lunes, 27 de mayo de 2013

La abeja, el zombie y los exploradores



La calle Santo Cristo es larga y ancha. Alejada del centro de la ciudad, en un municipio cualquiera, con la llegada de la noche va perdiendo la iluminación general, hasta que sólo la hacen visible las casas que cuentan con farolillos.

Era de día, el sol golpeaba el asfalto, levantando olas de calor que serpenteaban el paisaje. En media hora, habían pasado cinco coches y dos personas a pie. Una de ellas, la señora de melena y piel oscuras. Tendría unos cincuenta años. Caminaba con esfuerzo, la cuesta es empinada, tan empinada que consigue hacer que cualquiera que la escale piense, en algún momento, que no tiene final. La señora me adelantó, yo estaba parada en un lado de la larga carretera. La observé mientras se alejaba dándome la espalda. Levantaba las piernas perdiendo ligeramente el equilibrio a cada paso. Ondeaba las bolsas de plástico que colgaban de ambas manos. Por el esfuerzo y la lentitud, su caminar podría ser el de un zombie de thriller. Podría ser, quizá, la pareja de Thom Yorke en Ingenue. Podría ser... ella misma, nadando en un pozo de líquido espeso, ella bailando lírico a cámara lenta. La señora se giró. Debió notar mi mirada en su nuca. Disimulé como pude. Que más da. 

La segunda persona había pasado ya antes. Era un cartero en su moto amarilla, con su casco amarillo. El motor arrancaba cada pocos minutos, después de que el chaval dejara en el buzón cartas de bancos, promociones, y alguna misiva de alguien que todavía conserva la bonita tradición de escribir. Era un chico joven de ojos despiertos. Su trayecto tocando los lados de la calle me recordó a los viajes de la abeja de las flores al panal o de flor en flor, mientras recoge el polen. Lo único que cambia es que las patas de la abeja ganan peso, y la maleta del cartero se vacía con el trayecto.

Un padre con aspecto de recién casado paró su coche a mi altura y tuve que girarme. En el asiento de atrás, llevaba a un bebé que con la boca abierta y un juguete entre las manos. Los dos estaban paralizados, mirándome. El padre paró la música, mostró una ancha sonrisa, y me preguntó cómo podía llegar a la torre. Esa torre de piedra y vacía a la entrada del pueblo, ese castillo pequeño para ser un castillo. Ese castillo que no tiene nada, más que un poco de gracia. Le indiqué el camino de la manera más sencilla que se me ocurrió. Tenía que dar la vuelta, para empezar. Le devolví la sonrisa después de las indicaciones. El conductor subió la ventanilla y yo regresé a mi posición, bajo la sombra de un árbol, a un lado de la calle Santo Cristo. Antes de seguir a su excursión de aventura con el pequeño, paró el coche y bajó la ventanilla de nuevo. 

-Perdona, que no te he preguntado. ¿Quieres que te acerque a algún sitio, o algo?
-Oh, no, no se preocupe. Estoy esperando a alguien. 


3 comentarios:

  1. Tengo la imagen de la abeja metida en el cráneo, inolvidable.

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  2. Me remito a mis primeros pasos, con el puré de patata en un día de nieve. :)

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  3. Puré, patata, polen...: texturas en pe.

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Qué me comentas, verdura: