lunes, 3 de junio de 2013

Vita






Baila sobre cristales y antifaces aplastados, baila. Sonríe entre gritos, besos y empujones. Intenta alcanzarme. Me escapo, como aire entre tus dedos, tan rápido que te da la sensación de que nunca me has tenido. Sé que me sientes, claro que lo sé. En los abrazos largos, las despedidas desde el corazón y los gritos de tu discusión borracha. Sé que no puedes hacer nada, que me odias por eso, por quererme tanto. 

Las luces interiores se van apagando mientras las del cielo aparecen fuertes y blancas, entre las nubes. Salís todos, despacio, doloridos, desmejorados. Los fumadores, los secos y acartonados, los tiburones, los bizcos y las peonzas. La identidad se va pegando al cuerpo de nuevo, las pupilas se reducen otra vez, los serios vuelven a ser serios, los comentaristas estiran la noche en palabras, y los listos buscan un puesto de chocolate caliente. Que soy cara, y si me das frío me alejo, sin parar, de tu cuerpo hasta matarte. Cuídame mucho, que soy tu motor para el resto, soy el primer llanto, la primera voz de la cadena. 

Me gusta los que me quieren intenso, y viven poco. Fanáticos, alocados, sentidos, inestables. A veces no son muy conscientes de eso: la vida intensa y corta, pero me caen bien. Tú tampoco estás mal. Baila ahora sobre la calle, sobre el asfalto, con tus medias rotas y los tacones en tus manos. Baila, que al taxi le queda un rato. Baila o te quedarás dormida, y es aburrido sólo respirar para mí, con la gracia que me hacéis tú y toda tu generación, llenos de preocupaciones, de amor y de llanto, pequeños, tiernos y jóvenes.

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