jueves, 28 de mayo de 2015

Los años de Pedro


Pedro es una de esas personas que enamoran y repelen, entretienen y cansan, agradan y transmiten pena. Hoy le he encontrado sentado, dejando que sus labios soltaran alguna anécdota por la que habría que pagar, como todas las que cuenta. "Qué no has hecho, Pedro" le suelo decir. Removía el café sin descanso, despacio, durante casi un minuto, antes de acabar con él. Se apreciaba su figura consumida, se enmarcaba su perfil en la luz de media tarde, me entraron ganas de recoger todo aquello en una foto: ese cansado remover de la cuchara, su incansable boca, la postura encorvada y el aire joven en su cruzado de piernas, su parloteo y el halo de silencio que lo envolvía, todo el contraste de su persona. Hablaba con nosotros pero hablaba consigo mismo, con la taza si acaso, haciendo un esfuerzo por terminar las frases. Si por él fuera, las dejaría a mitad, tal y como las piensa, tal y como son: fotografías habladas, recuerdos emborronados por el alcohol y los bizcochos de coca. 

Su querer imprevisto, sus atrevidas bromas y su cariño acogedor hacen que quieras encontrártelo por el pasillo cada vez que lo cruzas, pero sólo unos segundos. "Cualquier cosa que necesites, ésta es tu casa", me dijo el primer día que le conocí. Así me gusta recordarlo, con la mano en alto, despidiéndose con un "hasta siempre" mientras yo me alejaba sonriente.

¿Cómo podrá ser, que sus anécdotas mantienen la atención y la sonrisa, provocan risas y siempre dejan una estela de profunda tristeza en el punto y final, cuando Pedro se marcha? Le sonrío con ternura cuando se encuentra hablando solo, ante nosotros, sin saber por qué ha llegado a ese punto de la historia, pero entonces desaparece, se esconde tras otra broma tonta que me cruza de brazos. Tratar con él tiene ese peligro, ese trastoque del que se siente acogido y querido desde el primer momento y, al siguiente segundo, violento. 

Vividor, filósofo confundido.