martes, 4 de febrero de 2014

Hablemos un rato





Me levanto y comienzo a recoger mis cosas. A través del flequillo asomo la mirada a un señor mayor, que se acaba de sentar y me devuelve la mirada. Ups, indiscreta quizá. Sonrío levemente y meto la cartera y el tabaco en el bolso. 

-¿Te vas...? ¿Te quedas?

Inmóvil, pienso. No estoy buscando la mejor respuesta con la que el hombre de bigote blanco y chaqueta de pana se quede contento. Es que no sé si me voy o me quedo. Llevaba cinco minutos largos y espesos terminando mi cigarro en una soledad diferente, tras un café de sonrisas y actualizaciones después de un mes sin contacto. La otra persona se había marchado hace ya diez minutos. No sé si era el frío, mi pereza mental o el haberme levantado con la cabeza del revés, pero no sabía que hacer en la hora siguiente antes de comer con un amigo y estaba a punto de irme porque el aire me empujaba a levantarme, porque el silencio me decía "vete". 

-Pues, la verdad....

Vuelvo a sentarme. Él queda en la mesa de mi derecha. Los dos mirando a la calle. 

-¡Te quedas! Bien, así nos hacemos compañía.
-¡Claro! Si tengo ahora un rato muerto, estoy esperando y he quedado por aquí cerca... pero aún falta tiempo para eso. 
-Qué bien, qué bien, es que con este día que hacía me he bajado aquí a  la terraza...

Un cortado, el periódico doblado y creo, aún sin leer. El asturiano tiene las paletas cortas, en comparación con el resto de dientes. Eso le da a sus eses un acento gracioso y agradable. Tiene las manos rudas, de campo. Presumimos de ascendencia del norte, y nos sonreímos compartiendo el orgullo, aunque yo no haya nacido en el norte y el fue lo único que hizo: nacer en Asturias, y emigrar a la capital con la familia, donde lleva viviendo hasta ahora. Preguntar la edad, por supuesto, no suele entrar en los planes. Me habla de la villa de Cangas del Narcea y de su amor por la montaña. 

Nos despedimos, se ha terminado el café y yo sigo sentada. Estrechamos la mano. 

-Bueno, nada, un placer, soy César. A ver si nos vemos otro día por aquí...
-Claro, encantada.

Nos deseamos un buen día y ahora sí, dejo propina y recojo mis cosas. Mientras enfilo Nuñez de Balboa a ritmo de un vals ralentizado, dejo que el sol acaricie mi cara y me doy cuenta de que, a pesar de que disfruto de los cigarros a solas por la noche, de escribir sin ruidos, de paseos por el campo en soledad, de los ratos de silencio... me había costado responder a aquél desconocido -tan cercano por un rato -porque, ahora lo sabía, aquel día tenía un miedo tremendo a estar sola. Y él también estaba muerto de miedo. 

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