jueves, 17 de enero de 2013

Primos hermanos de Einstein



Annie volvió al colegio a la mañana siguiente. Es un dato importante. Porque si por ella hubiera sido, se habría escondido debajo de la cama, hubiera simulado un desmayo, cualquier cosa si su madre no fuera tan adorable.

Enero. El blanco frío daba al pasillo de Robles un aspecto tétrico, cuanto menos. A su hermana Mónica le habría parecido romántico. Con lo tonta que está con ese Pedro... están insoportables.

En cuanto su madre se aleja en la Chrysler, Annie se quita la boina y camina a paso rápido. Es muy pronto y todavía no han llegado los autobuses. Saluda en portería, a duras penas, y cierra la puerta de su clase vacia. Se sienta en la mesa. Tercera fila, mesa número cuatro. Nada especial. No tiene mesa al fondo porque no es de buenas notas, tampoco está en las primeras filas por cotorra.

Lleva coleta. Ni plancha, ni moño, ni pelo suelto. Su pelo es de niña, liso, recto, castaño e inocente. No ha probado las lacas, las espumas ni los rulos. Se acerca a la pizarra. Escribe la fecha en la esquina, de puntillas. Miércoles 13 de enero, 1999. El horario marca matemáticas con el parkinson de Conchi, y lengua con los gritos de srta. Laura antes del primer descanso. Conmovedor.

Llegará un día en que no se sienta mal por no levantar la mano. Un día en que no tema hablar, porque piense que para hacerlo haya que decir alguna estupidez que provoque una risa general, o cualquier sermón culto digno de escuchar. Llegará el miércoles en que su espalda no sea tan rígida, y escuche sin abrir los ojos. Los abre, no por atención, sino por miedo, miedo a todo en general. Llegará el día, ella aún no lo sabe, en que empiece a mirar, y la mesa número 4 sea simplemente una mesa. Annie Waters es un genio. Yo le deseo mucha suerte, para que lo sepa cuanto antes y levante la mano señalando lo que corresponde a un genio.

Feliz Año.


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