sábado, 26 de enero de 2013

Tambores


Tambores ¡Más tambores por favor!
El bicho todavía no ha salido de mi cuerpo. Me impide respirar. No puedo concentrarme. Golpeo el espacio a mi alrededor, agito los brazos en el aire. Grito como un guerrero. El silencio de mi alma me sonríe. El corazón quiere salir a ver lo que yo veo. Está en mi garganta, bombeando e intentando escalar. Estos pies no lo soportan más.

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Salgo corriendo. La dirección es imprecisa. Ya nos lo dijeron. De momento no veo a nadie. Puedo estar muy adelantado, o pueden estar a punto de rebasarme en una segunda vuelta. Tiene que darme igual o me pararé a esperarlos. El viejo del bar me lo dijo: "La trampa más jodida que te vas a encontrar, chaval". "No son un barómetro, ni mucho menos", me repito. La arena se levanta y me mancha. Soy parte del desierto que dejo detrás. El paisaje a los lados de mis ojos abiertos pasa en líneas, sube y baja con el bote de mi carrera.  De vez en cuando, aparecen colores que me suenan, algún nombre, alguna cara. Sigo corriendo.

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Boca cerrada, que no entren moscas. No tengo botella para ella. Como en los barcos, he tirado todos mis cacharros por la borda. Soy una pluma, una bala, una bomba. Tampoco nos han dicho cuando acaba. Esa sí me parece una trampa cojonuda. Mientras salto al vacío para pasar a otro nivel más alto, canto desafinando. El mejor de los cantos, sí señor. Qué agotador. Esta carrera no tiene precio ¡Más tambores, por favor!

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