miércoles, 8 de mayo de 2013

En un cementerio esnob

Era domingo. La hípica parecía más vacía de lo habitual, pero los caballos estaban ahí siempre. Famélicos, enfermos, con inyecciones y medicinas que, por sus resultados visibles, más bien parecían veneno.

Resultaba difícil de entender que en aquel club deportivo, de gran clase y elegancia, tuvieran a los jamelgos en semejante estado. Un club en el que es importante el coche que lleves y el nombre de las gafas que te plantes cuando salga el sol. En un trozo de verde y arena, los hijos de padres divorciados eran lanzados al parque con la cuidadora y las clases de golf, paddle, tennis, o todo el pack en su defecto, para los más inquietos. La sociedad, en su continuo intento por no caer en números rojos, exigía de los padres el trabajo para poder pagar la casa, la comida, su gimnasio, los planes de sus hijos cada año más caros, y por supuesto: el club y la cuidadora. Por lo menos, los caballos estaban limpios. Pero seguía siendo  incomprensible.



Manuela estaba en clase, montando, como cada semana. Y como cada semana, repetía experiencias con el mismo animal, para su desgracia. Blanco, con algunas manchas en las patas y una rebeldía perenne en el cuerpo, que le hacía parecer incluso humano. Cada semana lo montaba, y cada semana el caballo intentaba tirarla. Aquel día -obviamente sin avisar- había empezado a dar saltos en el aire, de manera acrobática y grotesca, igual que un potro sin domar. Manuela aguantó el tipo, soltando algún que otro grito pero sin despegarse de las riendas y el asa de la silla de cuero. El casco hacía reverencias violentas sobre su cabeza de pelo fino, sus piernas se apretaban contra el cuerpo del blanco rabioso y llegaba la tensa calma al fin, que se aseguraba dando un par de vueltas al picadero, al paso. 

En las gradas, su prima pequeña, Begoña, daba brincos y hablaba sin parar. El resto del público eran las dos madres. Dos hermanas, dos mujeres en definitiva. La madre de Manuela seguía cada paso de su hija, mientras escuchaba a su hermana hablar. La pequeña Begoña llevaba la mitad de la clase repitiendo la misma frase, incansable, tenaz: "Mamá, mamá, ¡yo quiero montar! ¡Paula montó una vez un caballo a mi edad!". Una y otra vez. Nadie escuchaba a Begoña, pero ella cada vez lo repetía con más fe. Para ella, el éxito se acercaba. Terminó la clase. Una sudorosa y sonriente Manuela bajó del caballo y lo llevó con el resto de moribundos, al establo. Los brincos de Begoña se hicieron más altos, igual que su voz de pito. Su madre al final, se calló y dirigió su mirada grave a la pequeña, que mantuvo la pregunta estática e imaginaria  en su expresión infantil. 

Al poco rato, el diminuto cuerpo de Begoña estaba montado en un caballo viejo y marrón. Lo habían traído a petición de su madre, sabe Dios si para hacer que la caprichosa bebé se callara o por alguna razón oculta y sabia de su madre. O porque sí. Begoña estaba emocionada. El casco le iba algo grande, pero estaba bien apretado y así lo sentía ella. Todo iba bien. El profesor le colocó los estribos a su altura, le enseñó a coger las riendas. Ella escondía las manos regordetas, y asentía. No sabía si estaban bien cogidas. Era lo de menos. Para Begoña, ese rato de instrucciones eran como los primeros largos minutos de una película, llenos de nombres que no conoce nadie. La pequeña no preguntó nada, no rechistó nada. El profesor se apartó un poco, y chasqueó la lengua al viejo penco, que comenzó a andar en una marcha funeraria, con el estilo de la bestia del Quijote. Begoña se estremeció de placer. 

Por aquél entonces estaban de moda los perros salchicha. Antes podían ser feos, quizá mañana lo sean, pero en ese momento, eran adorables y casi todo el mundo que tuviera un poco de afición mascotil se lo agenciaba. Aquel domingo había uno, no era de nadie que estiviera a la vista. Pero ahí andaba, en las gradas, oliendo cualquier cosa. Al perro en cuestión le dio por ladrar y el caballo viejo de Begoña despertó de su letargo, con un mini infarto a dos patas que la regordeta de 4 años no se esperaba. Se soltaron sus manos, sus piernas, se soltó el pánico de las dos madres que se pusieron en pie. Manuela había vuelto hacía rato, intentaba hacer callar al perro, porque en ese momento su ladrido era un pecado.

La pequeña estaba cubierta de arena, en el suelo del picadero, llorando. Su madre se mantuvo de pie, y entornó los ojos, en silencio. Begoña salió del picadero y tardó años en acariciar otro morro de esa especie. El caballo rebelde de Manuela murió por enfermedad, y pudo cambiar de acompañante. Tiene pinta de que Begoña, si sigue así, montará como nadie lo ha hecho antes. También tiene pinta de que será en otro picadero. 

5 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Espero tu comentario después de volverlo a leer, com me dijiste! =)

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  2. Begoña me trae ciertos recuerdos, puede ser?:)

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  3. Exacto. Eres mi inspiración :) te ha gustado?

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