miércoles, 18 de septiembre de 2013

El runrún de tus ruedas



"Ruuum, ruum"

El sonido de la lavadora, del ventilador, de un perro hambriento que no deja de ladrar... la melodía rítmica de cualquier cosa que pasa a un segundo plano, circular, con subidas y bajadas de intensidad. El sonido al que uno se acostumbra, en definitiva.  Así es el runrún que ahora me acompaña mientras tecleo absorta en mi pequeño cacharro. Ha pasado al más secundario de los planos en mi cabeza, si no es que había estado siempre ahí. Al rato, con el cuello dolorido, me incoporo y echo un vistazo por encima del respaldo del sofá. Gaby, en su skate, recorre la terraza una y otra vez en círculos. Cuando la veo, también me doy cuenta de que está hablando. 

Dios mío, ¿cuánto tiempo llevará hablando? ¿Está hablando sola?

Puede sonrojarme la expresión de una persona cuando mi broma con intención empática me convierte súbitamente en una persona cruel. Puedo querer desaparecer cuando llego tarde y mis perdones atropellados se responden con un silencio. He querido ser una avestruz y meter la cabeza bajo la tierra cuando después de comer busqué la cartera en mi bolso y mi mente decidió entonces acordarse de que la saqué la noche anterior  y estaba descansando con su billete manoseado en mi mesilla. Pero nada, nada comparado con la vergüenza que siento mientras la miro, y deja de volar sobre el patinete para mirarme de vuelta. No hablaba sola. Tampoco conmigo. Si la hubiera escuchado, seguro que serían frases de un diario que se enreda en sus pensamientos y acaba desvariando para terminar con puntos suspensivos; las últimas palabras que alguien acaba musitando al ver que las primeras ni si quiera se han oído en el guirigay de la indiferencia. Si la hubiera escuchado. 

Vamos a jugar al rey del sofá, a llenarte de besos, a ser pin y pon, a intentar moderte la nariz y forcejear en un concurso sin puntos. A ver quien lanza más lejos el zapato, el peluche o mi cacharro.





martes, 3 de septiembre de 2013

Hobbits y cieno



Con el fin del día sobre mis cejas pobladas, descanso en la mesa más vieja de toda la casa, mi favorita. Mientras remato la cerveza fría, la brisa trae un olor poco agradable. Es intenso, y aunque parecía que sería un "tufillo" del momento, se mantiene. Dispuesto a cerrar la ventana con una mueca y varios resoplos, de repente ese olor me hace recordar, me hace cerrar los ojos, me deja plantado ante la ventana. 

Regreso a aquel pueblecito que podría asemejarse a la comarca de Tolkien y sus hobbits. Me encuentro andando, con las bermudas remangadas, mi hermano pequeño abriendo la comitiva y la pequeña detrás, muy cerca de mi. Vamos a pescar. Por primera vez en nuestra vida. Yo había dedicado la mayor parte del verano a leer, escribir y a llevar un barco que tenía alquilado. Mi hermano se había comprado una caña de pescar. Era una birria, pero él estaba emocionado. Y al final, para no haber cogido una caña antes, me sorprendió cuando nos sentó en un muro antes de la salida,  explicando el movimiento para lanzar el anzuelo, y metiendo palabras como "sedal" "plomo" cada rato, como quien dice "pásame el pan". Llevamos lo justo, que además dejamos en la bajada al mar, cerca de un bote. No había nadie. Era un rincón de la costa cerca del puerto, muy pequeño y solitario. Teníamos que andar un poco, la marea había bajado, debían ser las siete de la tarde más o menos. Eran las semanas de julio en las que las mareas subían y bajaban como mi mano cuando espanto una mosca. 

Sorpresa. En la comarca había una pequeña ciénaga, la que llamaban la ciénaga de los muertos en la película. Porque la zona en la que entramos tan campantes olía a muerto, la arena era blanda y viscosa. Los pies se hundían, se resbalaban. Sonaban pompas aquí y allá, de cualquier bicho que nunca me ha interesado descubrir, y los pies se desprendían del zapato que aquella tierra se empeñaba por succionar una y otra vez. Mi hermano decidió esquiar sobre la masa y las algas, ahora abatidas sin mar. Mi hermana no podía evitar reírse con las pedorretas que hacían sus pies al sumergirse en el extraño fango. 

Como era de esperar,  no pescamos nada. A la vuelta, el resto de la familia no nos quería cerca con ese perfume de cloaca , ni mucho menos. Definitivamente lo bautizamos "la ciénaga", pues esa arena negra con olor fuerte a putrefacto era, dijo mi madre, cieno. Quizá con el tiempo olvide esta historia que ahora he recordado. Pero por suerte, hay cosas que puedo decidir hacer desaparecer. "Y aunque el recuerdo me ha  hecho feliz, este olor es una de ellas", me digo mientras cierro  la ventana y me despido del olor a maravilla. 

Mis trenzas





Mis dos, morenas y brillantes trenzas.

Mis trenzas son sagradas. Y Paula acaba de tirar de una de ellas. 

Acompañada por los dos guardaespaldas -su envergadura no merece otro nombre- con el derecho de no sé muy bien quién. Mío, desde luego, no. Se han acercado en mitad del recreo a mi pequeño grupo, y por detrás- hay que ser necio, Paula sería una deshonra en el Oeste- he oído su voz de pito mientras cometía la irreverencia: "¡Vaca lechera!"

Normalmente, cuando me enfado, frunzo el ceño y callo. Esta vez tampoco ha salido una palabra de mi boca, pero me he acordado de mi hermana cuando se irrita hablando. El calor sube por mi cuello hasta las mejillas, que palpitan de ira. Me giro, y ella permanece victoriosa, con los brazos en jarra. Mis amigas se callan, menos Luisa, que arrecia con su voz grave: "¿Vaca lechera? Qué poco original, hija, si al menos estuviera gorda...". Estamos acostumbradas. No es victimismo. Es peor, nos sentimos por encima. Quizá se trate mecanismo de defensa ante las "guays", que hablan de la serie "macho men", de los granos de ésta o de la forma paleta de vestir de aquélla otra. De lo primero no tenemos ni idea. El resto, también lo pensamos.