miércoles, 17 de julio de 2013

La mujer cañón



Su sangre salpicó titulares y propinas en cafés de todas las terrazas que hablaban de su belleza y su accidente. 

El circo se quedó a oscuras. Los murmullos flotaban en el aire congestionado. Se oían a veces más alto y otras más bajo, como olas que vienen y van, en los minutos de espera al siguiente número.

Se encendió un foco y, bajo él, apareció una figura femenina y esbelta. Todos los ojos del gran círculo humano se posaron sobre ella. Una malla envolvía su cuerpo atlético de pies a cuello, donde empezaba una piel suave y blanca bajo la luz, que señalaba sus labios rojos y su mirada al frente, en la oscuridad. De su seriedad carmín surgió una rápida sonrisa al público, que aplaudía y gritaba a destiempo. Ella no veía nada. Como siempre.

Al principio, disfrutaba imaginando las caras de sus padres, mientras entraba en la pista con su tripa y mofletes redondos. Más tarde, seguía  haciéndolo, aún muerta la ilusión, con una esperanza fresca y joven, creativa, que cada día reinventaba frases para ella entre los gritos. Hasta hace poco, no dejaba de imaginarse caras diferentes, reales o no, como torero que se santigua antes del ruedo. Pero hoy... hoy no veía y punto. Se mantuvo de pie esperando a que se hiciera el silencio, inspiró el olor a sudor y palomitas, achinó los ojos intentando distinguir rasgos, con poco éxito. Inclinó su tronco en una reverencia a modo de saludo. Su larga coleta cayó sobre los hombros. Hoy estaba nerviosa otra vez. Agachada, en ese momento íntimo y fugaz, cerró los ojos con fuerza, disfrutando de la adrenalina que empezaba a tocar a la puerta de su cuerpo. 

Al incoporarse de nuevo, su expresión era neutra por completo. Apretó la mandíbula y los puños, que soltaron ondas de magnesio en el aire.

"¿Mamá, por qué lleva esa ropa tan rara?"
"Shh, Nicolás, mira, ¿ves su cara? Se está concentrando. Siéntate bien"

Después de media hora de piruetas y acrobacias en solitario, llegó el momento favorito para todos. Desde unos metros arriba, la joven saltó al suelo, levantando una polvareda y más aplausos.

Última reverencia.

Entrada en el cañón.

Redobles de tambor. 

¡PUM!

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