jueves, 7 de marzo de 2013

La hermandad




Antes fumaba casi todo el mundo. El tabaco no costaba el ojo que cuesta ahora. Hace un siglo, valía lo mismo que el chicle y los diarios. No es sólo por barato por lo que hace tres generaciones se fumaba a destajo. Se asoma una cuestión social: estaba bien visto. En las casas no faltaba un cenicero, el profesor de mates fumaba en clase alineando las colillas, el anciano que lleva la tienda de antigüedades tiene la tradición- desde siempre- de fumar en el baño mientras lee. Se fumaba en los bares, en los despachos, en los aviones, en las aulas mientras se  hacía un examen…en todas partes. 

También es verdad que antes se ignoraba la cantidad de porquería que lleva el tabaco. Fue oficial hace sólo 50 años, cuando los científicos se pronunciaron y dijeron que era malo. Humphrey Bogart o Lauren Bacall no paraban en el amoniaco y otras sustancias que suenan a veneno de película de terror. No se sabía, por eso era normal que fumar fuera, lejos de un tema de salud, una moda. Y bastante extendida, por cierto.

Hoy en día, todo son impedimentos: el precio del tabaco sube como la espuma, céntimo tras céntimo. Hace tres años, con la Ley Antitabaco, se acabó el fumar en los lugares públicos. En los restaurantes ha desaparecido la pregunta: “¿Fumador o no fumador?” El olor ahora es un problema. Cuando un fumador llega, los demás lo huelen como el que huele la fritanga de quien ha estado en un bareto. En la Universidad de Carolina del Norte fuman estudiantes contados, en las afueras del campus. Los fumadores interrumpen las conversaciones entre colegas y cañas para salir a la entrada de la cafetería, fuman rápido, a veces la mitad de un cigarro, para no ser maleducados. Queda más explícito que fumar es un vicio, una carga, una maldición que te aparta de la sociedad. Son unos marginados.

El punto fuerte de los espartanos es que, siendo tan sólo 300, eran uno en su filosofía y su modo de pelear contra el enemigo. Algo parecido pasa con los fumadores. Se apelotonan, en círculo, y dedican un rato a fumar. Ése es el plan: fumar. Si acaso, acompañado de un café. Comentan el mal que hace mientras disfrutan de la calada; otras veces hablan de la desesperación de un día con los pitis contados… Estoy segura de que mi abuelo no hablaba del tabaco en las sobremesas, en las que-bien lo recuerda mi madre- una boina blanca encapotaba el techo del comedor durante horas.  Si de diez personas que toman algo, salen dos fuera a fumar (a pesar de las miradas circunspectas del resto) esas dos personas ya han encontrado un punto en común, más fuerte que la afición por el Real Madrid o que a ambos les guste la comida china. Si están juntos, pueden elegir un bar que tenga estufa y terraza sin sentirse egoístas. Les parece justo elegir con este parámetro.

 El fumador hoy sabe que pertenece a una hermandad, gracias a la cual se siente con fuerzas para seguir metiendo monedas en la ranura de la máquina, sea cual sea el precio- como mucho, se quejará cerca de una papelera mientras le da al cigarro con sus compañeros de causa. La hermandad le da fuerzas para seguir fumando, y todos se entienden cuando comentan las razones por las que lo siguen haciendo.

5 comentarios:

  1. and you make the whole world yours in the small details. ;)

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  2. Con cosas como esta jamás dejaremos de fumar.

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  3. O si lo dejamos, guardaremos siempre un recuerdo entrañable ^^

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  4. Chin chin por todos los miembros de hermandad¡

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Qué me comentas, verdura: