martes, 28 de mayo de 2013

Tomás, Tomás




El coche derrapó, sus ruedas gritaron agudas y resonaron llenando la avenida. El joven aparcó de mala manera, y de mala manera cerró la puerta, mientras corría calle abajo. Pasó el puente y entró en la marea de la calle peatonal más grande de la ciudad.  Día laboral de otoño significaba masas caminando en todas las direcciones, con prisa, hacia Dios sabe dónde. El chico esquivaba y apartaba como si estuviera en la jungla. Lianas, ¡fuera! Gotas de sudor corrían por su frente, su mirada se mantenía al frente, intentaba mirar por encima de las cabezas repeinadas y de las melenas teñidas. La estatura de Tomás era escasa, y eso aumentaba su angustia. Resoplaba y se acaloraba entre tanto abrigo y zapato. Parecía que la gente le impedía el paso a propósito. Por eso, sus codazos aumentaron la fuerza. Surtían efecto. 

Un café se derramó en su manga. Estaba ardiendo. Tomás no gritó. Se desabrochó la chaqueta y dejó que el vaivén de gente hiciera el resto hasta quedarse sin chaqueta. Quedaba menos. Intentó recordar donde había dejado el coche, para no perderlo más tarde. Así, podría llegar tarde, pero no muy tarde al trabajo.  Por las prisas, no recordaba bien donde lo había aparcado. Pero no podía recordar. Sólo podía pensar en su cometido. Giró a la derecha. Su calle. Sacó las llaves del bolsillo de su pantalón, nervioso, temblando, sin pararse por el camino. Abrió el portal, con dificultad. La puerta era vieja, el edificio era viejo, los pisos se caían a trozos, la casera y el canario de la casera eran viejos. Subió las escaleras, el ascensor no era una opción. Quinto piso. Vamos, piernas. Tercero... Cuarto... 

Desollado, Tomás se aflojó la corbata mientras buscaba la llave de su puerta en el manojo. No dejaba de pensar en lo mismo, desde que dio la vuelta en su coche. Entró en su casa, tropezándose con un par de zapatos. Los apartó sin siquiera mirarlos, gruñendo, mientras corría a la cocina. 

Apagó el gas. 

Se apoyó en la mesa del centro de la cocina diminuta. Esperó a que su respiración disminuyera. Pero no tenía tiempo que perder. Secó su sudor de la cara, desde la barbilla hasta el cabello corto y moreno, y salió con paso firme. Tomás vivía la vida con intensidad, con drama, con teatro. Tomás sufría y luchaba. Tomás era un chiste. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Qué me comentas, verdura: