martes, 11 de junio de 2013

La granja que fue



El humo escala en el aire, desaparece poco a poco. Las brasas siguen ardiendo y la madera es negra, tan negra como la casa y el jardín. El cementerio de una granja, en mitad del campo. En el camino de arena, a la entrada de las cenizas, una señora con vestido ancho y pelo enmarañado se cubre la cara manchada de hollín con las manos. Se arrodilla, se deja caer, baja las manos y permite que el calor seque sus lágrimas. Borracha,  inexpresiva, recogiendo sus trozos por dentro sin evitar que se caigan como canicas en una bandeja de plata.

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