martes, 3 de septiembre de 2013

Hobbits y cieno



Con el fin del día sobre mis cejas pobladas, descanso en la mesa más vieja de toda la casa, mi favorita. Mientras remato la cerveza fría, la brisa trae un olor poco agradable. Es intenso, y aunque parecía que sería un "tufillo" del momento, se mantiene. Dispuesto a cerrar la ventana con una mueca y varios resoplos, de repente ese olor me hace recordar, me hace cerrar los ojos, me deja plantado ante la ventana. 

Regreso a aquel pueblecito que podría asemejarse a la comarca de Tolkien y sus hobbits. Me encuentro andando, con las bermudas remangadas, mi hermano pequeño abriendo la comitiva y la pequeña detrás, muy cerca de mi. Vamos a pescar. Por primera vez en nuestra vida. Yo había dedicado la mayor parte del verano a leer, escribir y a llevar un barco que tenía alquilado. Mi hermano se había comprado una caña de pescar. Era una birria, pero él estaba emocionado. Y al final, para no haber cogido una caña antes, me sorprendió cuando nos sentó en un muro antes de la salida,  explicando el movimiento para lanzar el anzuelo, y metiendo palabras como "sedal" "plomo" cada rato, como quien dice "pásame el pan". Llevamos lo justo, que además dejamos en la bajada al mar, cerca de un bote. No había nadie. Era un rincón de la costa cerca del puerto, muy pequeño y solitario. Teníamos que andar un poco, la marea había bajado, debían ser las siete de la tarde más o menos. Eran las semanas de julio en las que las mareas subían y bajaban como mi mano cuando espanto una mosca. 

Sorpresa. En la comarca había una pequeña ciénaga, la que llamaban la ciénaga de los muertos en la película. Porque la zona en la que entramos tan campantes olía a muerto, la arena era blanda y viscosa. Los pies se hundían, se resbalaban. Sonaban pompas aquí y allá, de cualquier bicho que nunca me ha interesado descubrir, y los pies se desprendían del zapato que aquella tierra se empeñaba por succionar una y otra vez. Mi hermano decidió esquiar sobre la masa y las algas, ahora abatidas sin mar. Mi hermana no podía evitar reírse con las pedorretas que hacían sus pies al sumergirse en el extraño fango. 

Como era de esperar,  no pescamos nada. A la vuelta, el resto de la familia no nos quería cerca con ese perfume de cloaca , ni mucho menos. Definitivamente lo bautizamos "la ciénaga", pues esa arena negra con olor fuerte a putrefacto era, dijo mi madre, cieno. Quizá con el tiempo olvide esta historia que ahora he recordado. Pero por suerte, hay cosas que puedo decidir hacer desaparecer. "Y aunque el recuerdo me ha  hecho feliz, este olor es una de ellas", me digo mientras cierro  la ventana y me despido del olor a maravilla. 

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