miércoles, 5 de junio de 2013

Hoola hoop



El juego ha terminado. Todos se han lavado las manos y ahora toman la tarta. Miguel la come con los dedos, pero Lidia está segura de que no se debe a la falta de cubiertos. Lo que pasa es que Lidia no llega a la mesa. Desde aquí veo cómo se pone de puntillas, descalza, y mira a Miguel de reojo. Pedro prefiere tomar su trozo con medio cuerpo en la piscina. Con su pelo hacia atrás y unas gafas de sol que le van grandes, habla del número habitaciones que tendrá su mansión cuando sea mayor. Cuca escucha desde la hamaca, con las piernas cruzadas y los ojos achinados por el sol. Lucía lleva la corona de papel. Sigue repartiendo trozos de tarta, los corta con la lengua fuera, como cuando hace ejercicios de mates, esos en los que luego saca un diez. Carlos está a su lado, sujetando un plato tras otro, con sus gafas redondas y su primer botón abrochado. No para de hablar, pero Lucía parece no escucharle. Es la anfitriona y es su cumpleaños. Aunque nunca le escucha demasiado. 

Espero que Lucía haya contado mi trozo de tarta. Porque el juego ha terminado pero se han olvidado de mi. Y sigo atado a este tronco de árbol, con esta cuerda gruesa que me aprieta como una serpiente de la selva. Hace mucho calor y los mosquitos están intentando devorarme. Es inútil gritar, yo veo a la pandilla, pero están lejos y no creo que me oigan. Seco el sudor de mis manos en la soga que me ahoga la cintura, y miro a mi alrededor con ojos de loco, buscando una solución, pensando en Lucía, el trozo de tarta y mi tripa. 


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