martes, 19 de marzo de 2013

Hola

http://www.youtube.com/watch?NR=1&v=_mDxcDjg9P4&feature=endscreen


Da vueltas sin parar, en la habitación de papel. 
El vestido de gasa es una flor alrededor de sus caderas con la fuerza de sus giros.
Su melena corta y rizada sube y baja. 
Tiene los ojos cerrados, congelados los nudillos. 

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Va adelgazando, gira descalza. 
Sus pies tienen miedo de desaparecer.
hacen nacer cayos, forman una suela gruesa y segura, 
 ya no se desgastan, respiran tranquilos. 

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Cogí su mano, me uní a su compás.
Al principio no notó mi presencia, 
pero la fiebre se transformó en vals. 
Entonces abrió los ojos. 

"Hola". 

jueves, 7 de marzo de 2013

Cremallera


Ojalá la física fuera cambiante. 


Así un día podríamos salir corriendo sin cansarnos,elevarnos en el cielo y abrir nuestra cremallera, de arriba a abajo. Tener una segunda piel más limpia, más nueva, deshacernos de lo que en ese momento nos pesa. Pero la física ama la vida y la vida es dura. Por eso es tan bonita, complicada de narices, como un cubo de rubick a ciegas. 

La hermandad




Antes fumaba casi todo el mundo. El tabaco no costaba el ojo que cuesta ahora. Hace un siglo, valía lo mismo que el chicle y los diarios. No es sólo por barato por lo que hace tres generaciones se fumaba a destajo. Se asoma una cuestión social: estaba bien visto. En las casas no faltaba un cenicero, el profesor de mates fumaba en clase alineando las colillas, el anciano que lleva la tienda de antigüedades tiene la tradición- desde siempre- de fumar en el baño mientras lee. Se fumaba en los bares, en los despachos, en los aviones, en las aulas mientras se  hacía un examen…en todas partes. 

También es verdad que antes se ignoraba la cantidad de porquería que lleva el tabaco. Fue oficial hace sólo 50 años, cuando los científicos se pronunciaron y dijeron que era malo. Humphrey Bogart o Lauren Bacall no paraban en el amoniaco y otras sustancias que suenan a veneno de película de terror. No se sabía, por eso era normal que fumar fuera, lejos de un tema de salud, una moda. Y bastante extendida, por cierto.

Hoy en día, todo son impedimentos: el precio del tabaco sube como la espuma, céntimo tras céntimo. Hace tres años, con la Ley Antitabaco, se acabó el fumar en los lugares públicos. En los restaurantes ha desaparecido la pregunta: “¿Fumador o no fumador?” El olor ahora es un problema. Cuando un fumador llega, los demás lo huelen como el que huele la fritanga de quien ha estado en un bareto. En la Universidad de Carolina del Norte fuman estudiantes contados, en las afueras del campus. Los fumadores interrumpen las conversaciones entre colegas y cañas para salir a la entrada de la cafetería, fuman rápido, a veces la mitad de un cigarro, para no ser maleducados. Queda más explícito que fumar es un vicio, una carga, una maldición que te aparta de la sociedad. Son unos marginados.

El punto fuerte de los espartanos es que, siendo tan sólo 300, eran uno en su filosofía y su modo de pelear contra el enemigo. Algo parecido pasa con los fumadores. Se apelotonan, en círculo, y dedican un rato a fumar. Ése es el plan: fumar. Si acaso, acompañado de un café. Comentan el mal que hace mientras disfrutan de la calada; otras veces hablan de la desesperación de un día con los pitis contados… Estoy segura de que mi abuelo no hablaba del tabaco en las sobremesas, en las que-bien lo recuerda mi madre- una boina blanca encapotaba el techo del comedor durante horas.  Si de diez personas que toman algo, salen dos fuera a fumar (a pesar de las miradas circunspectas del resto) esas dos personas ya han encontrado un punto en común, más fuerte que la afición por el Real Madrid o que a ambos les guste la comida china. Si están juntos, pueden elegir un bar que tenga estufa y terraza sin sentirse egoístas. Les parece justo elegir con este parámetro.

 El fumador hoy sabe que pertenece a una hermandad, gracias a la cual se siente con fuerzas para seguir metiendo monedas en la ranura de la máquina, sea cual sea el precio- como mucho, se quejará cerca de una papelera mientras le da al cigarro con sus compañeros de causa. La hermandad le da fuerzas para seguir fumando, y todos se entienden cuando comentan las razones por las que lo siguen haciendo.