lunes, 20 de abril de 2015

Sensible







Te has ido unos meses, pero quererte tanto hace que parezca que te has ido para siempre, te recuerdo con esa nostalgia. Como la gente mayor, que dice: "Parece que aún le veo"... Sí, parece que aún cada mañana te veo salir con el coche, tus gafas, la música folk a todo trapo y un aire de satisfacción serena en tu independencia, un áurea de que <>". 

Pienso en ti y a mi mente vienen innumerables imágenes que me hacen cerrar los ojos. Demasiadas, por dónde cogerlas, madre mía, son torrentes de escenas a lo largo de mi vida. La foto de tu cuerpo rechoncho queriendo alcanzar esa alta rama del árbol. Tu pelo rubio, tus ojos grandes, verdes marrones amarillos ¡de tantos colores! Tu operación de frenillo, los múltiples cafés. Tus lágrimas cálidas que brotan pidiendo consuelo. Tu silencio tranquilo, tu contemplación del mundo. 

Ya sabes que siempre me ha molestado cuando te levantas en mitad de un descanso para "hacer cosas" mientras yo gusaneo en el sofá, o cuando por las noches, mientras hacemos uno de esos zappings absurdos, flotas sobre el suelo en dirección al cuarto, dejando caer en forma de suspiro un: "me voy a dormir", de repente. Admiro ese reloj interno que, de repente, algunas veces, te salta. Le obedeces ciegamente. Los vídeos de infancia, todos, absolutamente todos, tienen música de fondo incorporada. Era tu vocecita, canturreando melodías inventadas, interrumpidas, con silencios a tu libre elección. Enmudezco cuando veo un vídeo que haces para la universidad, una obra de arte abstracta, esas de las que me burlo para hacerte reír. Me paralizo ante tanta belleza que sale de tus manos, de lo que ven tus ojos, de lo que eliges. 

Quién, si no tú, podía bailar al son del pitido de una alarma al activarse antes de ir a dormir, como si se tratara de música electrónica, sólo tú saludas con gestos que arrancan una risa sincera, a cualquier hora del día (sí, a cualquiera, también esas madrugadas agotadoras, esos días duros, siempre, maldita sea).

Tienes miedo, reaccionas ante la fealdad o la indiferencia, ante la mancha de sangre en un pañuelo que quieres que sea blanco. Las almas sensibles están condenadas a ser muy felices y a sufrir mucho también. Pero, qué quieres que te diga. Sé que vas a ser tan feliz... Que no me preocupa. Solo espero que no dejes de pulsar el botón de grabar, que quiero que me sigas enseñando todos esos planos llenos de ese "algo" que encuentras. Eres como un desayuno en vacaciones, como una lectura de verano, como un juego de cartas, como el mejor de los chistes, esos que nunca dejan de hacer gracia. 

Tómate un café en mi honor, pronto estoy ahí. 

Merrick.

lunes, 6 de abril de 2015

Volver



La casa ya no estaba. Quizá era demasiado cara, grande, perjudicada como para asumir arreglos, o llevaba demasiado tiempo abandonada y nada más. El caso es que, tras unos años criando vegetación de todo tipo, esta noche al salir a la terraza con pasitos cortos para despedir a la playa, me he dado cuenta, no hasta entonces, de que ya no estaba. Se podía ver la escena del crimen a la luz de la media luna: donde antes estaba la mansión de nuestras historias de niño inventadas, ahora se veía un suelo pálido, con ruinas aquí y allá.

Antes de meterme de nuevo en la habitación empujada por el viento frío, me acuerdo de esas historias, del monstruo que la habitaba, de que al levantarnos la casa se movía un poco, muy poco, porque estaba viva y disimulaba pero no calculaba bien su cuadrado de vuelta al amanecer, porque estaba demasiado borracha. Si la hubieran derribado hace años, hubiéramos dicho que la casa se había marchado, o que un gigante la arrancó, prendado de su belleza. 

Hay padres que dicen eso a sus hijos.  Unos, al oír esa historia se quedarán en silencio, evocando la escena de una casa de viaje a algún sitio. Otros se reirán tomándolo como un chiste, o se enfadarán, revueltos en su ser ensimismado, al sentirse insultados "¡No es cierto!"

Apreté el bastón con fuerza, sé que volver a ser un niño en todo es imposible, pero por un segundo me había dejado engañar, pensando que ya no podía ser quien había sido tanto tiempo, por estar vieja, arrugada y tantas veces cansada. Pretender parar el tiempo te hace viejo, los niños ni siquiera se preocupan por cuánto tiempo pasan haciendo cualquier cosa, sobre todo si les gusta. Miré de nuevo el espacio que una vez ocupó esa casa. Pensé en aquéllos que seguirían tirándose como croquetas duna abajo en la playa, en los que abren su boca a la lluvia y la nieve, a los del chocolate en las comisuras. 

Para ti, que ves antes una casa viviente que una casa abandonada