jueves, 3 de julio de 2014

10 frenéticos minutos




Me asusto si me invitan a un café. Instintivamente, me quedo tras la puerta del bar, sin entrar, hasta que me doy cuenta de lo ridículo que resulta, pues la otra persona me está esperando dentro. Me han entrado sudores fríos, tanto que me lo ha notado y, de forma muy educada, me ha hablado de su familia y costumbres para tranquilizarme con bastante éxito. He bebido el café a toda velocidad. Ya no rasco la espuma seca de los bordes con la cuchara, no le doy vueltas a la taza sobre el plato, sujetándola por el asa. Ni siquiera apoyo el codo izquierdo mientras bebo con la derecha, ya nada es natural en mí cuando se trata de café. Hoy me he dado cuenta de que ya lo sabía.

sábado, 21 de junio de 2014

Personas II




Cercanías línea C8 hacia Nuevos Ministerios

>> (Por la mañana muy temprano). Una chica que llora en silencio mira el móvil cada pocos segundos. A mí también me apetece saber qué espera, pues no llega abrir el móvil. Seguramente una notificación, algún mensaje. No quiero adivinar más, ella no me deja. Es de esas personas a las que, sea bueno o malo, les sienta bien llorar. Aunque, precisamente por eso, quizá me inspire más piedad. 

>> (Por la noche, bastante tarde). Dos jóvenes sucios y con el pelo teñido de rojo cantan en el suelo del tren. Huele a tabaco. Puedo verlos en el reflejo del cristal con toda perfección, el paisaje negro del exterior da más claridad a la escena del vagón iluminado. Quedamos pocos en el tren, suele pasar en este viaje hacia la zona norte de Madrid y a estas horas... Pero sobre todo, suele pasar que no haya mucha gente cuando la zona en la que me encuentro la ocupa gente tan ruidosa como estos dos. Cambian de canción en un móvil que grita a pleno pulmón, la música ni siquiera se entiende, sus voces borrachas aplastan la melodía en un coro disonante que se interrumpe con risas estridentes. No puedo dejar de mirar, son muy diferentes. Me impresiona lo sucios que están, parecen haber bailado samba en el hollín de una chimenea. Visten de negro, sus ropas tienen un aire de harapo, llevan botas parecidas a las Martens. Son críos, no les pongo más de 18 años. Inofensivos a pesar de sus balanceos violentos, como simios sobre las sillas, colgándose de las barras y pegando saltos  de punks en un concierto, para acabar de nuevo en el suelo, me ven mirarles a través del cristal y sacan la lengua a modo de saludo, con simpatía. Me invitan a unirme, a lo que contesto con una sonrisa sin saber bien qué está pasando. Quiero levantarme, pero no quiero dar la espalda. Estoy incómoda porque me han descubierto, pero no me violentan, sencillamente es todo inesperado y queda poco para llegar a mi destino. Me dan algo de miedo. Inspiran cierto aire salvaje, cierta libertad extraña, cierta tristeza, cierto abandono, como los niños perdidos de Peter Pan. La fiesta se acaba cuando llegan dos cuerpos de Seguridad en el preciso momento en que me bajo del tren. 



Personas I


Img: Apuntes Metro Madrid, Sara del Valle

Línea Circular del Metro de Madrid

>>(A la vuelta del trabajo).Una pareja discutiendo. Él mira al techo mientras susurra palabras ilegibles, ella pone los brazos en jarra, sacude la cabeza con mil argumentos que se apelotonan y salen en cascada. No cabe en su cuerpo, estoy segura de que querría Digievolucionar como un verdadero pokémon, y ser un dragón para dejar al chico como una palomita, de esas que se quedan en el fondo del cartón.

>>(Yendo a trabajar).El chico del "eterno retorno" tatuado en su brazo, un año después de coincidir en el examen de conducir. Él aprobó y yo suspendí. Me pidió permiso para darme un abrazo, lo cual me extrañó -pues para hacer bromas y pedirme chicles momentos antes del examen no había tenido problema- pero un resultado lo puede cambiar todo. Estuve calmando el disgusto con él en la escalera de la DGT, creo recordar que en silencio. Después se alejó con su maleta al aeropuerto, camino de un campamento en Oxford donde se reencontraría con su novia, dos monitores enamorados. Estoy casi segura de que es él, pero no recuerdo su nombre, sólo su tatuaje. "Eterno retorno...al bar" decía achinando los ojos tras una risa despreocupada. Le he visto yo primero, rodeado de amigos y sujeto a la barra amarilla del vagón, pero estoy escuchando música y son las ocho y media de un dormido lunes. Además, en el metro cada vez se hace más difícil hablar, somos todos unos autómatas de cuidado. No me interesa que todo el vagón se entere del reencuentro, o peor: de que no me reconozca. Me mira, susurra algo a sus amigos, me cierro más a la posibilidad de saludar.Sé que sólo me está reconociendo, poco hace falta para que una persona me inspire cosas buenas. Pero es mi parada, y salgo a toda prisa.

>>(Siempre). Con sus manos extendidas, mientras miran a los ojos de los pasajeros con un valor que sacan de no sé dónde, pasan pidiendo limosna. Que pasen a pocos centímetros y decir que no, es... En fin, sólo tengo que mirar las expresiones incómodas de los que me acompañan. Te sientes peor persona. A pesar de no haber elegido nacer donde has nacido, tener lo que tienes y no estar tú con la mano abierta. A pesar de saber que ellos cuentan con ayudas, que haces lo que puedes en un trabajo que agradeces, los ves todos los días y no sabes cómo aún no te has acostumbrado. Es, para la mayoría creo, una bofetada de buenos días cada mañana. Intentan volver a leer las líneas de su libro pero sólo miran la página, esperando que pase el mal rato, les veo mirar las paradas del mapa que está encima de la puerta del metro aunque se las saben de memoria, veo cómo se miran unos a otros luchando por mantener el tipo. En el fondo, todos ceden un minuto inmortal mientras pasa la pobreza por sus narices.



lunes, 14 de abril de 2014

La decisión de Marcus Pompidoo


Intro

-Era.. en fin, era extremadamente aburrida, no se hace idea, Sr.Onofre. Siempre con su expresión inerte -y espectacular por otro lado, para qué negarlo, yo mismo me casé con ella- como una fotografía andante, con esos aires de víctima de la novela más dramática que jamás se haya escrito. 

-Era espectacular, estoy de acuerdo.

-Ya lo sé,viejo verde. 

-(Risas) en cuanto a su personalidad, poco puedo aportar ya que lo único que he apreciado de ella son, en efecto, fotografías. 

"Fue una pena". Se guarda las dos fotografías con ambas manos en el bolsillo, del que saca una cajetilla de cigarros con dificultad, "de todas maneras, el pulso de los años ha vencido hacia el lado del arrepentimiento, como era de esperar, supongo. Por esto está usted aquí, ¿verdad amigo? A un telefonazo y aquí le tengo". 

-Encantado, Sr.Pompidoo.

-No me extraña, las únicas visitas que he recibido han sido fruto del morbo y la curiosidad. 

-Bueno, yo no diría... - El hombrecillo se ajusta la montura de las gafas cambiando de postura, sin dejar de mirar a su interesante interlocutor, que aspira el humo sonriendo.

- Era una broma, señor. Siempre he tenido respeto por las personas como usted. 

-Me temo que a estas horas de la mañana el humor se resiste en mí, le pido disculpas.

-Pero hombre, por Dios, ¿quién viene a pedir perdón? Esta visita está tomando derroteros insospechados, qué divertido. 

-Francamente divertido.

Paco Onofre no pudo más que reír de nuevo. Se encontraba prendado de aquél alma ligera. El Sr. Pompidoo, a pesar de su vestuario monocromático y aspecto algo descuidado, era un hombre elegante. Se podía apreciar en su manera de hablar, en la varonil delicadeza al dirigirse a él, en su mirada. Desde el momento en que tomó asiento, el Sr.Onofre dedujo que era una persona con clase. Existían habladurías de todo tipo sobre aquel desconocido, y ninguna de ellas era buena, ni mucho menos. Pero el Sr.Onofre, que estaba acostumbrado a escuchar y ahondar en las miradas, apreciaba un algo inquietante en los ojos de Marcus Pompidoo. La única opción es que los años hubieran pulido su personalidad hacia lo humano, o que fuera un brote, en alguna parte de su cabeza, lo que le hizo matar a su mujer de aquella manera tan horrible hace ya 31 años. 



®

domingo, 23 de febrero de 2014

Besugos







-Escribir deprimido es lo peor, ya te lo digo. Es como escribir borracho, que Hemingway me perdone, con él no me meto. Pero para el resto, que quede clarito, no.
- Tu sí que estás borracho.
-Perdona, eso no resta credibilidad a mis palabras. Y no estoy borracho, lista.
-Vete a bailar, que cuando bebes eres una losa.
-Venga, anda, ¡argumenta!
-¡Shh!
- Me interesa saber lo que piensas.
-¿De verdad?
-Sí.
-Vamos a ver, en menos de media hora me has hablado de cómo se tiene que escribir, de los peores judagores de fútbol en los últimos años, de las canciones que deberían poner esta noche y del negocio que montarías. ¿Sobre qué quieres que te argumente, querido?
-Eres un rollo.
-Iba enserio, sabes que no se me dan bien las ironías.
-Ah, ¡perdona! Opina de lo que quieras.
-Bien. Tienes un aspecto horrible.
-Gracias.
(..)
-Pues a mí no me parece una tontería. Yo voy a probar a escribir esta noche. Creo que llevo un buen cargamento. Entonces podré argumentar tu sentencia de "es como escribir borracho, con todos mis respetos"
-¡No lo he dicho así!
-Bah, ya me entiendes.
-Nunca te entiendo.
(...)
-¿Quieres bailar?
-Por supuesto.

lunes, 10 de febrero de 2014

La muerta (de la que el tiempo se reía)






Dejaba pasar los días, esperando a la banda sonora perfecta, el ritmo adecuado y las circunstancias ideales para poder caminar. "¡Aún no!, ¡Aún no podemos!", le decía a su corazón que se quejaba, a su mente enloquecida casi por completo. Así los días pasaban dando los buenos días y las buenas noches a un cuerpo que se iba desgastando y que lloraba por dentro, esperando el punto de inflexión que nunca llegaría. 

martes, 4 de febrero de 2014

Hablemos un rato





Me levanto y comienzo a recoger mis cosas. A través del flequillo asomo la mirada a un señor mayor, que se acaba de sentar y me devuelve la mirada. Ups, indiscreta quizá. Sonrío levemente y meto la cartera y el tabaco en el bolso. 

-¿Te vas...? ¿Te quedas?

Inmóvil, pienso. No estoy buscando la mejor respuesta con la que el hombre de bigote blanco y chaqueta de pana se quede contento. Es que no sé si me voy o me quedo. Llevaba cinco minutos largos y espesos terminando mi cigarro en una soledad diferente, tras un café de sonrisas y actualizaciones después de un mes sin contacto. La otra persona se había marchado hace ya diez minutos. No sé si era el frío, mi pereza mental o el haberme levantado con la cabeza del revés, pero no sabía que hacer en la hora siguiente antes de comer con un amigo y estaba a punto de irme porque el aire me empujaba a levantarme, porque el silencio me decía "vete". 

-Pues, la verdad....

Vuelvo a sentarme. Él queda en la mesa de mi derecha. Los dos mirando a la calle. 

-¡Te quedas! Bien, así nos hacemos compañía.
-¡Claro! Si tengo ahora un rato muerto, estoy esperando y he quedado por aquí cerca... pero aún falta tiempo para eso. 
-Qué bien, qué bien, es que con este día que hacía me he bajado aquí a  la terraza...

Un cortado, el periódico doblado y creo, aún sin leer. El asturiano tiene las paletas cortas, en comparación con el resto de dientes. Eso le da a sus eses un acento gracioso y agradable. Tiene las manos rudas, de campo. Presumimos de ascendencia del norte, y nos sonreímos compartiendo el orgullo, aunque yo no haya nacido en el norte y el fue lo único que hizo: nacer en Asturias, y emigrar a la capital con la familia, donde lleva viviendo hasta ahora. Preguntar la edad, por supuesto, no suele entrar en los planes. Me habla de la villa de Cangas del Narcea y de su amor por la montaña. 

Nos despedimos, se ha terminado el café y yo sigo sentada. Estrechamos la mano. 

-Bueno, nada, un placer, soy César. A ver si nos vemos otro día por aquí...
-Claro, encantada.

Nos deseamos un buen día y ahora sí, dejo propina y recojo mis cosas. Mientras enfilo Nuñez de Balboa a ritmo de un vals ralentizado, dejo que el sol acaricie mi cara y me doy cuenta de que, a pesar de que disfruto de los cigarros a solas por la noche, de escribir sin ruidos, de paseos por el campo en soledad, de los ratos de silencio... me había costado responder a aquél desconocido -tan cercano por un rato -porque, ahora lo sabía, aquel día tenía un miedo tremendo a estar sola. Y él también estaba muerto de miedo. 

miércoles, 29 de enero de 2014

Posesión



-¿Por qué arrancas las flores?
-Son para mi mamá
-Pero entonces, morirán...