viernes, 22 de febrero de 2013

Zzzz



Las horas de sueño le están regañando. "Conmigo no se juega ", dicen.

jueves, 21 de febrero de 2013

Houses



And I can't face the evening straight
And you can't offer me escape
Houses move and houses speak
If you take me there you'll get relief
Believe, believe, believe, believe...
(Thom Yorke, Radiohead)


Perdió el conocimiento hasta olvidar su nombre, quedó mudo. En la calle despojada de coches y gente, sólo le acompañaba el rocío de la mañana y el olor a basura. El aliento de aquel joven temblaba débil sobre la acera de chicles grises. Empezó a encogerse, adoptó la postura de hace años. Como un feto, quiso esperar a la muerte. Quedaba su cuerpo pues sus pensamientos estaban congelados, el odio le había abandonado también. Llevaba toda la noche hablando, paseando sin rumbo por las calles. Unas calles atestadas de gente, que bebía y gritaba dándose abrazos. Se chocaba con ellos, a veces por accidente, a veces a propósito, para ver qué sentía. Buscaba los ojos de quienes le miraban, cogía colillas del suelo. Las tiraba a la papelera. 

Con las pocas fuerzas que le quedaban, se tapó la cara, sollozando sin lágrimas. Batallaba entre la vergüenza y la auto-compasión. No podía esconderse, la presión de unos ojos enormes taladraba su cuerpo llagado. En la soledad del callejón, sus miembros se iban durmiendo. Dejó de tiritar, se notaba cansado, agotado.Cerró sus ojos secos al mundo.

El sol se asomó por la colina de la ciudad, le cubrió poco a poco- de los pies a su melena ceniza - evaporando el rocío, abrazando la ropa que en su día fue moderna. Cerca, desde alguna ventana se oía una melodía que quiso llevarle recuerdos. Recuerdos a unos rincones que él había vaciado hace tiempo. Algo se posó en su hombro. No quería despertar. Una voz susurró en su oído. Sonaba familiar, tenía la sensación de haberla oído mil veces. Una presencia suave y firme le cogió en sus brazos. Se abandonó, desnudo de todo orgullo, sin fuerza para dar las gracias, sin tiempo para dar explicaciones. Abrió sus labios lívidos, pudo pedir perdón, borracho y moribundo. Su voz ronca rasgó el aire. Detrás de ella, raudo, un suspiro escapó de su garganta. 

En un rincón del ser



El miedo es puramente instintivo. Animal. La víctima, a no ser que esté entrenada (y a veces esa carta no cuenta) pierde toda perspectiva. El contexto desaparece, la cabeza se congela. El monstruo de la adrenalina se despierta y ruge haciendo a la sangre bajar a torrentes por el cuerpo. Los músculos se tensan, preparados para cualquier cosa. Los ojos lo quieren captar todo, las cejas se levantan, los dientes se juntan con fuerza. El cuerpo está alerta, puede sonar una palmada cerca, que saltará en un espasmo completo. Muere la razón. Todo se rige por impulsos, respuestas que no controla el subconsciente. Qué arma más potente, el miedo, qué arma tan peligrosa.

miércoles, 13 de febrero de 2013

Pequeña grande





Para una de las criaturas más tiernas que conozco

El foco inundaba su cara asustada, su cuerpo de niña. Todavía quedaban algunas lágrimas en sus mejillas lisas. Miraba al frente. Respiró hondo dos veces. Asentía sentada mientras yo le hablaba al oído. No sé si me escuchaba. Todo era demasiado grande. El salón, el piano, la gente del público...todo. 

Me sentía culpable y desorientada. Mi maldita boca había pronunciado su nombre al micrófono con una sonrisa ancha. La busqué entre la multitud de primos que se agolpaban sentados en el suelo. Encontré sus ojos marrones desorbitados. Su cuerpo pareció hundirse en el mar de cabezas. Pero al segundo se levantó, escondiendo su cara preciosa y curvando la boca, llorando a medias, con las manos sobre la falda. Corrió a mi lado. 

-"Gordi, ¿Te da vergüenza? Si prefieres no tocar no pasa nada"

Se aferró a mi vestido. Me dijo que sí, mientras luchaba entre el llanto y la firmeza. Había practicado durante semanas para aquel día. Me soltó. Caminó hacia el piano, mientras los cincuenta miembros de la familia aplaudían con fervor. Me senté a su lado en la butaca. "Respira" le dije. Lo hizo. 

Mi,re, mi, re, mi....

Gabriela, con los diez años en sus dedos, hizo al piano cantar. Para Elisa. Entero. De vez en cuando le quitaba alguna vela de su nariz, ella sonreía y seguía tocando. Constante. Se equivocara o no. Sus dedos no temblaban. Los demás, poco a poco, desaparecíamos para ella. Su cara iba perdiendo la expresión de este mundo. Su media coleta de rizos brillaba con la luz. Terminó con las dos manos sobre el piano y volvió con sus primos corriendo, para no perderse el resto del espectáculo. 

miércoles, 6 de febrero de 2013

Momentos egoístas


Las nubes se pelean,
en el cielo no queda sitio.
Esta hoguera que se apaga
chispea de dolor, tiembla de frío. 

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Su aliento es helador,
la escarcha abraza sus horas.
Esta boca que se agrieta,
grita de miedo, grita: "¡Estoy sola!"

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No muy lejos un hombre llora.
Sus manos preciosas se juntan
Por una hoguera en cenizas 
y un cielo que ahora es negro
de su nombre ella se olvida. 

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