jueves, 16 de mayo de 2013

Karma haciendo el pino


Nicolás camina destrozándose los talones. Con las manos en los bolsillos, la sombra bajo sus ojos y el párpado derecho tiritando a ratos, cruza el enésimo paso de cebra, buscando un cajero.

Ya van dos con un corte de manga en la pantalla. "Cajero automático temporalmente fuera de servicio". Queda un cuarto de hora escaso para la fiesta, y su cuerpo mendiga una máquina que le diga si su tarjeta por fin está desbloqueada. Victoria. Cuatro manzanas más al norte del supermercado, la suerte le sonríe, y la ranura escupe un par de billetes usados.

Al cruzar las puertas correderas, le llaman al móvil. Sus ojos van de aquí para allá, mientras tira del carro de plástico con  la mano izquierda, a paso de serpiente. Pimientos, cebollas, latas, arroz, plátanos, botellas. "Sí, sí.. ¿Qué?" Se para en mitad del pasillo. Mira la pantalla. Lleva tres minutos y medio andando, su carro sigue vacío y la lista que llevaba en la cabeza ha desaparecido. Sin despedirse, cuelga, y al reanudar la marcha tropieza con sus propios pies, lanzando el carro vacío por el pasillo. Como en un pleno de bolera, choca contra la figura oronda de una señora mayor, que se gira, lentamente. Mira el carro. Mira a su dueño. Nicolás tiene los ojos desorbitados.

-Perdone, yo, yo.... no sabe cuánto lo siento- de su boca sale una risa nerviosa que cierra, sacudiendo la cabeza. Vuelve a escena y recoge el carro, disculpándose un par de veces más. La señora no ha dicho nada. Después de dedicarle una mueca de desprecio, vuelve sobre los precios de pollo ajustándose las gafas y sacando trasero.

Después de un buen rato parándose y andando, repasando los pasillos del pequeño lugar, Nicolás se dirige a la cinta, nervioso. Ya llega tarde. Qué bien, al menos no hay cola. Sólo hay un señor con pinta de padre recién salido del trabajo, que está pagando.

Gira el carro para colocar las cosas, cuando se acuerda de que le faltan servilletas. ¡Servilletas! Vuelve sobre sus pasos, corriendo. Se lleva el carro, mientras el resto de clientes se dirigen a la cinta. Para cuando vuelve hay tres personas, con tres-grandes-carros. Nicolás no puede más. El puñado de horas del día ha sido como una nube espesa sobre su cabeza, y esto está siendo el trueno final. Suelta el carro con desaire, y pega un grito mirando al cielo, queriendo olvidarse de los pimientos, las servilletas, el carro, la cola, la fiesta y la vieja gorda.


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