jueves, 3 de julio de 2014

10 frenéticos minutos




Me asusto si me invitan a un café. Instintivamente, me quedo tras la puerta del bar, sin entrar, hasta que me doy cuenta de lo ridículo que resulta, pues la otra persona me está esperando dentro. Me han entrado sudores fríos, tanto que me lo ha notado y, de forma muy educada, me ha hablado de su familia y costumbres para tranquilizarme con bastante éxito. He bebido el café a toda velocidad. Ya no rasco la espuma seca de los bordes con la cuchara, no le doy vueltas a la taza sobre el plato, sujetándola por el asa. Ni siquiera apoyo el codo izquierdo mientras bebo con la derecha, ya nada es natural en mí cuando se trata de café. Hoy me he dado cuenta de que ya lo sabía.

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