martes, 16 de abril de 2013

Indiferente


Mis pies no llegan al suelo. Sentado en el copiloto, observo todo lo que hace mi padre mientras habla por el manos libres. Mete marchas, se ajusta la corbata, mira por el retrovisor, me guiña el ojo, pone el intermitente, "tic, tac, tic, tac". Impresionante. A mí, lo que me gusta es cambiar discos, tocar botones y mirar por la ventana. 

Llegamos a casa. Bajo del coche entre una nube de polvo y el olor a gasolina. La quietud del jardín es mortífera, ya no queda nadie, más que mi padre y yo, desde hace unos meses. No hay perro al que saludar, perro que te manche, madre a la que besar y que te bese, ni hermanos a los que hacer reír, hermanos que te chinchen. Todo sucede a cámara lenta. La maleta de mi padre ondeando el aire mientras rodea el coche, mis manos sucias del colegio, la leche en la puerta, caliente por el sol. 

La casa está oscura. Hace mucho calor fuera, y hay que mantener el "fresco" dentro, eso decía mi madre. Bajo un poco más las persianas, nunca del todo, y me lavo las manos. Me siento en mitad de un videoclip. El mío no tiene visitas, no tiene ficción. No busca nada, no conoce promoción. Es la pura, cruda, asquerosa realidad. Pero mis lágrimas reflejan, como espejos palpitantes en mi mejilla, al único que me queda. Sigue hablando por el móvil. 

Voy hacia él. Me sigue con la mirada, absorto. Salto y cojo su aparato, lo estrello contra suelo. Le miro indiferente. Me mira indiferente. Tengo todo el derecho a hacerlo. En el colegio me tratan raro, los niños me sonríen distinto. Me gustaba más la manía que me tenían los profesores. El único que es igual es Javi, con él sigo haciendo travesuras. Mi padre ha colgado el móvil, lo ha dejado boca abajo, castigado en la entrada. Tiene puesto el delantal, extiende el mío, y en silencio, saca los spaguetti mientras yo enciendo  la radio, de puntillas. 

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