domingo, 27 de enero de 2013

Abuelo



Me gusta el vino blanco. No he bebido variedades, no tengo tantos años y no sé de vinos. El tinto...no sé si me gusta más. Tampoco tengo mucho interés en descubrirlo. Porque sé que me gusta el vino blanco desde antes de probarlo.

Después de cenar, cada noche, tenías tu rato de retiro personal. En la terraza de ladrillo marrón, con el mar a tu derecha y las casas al otro lado. Y en tu mano, aquél vino blanco, limpio, sincero, con un toque dorado, como las mechas de tu pelo que habían tragado la colonia y el mar por décadas.

Dentro, con la tele encendida, los pies descalzos, las batas y los cigarros veían algún concurso de noche. Las bolsas de regaliz negro y kikos pasaban de un tío a otro. De un primo a un hermano. De repente, la puerta se descorría y aparecías, con tus pantalones azul marino y tus zapatos, uno de ellos con la suela un poco más gorda. Tu sitio quedaba libre. Tu sillón. Y mirabas a una belleza de ojos miel que te observaba desde otro sillón. 

Normalmente era el turno de alguna película no apta. En fila, besos a todos. Siempre me hacías reír. Espero haber heredado algo tuyo. Porque el vino blanco es intencionado y brindo por ti cada vez que pido uno. 

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