lunes, 14 de abril de 2014

La decisión de Marcus Pompidoo


Intro

-Era.. en fin, era extremadamente aburrida, no se hace idea, Sr.Onofre. Siempre con su expresión inerte -y espectacular por otro lado, para qué negarlo, yo mismo me casé con ella- como una fotografía andante, con esos aires de víctima de la novela más dramática que jamás se haya escrito. 

-Era espectacular, estoy de acuerdo.

-Ya lo sé,viejo verde. 

-(Risas) en cuanto a su personalidad, poco puedo aportar ya que lo único que he apreciado de ella son, en efecto, fotografías. 

"Fue una pena". Se guarda las dos fotografías con ambas manos en el bolsillo, del que saca una cajetilla de cigarros con dificultad, "de todas maneras, el pulso de los años ha vencido hacia el lado del arrepentimiento, como era de esperar, supongo. Por esto está usted aquí, ¿verdad amigo? A un telefonazo y aquí le tengo". 

-Encantado, Sr.Pompidoo.

-No me extraña, las únicas visitas que he recibido han sido fruto del morbo y la curiosidad. 

-Bueno, yo no diría... - El hombrecillo se ajusta la montura de las gafas cambiando de postura, sin dejar de mirar a su interesante interlocutor, que aspira el humo sonriendo.

- Era una broma, señor. Siempre he tenido respeto por las personas como usted. 

-Me temo que a estas horas de la mañana el humor se resiste en mí, le pido disculpas.

-Pero hombre, por Dios, ¿quién viene a pedir perdón? Esta visita está tomando derroteros insospechados, qué divertido. 

-Francamente divertido.

Paco Onofre no pudo más que reír de nuevo. Se encontraba prendado de aquél alma ligera. El Sr. Pompidoo, a pesar de su vestuario monocromático y aspecto algo descuidado, era un hombre elegante. Se podía apreciar en su manera de hablar, en la varonil delicadeza al dirigirse a él, en su mirada. Desde el momento en que tomó asiento, el Sr.Onofre dedujo que era una persona con clase. Existían habladurías de todo tipo sobre aquel desconocido, y ninguna de ellas era buena, ni mucho menos. Pero el Sr.Onofre, que estaba acostumbrado a escuchar y ahondar en las miradas, apreciaba un algo inquietante en los ojos de Marcus Pompidoo. La única opción es que los años hubieran pulido su personalidad hacia lo humano, o que fuera un brote, en alguna parte de su cabeza, lo que le hizo matar a su mujer de aquella manera tan horrible hace ya 31 años. 



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