sábado, 8 de junio de 2013

¡Diez! ¡Once! ¡Doce!




Qué envidia. Qué envidia más sana. Cuando la siento tan profunda -y tan positiva- vuelvo automáticamente a mi infancia, a las fiestas de verano de fin de curso.Cada año se repetía el mismo número, que cerraba todas las actuaciones. Bajo el sonido de Safri Dúo retumbando en los altavoces y en nuestras tripas de niña, en el colegio, sentadas en esa pista ardiendo mientras "las mayores" repetían mortales hasta salirse de la colchoneta. "¡Once! ¡Doce!" Gritábamos todas y todos, llenos de emoción.

El público estaba rendido desde la primera voltereta. Los padres cansados del sol y los gritos, las profesoras sofocadas entre orden y sentencia, los hermanos-de-alumnas, que acudían a las fiestas por aparente formalidad familiar y se colocaban en las primeras filas para cotillear al estilo de las señoras de pueblo. Todos. Todos paraban y aplaudían. A mí se me hinchaba el pecho gritando, número tras número, gritando más alto cuando sus calcetines blancos de tobillo dejaban la colchoneta blanda y pasaban a las brasas de la pista. 

Las gimnastas, después de su acrobacia troyana  interpretada hasta el límite de sus fuerzas, terminaban de pie, mirando a cualquier parte, dependiendo del número de vueltas y de desorientación. Pero siempre, siempre, siempre se daban la vuelta, para mirar al público. Majestuosas, con su coleta destrozada, su cara enrojecida y su seriedad de actriz o su sonrisa eufórica, elevaban los brazos al cielo en un saludo que provocaba aún más aplausos. Pero hoy no ha sido la envidia la que me ha llevado de viaje al colegio.

Hoy, mientras tomaba el café, ha sonado esa canción. Safri Dúo, de fondo, mezclada con el pitido del té y el clin-clin de los platos. He dejado de beber, he mirado de reojo a la esquina, dejando la sorpresa a las puertas de mi boca abierta, por si acaso, mientras practicaba hipnosis con la radio negra. Qué antigüedad, qué locura, qué extraño. Una canción viejísima, que ya ha sido sustituida por Pit Bull o algún dubstep afortunado. Me gusta, ¡me gusta! Y me gusta mucho. Siento una irracional pasión, un acelere de concierto nocturno, una alegría de campeonato. Y siento esa envidia sana, ésa que disfruta del éxito sin siquiera ser, o haber sido  el protagonista de sus logros.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Qué me comentas, verdura: