martes, 11 de junio de 2013

Doma propia



Las encinas rasgan mi espalda sin piedad. No importa cuánto me pegue al caballo, que por cierto, galopa sin control. Y es que este caballo que monto es... típico. Sigue donde vaya el jamelgo que tiene delante. Altos, bajos, colinas, zonas estrechas, qué mas da. Sus patas no paran, entregadas al campo y a su líder. Por fin, paramos en un alto, a mirar el paisaje y fumar mientras los animales resoplan y se calman bajo nuestro peso. Yo también me voy calmando. Mientras intentaba frenar a la bestia, momentos antes, no había hecho más que maldecir mi decisión de montarme, de lamentar mi ímpetu al abandonar la guitarra y el árbol para subirme a ese frenesí. 

El sol es abrasador. El color del paisaje, en su mayoría, amarillo. Fumamos en silencio. Siempre he estado enamorada de los caballos, y no siempre les he tenido miedo. Lo que más me gusta es su olor. Y limpiarlos. Y ensillarlos. Pero cuando me subo, desde aquella caída de triple mortal -con etcétera- en un picadero, la razón no me deja sentir. Soy un trozo de madera, un saco de patatas, un paquete de harina, denso. Un cuerpo rígido donde antes hubo uno aguerrido. "Poco a poco" me digo, mientras agarro su cuello para esquivar las ramas en el galope de vuelta. Por un momento, como si el caballo fuera una canción acertada, no noto diferencia entre su intención y la mía. Y lo agradezco. 

3 comentarios:

  1. Y yo agradezco que lo escribas.
    (Encina y caballo juntos... ¡Absalón Absalón, ay!).

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  2. Ahora soy yo la que no puede quitarse a Absalón de la cabeza. Jaja.

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  3. Que bien descrito, aunque doy fe de que ya no eres un saquito de patatas....

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Qué me comentas, verdura: