miércoles, 12 de junio de 2013

Atocha, junio 2013




Es muy mujer. Muy charlatana. Exagerada en sus valoraciones, desde la temperatura ("Bueno, bueno, bueno bueno, bueno -añadir otros cinco- ¡qué calor! No hay quien lo aguante de verdad") hasta el resto de cosas que cuenta a cualquiera que esté al otro lado del móvil por el que habla. Con las piernas cruzadas, lleva un vestido de gasa beige, con zapatos de cuña y labios color rojo. Elegante. Pero hay que mirar dos veces para asegurarse de que esa elegancia es la que envuelve a una voz estridente, unos gestos amplios y sobre todo, las quejas.

Eso sí, insisto, es muy mujer. Presumida. Llega un ejecutivo, canoso y cansado, planea ocupar el asiento que está delante de la señora. Parece ser su compañero de trabajo, empiezan a hablar. Ella, después de enumerar los mismos "bueno" y comentar el tiempo mientras se abanica con la mano, pasa a la humildad en su coletilla: "Bueno, no quiero que suene a queja, no es que me queje del tiempo, en realidad son los contrastes lo que me impactan, ¿sabes? El frío de la oficina, el calor de fuera..". El oyente está de pie, no pronuncia palabra, cuelga su chaqueta y deja la maleta en el altillo del vagón, asiente sin dejar de mirarla. También está asado de calor. Suena el móvil de nuevo, ella lo coge y él aprovecha para sentarse, raudo, veloz. El saludo ha sido más de lo mismo:

-"Hola, Elena"
-"Menudo día, Alfonso, ¡menudo día!"

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