lunes, 15 de julio de 2013

7.30 am, estación de tren




Suena el pitido de siempre y se cierran las puertas. Una joven de pelo rubio teñido se sienta al lado de una mora con pañuelo color café, que estaba sentada estaciones antes. Tiene el ceño fruncido y algunas arrugas. La rubia, nada más sentarse, le da un beso en la mejilla. La morena -así son sus cejas, su bigote y su piel- se aparta mientras levanta la mano en un gesto amenazante que hace reír a su compañera de asiento.

Hacia el fondo del vagón, un hombre bajito y con las gafas de sol puestas apoya su moflete en el puño. Esta tan rígido, con la boca tan cerrada, que cuesta creer que está dormido, hasta que por fin la violenta cabezada despeja cualquier duda. A través de las nubes alargadas, el vagón se inunda de amarillo. En la parada, un pequeño baile a los lados, los pies medio abiertos sobre el suelo. Unos que salen, otros que entran, caras hinchadas y pocas palabras. 

Buenos días, Madrid

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