época de exámenes es la madre de gritos histéricos, mal humor y discusiones absurdas. Hoy es miércoles, y en 2º de letras la gente espera al profesor de la última clase. El fin desemana, un enfado, opiniones, problemas, consejos y chácharas sobre nada en especial flotan entre carpeta y mochila. Y en una mesa cualquiera, ella apoya la mejilla blanca en su mano, al lado de un idiota que saca punta a un lápiz de mina rota. Y ella piensa, piensa en unos ojos negros y en la noticia que se esconde tras ellos.