martes, 3 de septiembre de 2013

Mis trenzas





Mis dos, morenas y brillantes trenzas.

Mis trenzas son sagradas. Y Paula acaba de tirar de una de ellas. 

Acompañada por los dos guardaespaldas -su envergadura no merece otro nombre- con el derecho de no sé muy bien quién. Mío, desde luego, no. Se han acercado en mitad del recreo a mi pequeño grupo, y por detrás- hay que ser necio, Paula sería una deshonra en el Oeste- he oído su voz de pito mientras cometía la irreverencia: "¡Vaca lechera!"

Normalmente, cuando me enfado, frunzo el ceño y callo. Esta vez tampoco ha salido una palabra de mi boca, pero me he acordado de mi hermana cuando se irrita hablando. El calor sube por mi cuello hasta las mejillas, que palpitan de ira. Me giro, y ella permanece victoriosa, con los brazos en jarra. Mis amigas se callan, menos Luisa, que arrecia con su voz grave: "¿Vaca lechera? Qué poco original, hija, si al menos estuviera gorda...". Estamos acostumbradas. No es victimismo. Es peor, nos sentimos por encima. Quizá se trate mecanismo de defensa ante las "guays", que hablan de la serie "macho men", de los granos de ésta o de la forma paleta de vestir de aquélla otra. De lo primero no tenemos ni idea. El resto, también lo pensamos. 



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