domingo, 26 de mayo de 2013

El rastro


Uno ofrece setenta y cinco. El otro pide cien. Uno quiere el reloj. Y el otro se quiere deshacer de él. Pero ninguno cede. Todos los domingos tienen la misma discusión. Y todos los domingos se toman un café juntos sin llegar a un acuerdo.
O por lo menos eso me imaginé mientras sacaba la fotografía.

viernes, 17 de mayo de 2013

Postales sin mandar



Escribiste esas postales. Algunas tienen hasta la dirección. Debe de haber como 30. Ahora todas están en la bolsa de basura azul mezcladas con apuntes, dibujos y alguna carta escrita a máquina. Boston. Bretaña. Perú. Inglaterra. Madrid. 

La cáscara de un erizo de mar. Alguna poesía enredada con letras de canciones para tu guitarra. Libros que pediste y no has leído.

"¿Qué es esto?" Una nariz de payaso en un gran sobre blanco. Una caja de bombones llena de cartas recibidas. Filtros escupidos por el suelo. Entradas de cine. Una cartera de tela llena de dimes y pennies. Un paquete de American Spirit amarillo. Comics de Batman. Ya van dos bolsas de basura llenas. Botellas de Heineken, Amstel, Coca Cola y Baileys. Niebla de Unamuno y de tu cigarro. 

jueves, 16 de mayo de 2013

Generaciones



La primera vez que fui a visitarla me dijo que quería morir. Yo no le creí. Y ahora que está muerta quiero escribir lo que no supe decir, lo que no pudo escuchar.

            En la merienda nos sentábamos de espaldas a la puerta del comedor. En la mesa siempre me ponía a su izquierda. Las galletas tardaban en deshacerse en su café lo que me costaba ponerle el babero y coger la cuchara. Los restos de comida y saliva se mezclaban entre las arrugas de las comisuras de sus labios.

            No sabía quién soy y yo sé bastante poco de ella. Prefería el puré de calabacín al de patata, le calmaba escuchar a Jacques Brel y le agradaba más estar al sol. Luis Cernuda solía acompañarnos los domingos. Mala idea aquella tarde de verano en la que se me ocurrió comprarle una piruleta de chocolate. Y no llevé servilletas. Fue peor que un niño, manchó hasta el arnés de la silla de ruedas. Silla que antes había sido utilizada por otro, un antiguo marinero, que confundió en su día un estanque con el mar y un capullo de rosa con un trozo de comida. Después de tantos años, paseos y sentadas al sol, uno de los frenos estaba aflojado y yo ponía mi pie debajo de la rueda.
            No soportaba el olor de su cuarto; aire espeso, oxidado como sus articulaciones, tan muerto como su mirada. Una habitación con hedor a pañales y a dentadura, y un crucifijo en la pared como un colchón para mi mente. Su inocencia inconsciente era una escapada sin salida, una partida con la mirada hacia el cielo con los ojos cerrados.

            Mi padre solía unirse a media tarde con el periódico bajo el brazo. Se sentaba al lado de su madre y me preguntaba qué tal la tarde. Nunca hubo novedades y mis meteduras de patas estaban a salvo. A veces la peinaba, le ponía bien la chaqueta o le subía los calcetines. A mi padre también le gusta Jacques Brel. Él tampoco soporta el olor del cuarto. Y él sí la conocía bien, sus refranes, sus mejores recetas y sus manías.

            Allí estábamos los tres sentados al sol. Mi padre leía el periódico, mi abuela tenía la vista perdida en algún punto del suelo y yo les miraba mientras escuchaba Ne me quitte pas. Han pasado más de siete años. Después llegaron las visitas a otras residencias, a los hospitales, a los tanatorios y a los cementerios. Ahora me doy cuenta que la siguiente generación son los padres, que en mi caso, ya son abuelos.