lunes, 8 de abril de 2013

Momentos absurdos


Ahí es donde quería estar. Frente al mar.

Es muy típico. Es cobarde. Pero es lo que Miguel necesitaba. Desde fuera, podría parecer inspirado, descansando la mente, o pensando en cosas salteadas y sin orden, como los botes que hacían las piedras que lanzaba al mar. Sin embargo, nada más lejos de la realidad. La cabeza de Miguel llevaba unos días haciendo mucho ruido. Tanto como el grito de un niño cuando arranca a llorar, o las motos sin silenciador que pavonean sangrando gasolina por la calle. Miguel lo estaba pasando mal, a pesar de sus ojos tranquilos y su postura relajada. Se notaba, más aún en la fuerza con la que tiró las piedras, las ramas, el reloj y hasta su bastón al poco rato de posar para el paisaje. Ninguna piedra botó. El mar no le decía nada, el viento sólo le metía el pelo en los ojos. Las nubes ocultaban el sol dándole frío y las olas caían como lluvia sobre su ropa de invierno. "Gracias a todos".

El humor heredado de su padre, su madre y todo su árbol genealógico no le dejó  disfrutar del drama por mucho tiempo. Se le escapó una risa que le hizo mirarse los zapatos. Salió del arrecife vertiginoso que invitaría a suicidarse al más cuerdo. Entró en la playa, llana y quieta. Se descalzó, y empapó sus pies en la espuma de la orilla. "Son momentos", pensó. Sin reloj, se preocupó por la cena sin hacer, los mails sin contestar en todo el día. El viento le ayudó a respirar y soltó las piedras. Con una mano en el bolsillo y la otra agarrando los zapatos, caminó de vuelta a su rutina favorita.



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