martes, 28 de mayo de 2013

Tomás, Tomás




El coche derrapó, sus ruedas gritaron agudas y resonaron llenando la avenida. El joven aparcó de mala manera, y de mala manera cerró la puerta, mientras corría calle abajo. Pasó el puente y entró en la marea de la calle peatonal más grande de la ciudad.  Día laboral de otoño significaba masas caminando en todas las direcciones, con prisa, hacia Dios sabe dónde. El chico esquivaba y apartaba como si estuviera en la jungla. Lianas, ¡fuera! Gotas de sudor corrían por su frente, su mirada se mantenía al frente, intentaba mirar por encima de las cabezas repeinadas y de las melenas teñidas. La estatura de Tomás era escasa, y eso aumentaba su angustia. Resoplaba y se acaloraba entre tanto abrigo y zapato. Parecía que la gente le impedía el paso a propósito. Por eso, sus codazos aumentaron la fuerza. Surtían efecto. 

Un café se derramó en su manga. Estaba ardiendo. Tomás no gritó. Se desabrochó la chaqueta y dejó que el vaivén de gente hiciera el resto hasta quedarse sin chaqueta. Quedaba menos. Intentó recordar donde había dejado el coche, para no perderlo más tarde. Así, podría llegar tarde, pero no muy tarde al trabajo.  Por las prisas, no recordaba bien donde lo había aparcado. Pero no podía recordar. Sólo podía pensar en su cometido. Giró a la derecha. Su calle. Sacó las llaves del bolsillo de su pantalón, nervioso, temblando, sin pararse por el camino. Abrió el portal, con dificultad. La puerta era vieja, el edificio era viejo, los pisos se caían a trozos, la casera y el canario de la casera eran viejos. Subió las escaleras, el ascensor no era una opción. Quinto piso. Vamos, piernas. Tercero... Cuarto... 

Desollado, Tomás se aflojó la corbata mientras buscaba la llave de su puerta en el manojo. No dejaba de pensar en lo mismo, desde que dio la vuelta en su coche. Entró en su casa, tropezándose con un par de zapatos. Los apartó sin siquiera mirarlos, gruñendo, mientras corría a la cocina. 

Apagó el gas. 

Se apoyó en la mesa del centro de la cocina diminuta. Esperó a que su respiración disminuyera. Pero no tenía tiempo que perder. Secó su sudor de la cara, desde la barbilla hasta el cabello corto y moreno, y salió con paso firme. Tomás vivía la vida con intensidad, con drama, con teatro. Tomás sufría y luchaba. Tomás era un chiste. 

lunes, 27 de mayo de 2013

La abeja, el zombie y los exploradores



La calle Santo Cristo es larga y ancha. Alejada del centro de la ciudad, en un municipio cualquiera, con la llegada de la noche va perdiendo la iluminación general, hasta que sólo la hacen visible las casas que cuentan con farolillos.

Era de día, el sol golpeaba el asfalto, levantando olas de calor que serpenteaban el paisaje. En media hora, habían pasado cinco coches y dos personas a pie. Una de ellas, la señora de melena y piel oscuras. Tendría unos cincuenta años. Caminaba con esfuerzo, la cuesta es empinada, tan empinada que consigue hacer que cualquiera que la escale piense, en algún momento, que no tiene final. La señora me adelantó, yo estaba parada en un lado de la larga carretera. La observé mientras se alejaba dándome la espalda. Levantaba las piernas perdiendo ligeramente el equilibrio a cada paso. Ondeaba las bolsas de plástico que colgaban de ambas manos. Por el esfuerzo y la lentitud, su caminar podría ser el de un zombie de thriller. Podría ser, quizá, la pareja de Thom Yorke en Ingenue. Podría ser... ella misma, nadando en un pozo de líquido espeso, ella bailando lírico a cámara lenta. La señora se giró. Debió notar mi mirada en su nuca. Disimulé como pude. Que más da. 

La segunda persona había pasado ya antes. Era un cartero en su moto amarilla, con su casco amarillo. El motor arrancaba cada pocos minutos, después de que el chaval dejara en el buzón cartas de bancos, promociones, y alguna misiva de alguien que todavía conserva la bonita tradición de escribir. Era un chico joven de ojos despiertos. Su trayecto tocando los lados de la calle me recordó a los viajes de la abeja de las flores al panal o de flor en flor, mientras recoge el polen. Lo único que cambia es que las patas de la abeja ganan peso, y la maleta del cartero se vacía con el trayecto.

Un padre con aspecto de recién casado paró su coche a mi altura y tuve que girarme. En el asiento de atrás, llevaba a un bebé que con la boca abierta y un juguete entre las manos. Los dos estaban paralizados, mirándome. El padre paró la música, mostró una ancha sonrisa, y me preguntó cómo podía llegar a la torre. Esa torre de piedra y vacía a la entrada del pueblo, ese castillo pequeño para ser un castillo. Ese castillo que no tiene nada, más que un poco de gracia. Le indiqué el camino de la manera más sencilla que se me ocurrió. Tenía que dar la vuelta, para empezar. Le devolví la sonrisa después de las indicaciones. El conductor subió la ventanilla y yo regresé a mi posición, bajo la sombra de un árbol, a un lado de la calle Santo Cristo. Antes de seguir a su excursión de aventura con el pequeño, paró el coche y bajó la ventanilla de nuevo. 

-Perdona, que no te he preguntado. ¿Quieres que te acerque a algún sitio, o algo?
-Oh, no, no se preocupe. Estoy esperando a alguien. 


Last stop

video

domingo, 26 de mayo de 2013

El rastro


Uno ofrece setenta y cinco. El otro pide cien. Uno quiere el reloj. Y el otro se quiere deshacer de él. Pero ninguno cede. Todos los domingos tienen la misma discusión. Y todos los domingos se toman un café juntos sin llegar a un acuerdo.
O por lo menos eso me imaginé mientras sacaba la fotografía.

sábado, 25 de mayo de 2013

Metamorphoó

Para una belleza árabe



Al caer las bombas que él mismo había detonado, cerró los ojos e imaginó un océano de paz para poder mantenerse en pie mientras los pedazos golpeaban su cuerpo de arcilla. Quería pensar en muchas cosas, quería llorar, quería reír por haberlo conseguido. Quería volver, pero quería irse, quería lamentarse pero cantaba victoria. Entonces medio derretido, gritó y quiso soñar con la escultura en que se estaba convirtiendo, muerto de miedo. 

¡BOOM! ¡BOOM! ¡BOOM!

lunes, 20 de mayo de 2013

Pan



Para mi vecino
Hemos compartido un año de encuentros en la entreplanta. De conversaciones que empezaban por un saludo con la mano en la puerta abierta, y acababan en alguno de los dos salones, entre humo y Cola-Cao. Me escuchabas, sí, pero yo a ti también. Siento los bostezos, solían ser las últimas horas de días de universitario.

Tus ojos tristes contaban historias. Historias desconocidas, experiencias de un escenario que es el blanco de mi negro, el jardín de mi castillo hinchable. Hemos compartido dibujos y libros, galletas y tabaco, pero al final, como pasa con todos los amigos, cada uno vuelve a su rincón, a su ratonera. Sigue en su sitio el reloj, la misma ropa y el mismo desorden. Siguen tus pesadillas, y tu ira sensible de Nirvana que dejas sangrar escribiendo por las noches. Yo duermo, plácidamente, con un cartel en el techo que tiene una frase de motivación. Y así será, o un poco distinto, en el resto de cuartos de esta ciudad llena de bloques de ladrillo.

Sonríes a todo el mundo, aunque tu silencio esconda la incomprensión. Te gusta estar solo, pero no puedes vivir sin la gente. Corres en la cinta, te haces adicto a esos ratos en los que no piensas en nada, pequeño Peter Pan. Crees que nunca crecerás, o crees que sólo creces haciéndote fuerte, impasible, de oro. Los mejores músculos se forman después de dolorosas agujetas. Eso son buenas noticias, amigo mío.

Los cuartos se vacían, sale el sol y los deja desnudos, blancos, como si nadie hubiera dormido o llorado entre sus cuatro paredes. En tu maleta tus recuerdos, camisas de cuadros, dibujos y ropa de deporte. En tu bolsillo la cartera y bajo tu brazo izquierdo, todos y cada uno de tus hermanos. Entre tu pelo y sobre tus cejas una carrera de derecho y en el brillo de los ojos, tu madre. En tu boca siempre el humor, las bromas que hacen explotar los grupos con risas sinceras. 4 años a cuestas, una etapa que nadie te pidió que hicieras, una vida que te llevas, a otro sitio. Seamos siempre Peter Pan.

domingo, 19 de mayo de 2013

Zipi y Zape



Para Michu

Sucedió con el cambio en el plan de las noches. De repente leías libros sin dibujos, ya no te gustaba Zipi y Zape, o Mortadelo y Filemón. Y no sé como lo hacías, pero aguantabas más rato despierta. Yo terminaba con mi lámpara encendida y tebeo sobre mi cabeza redonda. La boca abierta, seguro. Tú en cambio, tragabas páginas y páginas, tenías ojeras, como los mayores. 

Te pusieron brackets. Ibas a tener unos dientes preciosos. A mi me gustaba tu paleta montada. Sé que querías jugar conmigo a la guerra de almohadas, pero acababas llorando. Yo tenía muy mala puntería, y siempre te daba en el aparato aunque había conseguido convencerte de que "he estado ensayando, ya no te daré en la boca, ¡de verdad!". 

Dejamos de hacer ese juego que tanto nos gustaba. Ése en el que nos poníamos de pie en la cama, a oscuras, y fingíamos ser una esfinge que era soplada por una hormiga. Entonces nos dejábamos caer de frente, sin freno y con abandono, dando varios botes sobre la cama, soltando una carcajada contagiosa que hacía que lo repitiéramos otra vez. 

Es verdad que ya no pintábamos sábanas, cortinas o el suelo con rotuladores a la hora de la siesta. Pero no era mejor el plan que ahora teníamos. Discutíamos más en las tardes de estudio. Y discutíamos distinto. Yo hablaba mucho, y tú asentías, sin mirarme. No podía soportar tu calma. Seguía hablando, hasta que al final, presa de la desesperación, me tirabas un boli, un lápiz, una hucha, lo primero que tuvieras a mano. Mamá separó nuestras mesas en el cuarto. 

Al final, yo también dejé de leer tebeos. No leo tanto como tú, pero sí te hago reír tanto como antes. Y si me fueras indiferente, me dolería como cuando discutíamos, aunque rescate un recuerdo tonto. Porque no sé como lo haces, no sé si es por la cantidad de libros que has leído o porque te pusieron brackets, pero cada una de tus palabras siempre me resulta oro, mejor que una guerra de almohadas. 


viernes, 17 de mayo de 2013

Postales sin mandar



Escribiste esas postales. Algunas tienen hasta la dirección. Debe de haber como 30. Ahora todas están en la bolsa de basura azul mezcladas con apuntes, dibujos y alguna carta escrita a máquina. Boston. Bretaña. Perú. Inglaterra. Madrid. 

La cáscara de un erizo de mar. Alguna poesía enredada con letras de canciones para tu guitarra. Libros que pediste y no has leído.

"¿Qué es esto?" Una nariz de payaso en un gran sobre blanco. Una caja de bombones llena de cartas recibidas. Filtros escupidos por el suelo. Entradas de cine. Una cartera de tela llena de dimes y pennies. Un paquete de American Spirit amarillo. Comics de Batman. Ya van dos bolsas de basura llenas. Botellas de Heineken, Amstel, Coca Cola y Baileys. Niebla de Unamuno y de tu cigarro. 

jueves, 16 de mayo de 2013

Karma haciendo el pino


Nicolás camina destrozándose los talones. Con las manos en los bolsillos, la sombra bajo sus ojos y el párpado derecho tiritando a ratos, cruza el enésimo paso de cebra, buscando un cajero.

Ya van dos con un corte de manga en la pantalla. "Cajero automático temporalmente fuera de servicio". Queda un cuarto de hora escaso para la fiesta, y su cuerpo mendiga una máquina que le diga si su tarjeta por fin está desbloqueada. Victoria. Cuatro manzanas más al norte del supermercado, la suerte le sonríe, y la ranura escupe un par de billetes usados.

Al cruzar las puertas correderas, le llaman al móvil. Sus ojos van de aquí para allá, mientras tira del carro de plástico con  la mano izquierda, a paso de serpiente. Pimientos, cebollas, latas, arroz, plátanos, botellas. "Sí, sí.. ¿Qué?" Se para en mitad del pasillo. Mira la pantalla. Lleva tres minutos y medio andando, su carro sigue vacío y la lista que llevaba en la cabeza ha desaparecido. Sin despedirse, cuelga, y al reanudar la marcha tropieza con sus propios pies, lanzando el carro vacío por el pasillo. Como en un pleno de bolera, choca contra la figura oronda de una señora mayor, que se gira, lentamente. Mira el carro. Mira a su dueño. Nicolás tiene los ojos desorbitados.

-Perdone, yo, yo.... no sabe cuánto lo siento- de su boca sale una risa nerviosa que cierra, sacudiendo la cabeza. Vuelve a escena y recoge el carro, disculpándose un par de veces más. La señora no ha dicho nada. Después de dedicarle una mueca de desprecio, vuelve sobre los precios de pollo ajustándose las gafas y sacando trasero.

Después de un buen rato parándose y andando, repasando los pasillos del pequeño lugar, Nicolás se dirige a la cinta, nervioso. Ya llega tarde. Qué bien, al menos no hay cola. Sólo hay un señor con pinta de padre recién salido del trabajo, que está pagando.

Gira el carro para colocar las cosas, cuando se acuerda de que le faltan servilletas. ¡Servilletas! Vuelve sobre sus pasos, corriendo. Se lleva el carro, mientras el resto de clientes se dirigen a la cinta. Para cuando vuelve hay tres personas, con tres-grandes-carros. Nicolás no puede más. El puñado de horas del día ha sido como una nube espesa sobre su cabeza, y esto está siendo el trueno final. Suelta el carro con desaire, y pega un grito mirando al cielo, queriendo olvidarse de los pimientos, las servilletas, el carro, la cola, la fiesta y la vieja gorda.


Generaciones



La primera vez que fui a visitarla me dijo que quería morir. Yo no le creí. Y ahora que está muerta quiero escribir lo que no supe decir, lo que no pudo escuchar.

            En la merienda nos sentábamos de espaldas a la puerta del comedor. En la mesa siempre me ponía a su izquierda. Las galletas tardaban en deshacerse en su café lo que me costaba ponerle el babero y coger la cuchara. Los restos de comida y saliva se mezclaban entre las arrugas de las comisuras de sus labios.

            No sabía quién soy y yo sé bastante poco de ella. Prefería el puré de calabacín al de patata, le calmaba escuchar a Jacques Brel y le agradaba más estar al sol. Luis Cernuda solía acompañarnos los domingos. Mala idea aquella tarde de verano en la que se me ocurrió comprarle una piruleta de chocolate. Y no llevé servilletas. Fue peor que un niño, manchó hasta el arnés de la silla de ruedas. Silla que antes había sido utilizada por otro, un antiguo marinero, que confundió en su día un estanque con el mar y un capullo de rosa con un trozo de comida. Después de tantos años, paseos y sentadas al sol, uno de los frenos estaba aflojado y yo ponía mi pie debajo de la rueda.
            No soportaba el olor de su cuarto; aire espeso, oxidado como sus articulaciones, tan muerto como su mirada. Una habitación con hedor a pañales y a dentadura, y un crucifijo en la pared como un colchón para mi mente. Su inocencia inconsciente era una escapada sin salida, una partida con la mirada hacia el cielo con los ojos cerrados.

            Mi padre solía unirse a media tarde con el periódico bajo el brazo. Se sentaba al lado de su madre y me preguntaba qué tal la tarde. Nunca hubo novedades y mis meteduras de patas estaban a salvo. A veces la peinaba, le ponía bien la chaqueta o le subía los calcetines. A mi padre también le gusta Jacques Brel. Él tampoco soporta el olor del cuarto. Y él sí la conocía bien, sus refranes, sus mejores recetas y sus manías.

            Allí estábamos los tres sentados al sol. Mi padre leía el periódico, mi abuela tenía la vista perdida en algún punto del suelo y yo les miraba mientras escuchaba Ne me quitte pas. Han pasado más de siete años. Después llegaron las visitas a otras residencias, a los hospitales, a los tanatorios y a los cementerios. Ahora me doy cuenta que la siguiente generación son los padres, que en mi caso, ya son abuelos.

miércoles, 15 de mayo de 2013

Un sueño diferente





Me he levantado después de una noche de muchos sueños chocando entre sí como una sopa de letras. No recuerdo las palabras, tampoco los lugares, pero sí que ha sido todo el rato la misma persona. Y que han sido sueños tranquilos. Qué dolor de cabeza...

Es curioso, normalmente sueño con las personas cuando empiezan a difuminarse. Para mi siempre ha guardado sentido: pasan al subconsciente, que está en ese garaje trasero. Nunca ha fallado, desde colegas que conocía en el extranjero y nunca más volvía a ver, hasta personas que habían estado más cerca, personas que fallecían... Pero esta vez eran sueños igual de claros, con una persona reciente. Intento acordarme de algo mientras remuevo el Cola-Cao.

Y el sueño eran ratos, recuerdo, ratos demasiado normales. Cotidianos. Sí.... recuerdo uno en la cafetería. Lo de siempre: no se sabe si ha sido un sueño largo -de 4 segundos en realidad- con muchos flashes, o diferentes sueños parecidos a lo largo de la noche. Ay, la cabeza.

En la cafetería, sí. Sigo recordando: su sonrisa y... luego íbamos...No, ese era otro sueño, ¡que no me acuerdo! Oh, oh, había otro, en un teatro. Los dos estábamos aplaudiendo. Ese era menos cotidiano, ya me gustaría que fuera "el plan de todas las tardes", pero para eso tendría que ser tan rica como la gente que maldice en el fondo su riqueza. Otro sueño, era algo así como "en el salón viendo la tele", o en el jardín desayunando... Bah, no me acuerdo casi, la cabeza me va a estallar, pero los tengo en la punta del consciente. ¡En la punta! Lo que pasa siempre también: basta recordarlos o sacarlos del bote para que se escapen según se nombran.

Ratos que nunca he vivido, con una persona que ni conozco.

Sueños. ¡Maldita resaca!

lunes, 13 de mayo de 2013

El trozo de pan




Pedrito lleva boina de franela y calcetines arrugados de color gris. Carlos es algo más alto y fuerte, con los mismos 9 años que su amigo, camina dando saltos. También lleva boina de franela oscura, redonda, sobre su pelo con forma de seta. No hay colegio. Por eso Carlos pega saltos. Pedrito va más pendiente de su desayuno, que desenvuelve con cuidado. Los bombardeos de la noche anterior acabaron con la cabaña y la profesora ha mandado a los niños de vuelta a casa. No hay acera, y por eso los dos niños caminan en mitad de la carretera. No van a pasar coches, los coches están "disfrazados de negro", como dice Pedrito. Se apelotonan en la  calle, a veces enteros y chamuscados, a veces en trozos que no rellenan si quiera el puzzle de un coche entero. 

Tampoco hay sorpresa detrás del papel de periódico con el desayuno de Pedrito. Un pan duro y un trozo diminuto de queso. Hace meses que no cambia. Todavía recuerda el sabor del paté de cerdo. Se le hace la boca agua, y es entonces cuando da un mordisco al pan, pensando en el paté, con los ojos cerrados. 

- ¡Dame un poco!- Carlos deja de saltar y se une al paso de Pedrito, extendiendo la mano
- Siempre dices lo mismo y luego escupes el trozo- Pedrito aparta el bulto de papel hacia la izquierda, enfurruñado- con la comida no se juega, ¿no te lo ha dicho tu mamá?
- Jo... Es que tengo hambre, intento comérmelo todos los días, pero ¡No puedo evitarlo, ese pan  es más viejo que mi abuela!- Carlos se agacha para reír, mirando a su amigo que sonríe de medio lado. 
- Pues hoy no te voy a dar- levanta las cejas, aumentando el paso, con sus zapatos de suela despegada. 
- Venga, hombre... ¿Quién te deja la mejor pelota del pueblo, quién?- Carlos frena a su amigo, que rendido le tiende un trozo, con gesto amenazante. 

Carlos mastica despacio, intentando sonreír a Pedrito. Los dos se han parado delante del Ayuntamiento, preparados para un partido de fútbol con el resto de compañeros. Un pueblo donde los mayores aún duermen y los pequeños celebran no tener colegio. 

miércoles, 8 de mayo de 2013

En un cementerio esnob

Era domingo. La hípica parecía más vacía de lo habitual, pero los caballos estaban ahí siempre. Famélicos, enfermos, con inyecciones y medicinas que, por sus resultados visibles, más bien parecían veneno.

Resultaba difícil de entender que en aquel club deportivo, de gran clase y elegancia, tuvieran a los jamelgos en semejante estado. Un club en el que es importante el coche que lleves y el nombre de las gafas que te plantes cuando salga el sol. En un trozo de verde y arena, los hijos de padres divorciados eran lanzados al parque con la cuidadora y las clases de golf, paddle, tennis, o todo el pack en su defecto, para los más inquietos. La sociedad, en su continuo intento por no caer en números rojos, exigía de los padres el trabajo para poder pagar la casa, la comida, su gimnasio, los planes de sus hijos cada año más caros, y por supuesto: el club y la cuidadora. Por lo menos, los caballos estaban limpios. Pero seguía siendo  incomprensible.



Manuela estaba en clase, montando, como cada semana. Y como cada semana, repetía experiencias con el mismo animal, para su desgracia. Blanco, con algunas manchas en las patas y una rebeldía perenne en el cuerpo, que le hacía parecer incluso humano. Cada semana lo montaba, y cada semana el caballo intentaba tirarla. Aquel día -obviamente sin avisar- había empezado a dar saltos en el aire, de manera acrobática y grotesca, igual que un potro sin domar. Manuela aguantó el tipo, soltando algún que otro grito pero sin despegarse de las riendas y el asa de la silla de cuero. El casco hacía reverencias violentas sobre su cabeza de pelo fino, sus piernas se apretaban contra el cuerpo del blanco rabioso y llegaba la tensa calma al fin, que se aseguraba dando un par de vueltas al picadero, al paso. 

En las gradas, su prima pequeña, Begoña, daba brincos y hablaba sin parar. El resto del público eran las dos madres. Dos hermanas, dos mujeres en definitiva. La madre de Manuela seguía cada paso de su hija, mientras escuchaba a su hermana hablar. La pequeña Begoña llevaba la mitad de la clase repitiendo la misma frase, incansable, tenaz: "Mamá, mamá, ¡yo quiero montar! ¡Paula montó una vez un caballo a mi edad!". Una y otra vez. Nadie escuchaba a Begoña, pero ella cada vez lo repetía con más fe. Para ella, el éxito se acercaba. Terminó la clase. Una sudorosa y sonriente Manuela bajó del caballo y lo llevó con el resto de moribundos, al establo. Los brincos de Begoña se hicieron más altos, igual que su voz de pito. Su madre al final, se calló y dirigió su mirada grave a la pequeña, que mantuvo la pregunta estática e imaginaria  en su expresión infantil. 

Al poco rato, el diminuto cuerpo de Begoña estaba montado en un caballo viejo y marrón. Lo habían traído a petición de su madre, sabe Dios si para hacer que la caprichosa bebé se callara o por alguna razón oculta y sabia de su madre. O porque sí. Begoña estaba emocionada. El casco le iba algo grande, pero estaba bien apretado y así lo sentía ella. Todo iba bien. El profesor le colocó los estribos a su altura, le enseñó a coger las riendas. Ella escondía las manos regordetas, y asentía. No sabía si estaban bien cogidas. Era lo de menos. Para Begoña, ese rato de instrucciones eran como los primeros largos minutos de una película, llenos de nombres que no conoce nadie. La pequeña no preguntó nada, no rechistó nada. El profesor se apartó un poco, y chasqueó la lengua al viejo penco, que comenzó a andar en una marcha funeraria, con el estilo de la bestia del Quijote. Begoña se estremeció de placer. 

Por aquél entonces estaban de moda los perros salchicha. Antes podían ser feos, quizá mañana lo sean, pero en ese momento, eran adorables y casi todo el mundo que tuviera un poco de afición mascotil se lo agenciaba. Aquel domingo había uno, no era de nadie que estiviera a la vista. Pero ahí andaba, en las gradas, oliendo cualquier cosa. Al perro en cuestión le dio por ladrar y el caballo viejo de Begoña despertó de su letargo, con un mini infarto a dos patas que la regordeta de 4 años no se esperaba. Se soltaron sus manos, sus piernas, se soltó el pánico de las dos madres que se pusieron en pie. Manuela había vuelto hacía rato, intentaba hacer callar al perro, porque en ese momento su ladrido era un pecado.

La pequeña estaba cubierta de arena, en el suelo del picadero, llorando. Su madre se mantuvo de pie, y entornó los ojos, en silencio. Begoña salió del picadero y tardó años en acariciar otro morro de esa especie. El caballo rebelde de Manuela murió por enfermedad, y pudo cambiar de acompañante. Tiene pinta de que Begoña, si sigue así, montará como nadie lo ha hecho antes. También tiene pinta de que será en otro picadero. 

domingo, 5 de mayo de 2013

Una noche más, una noche menos


La madera vieja cruje a ratos en el enorme piso de Madrid. La cocina, el salón de invitados, el gran comedor, los baños y las camas, todas las estancias están oscuras y vacías. Todas menos el salón más pequeño. Se oyen dos disparos y la melodía de una ópera a todo trapo. 

Sus uñas peinan el pelo blanco, despacio. Suspira y mata esa voz  de drama con el mando. Esa película le había resultado familiar desde el principio, hasta aburrirle. Pocas le parecían impredecibles, o al menos con un guión bien hecho. Pilar escucha el ruido de los coches que pasan por Velázquez, y mira por el ventanal. Las luces del edificio vecino se van apagando. Suelta el humo del cigarrillo, lo aplasta en el cenicero de porcelana mientras piensa en cómo rellenar el día de mañana. Se levanta, por fases, despacio, apoyada en el sillón, hasta levantar su alta y delgada figura en mitad del salón. 

Sus zapatillas pisan el parqué como algodón sobre piedra. Siguen crujiendo las tablas. Apaga la última luz. Desaparecen las caras conocidas de las fotos que cuelgan, se cierran los ojos de los cuadros, Pilar desaparece silenciosa en el gigantesco cuarto de recuerdos.