lunes, 24 de junio de 2013

Standby



En el octavo piso, una luz blanca mortecina parpadea de vez en cuando. Suenan platos que se chocan con cubiertos bajo un chorro de agua ardiendo. Las habitaciones están dormidas. En la cocina, con las manos llenas de restos y jabón, una chica con ropa de noche y ojos hinchados hace desaparecer montañas de platos. A su mente, como mosquitos sedientos, acuden reflexiones golpeando la puerta. Pero ella no les deja pasar. Coge un plato, lo aclara bajo el grifo, se gira levemente y, dejando un pie en el aire, se inclina mientras lo coloca en el lavavajillas. Así una y otra vez, intentando no hacer ruido, sin cambiar de expresión, con el moño torcido. 

Un pensamiento alargado logró colarse, de repente, en su mente borracha aquella noche. Bajó los hombros, y despertó de su dulce sueño de limpieza, de su fingida inmunidad. Sacudió las manos con violencia, para quitarse el agua, se las secó en el vestido de gasa. Se frotó los ojos extendiendo aún más el negro y abrió la ventana de la cocina. Daba a un patio con zapatillas, ropa interior y sábanas en sus balcones. Miró arriba, al trozo de cielo en forma de cuadrado, un cielo que ya amanecía. 

La vida real volvía a imponerse como una ola gigantesca. Apoyó su cuerpo desgastado y femenino en el marco de la ventana, moviendo sus pies sobre las puntas, para darles descanso. Encendió un cigarro, fue al salón y abrió la funda negra, despacio, con el pitillo entre sus labios. Se dejó caer entre los cojines y agachó la cabeza, apoyándola en el cuerpo de la guitarra. Rozó las cuerdas, las bañó en agua salada, dibujó notas tan frágiles como telarañas. Su boca expulsaba humo, cantaba las palabras del pensamiento alargado, intentando vomitarlo, ese pensamiento afilado que había entrado sin permiso. 

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