martes, 29 de enero de 2013

Buenos días

                                                                                           
Cuando el resto de la casa duerme, tus pasos suaves caminan. 

Tu mano izquierda en el cuello, tapando las medallas para que no suenen. La derecha en tu bata oriental, mientras subes las escaleras. 

Despertares. Unas veces te responden serios, y otros con un abrazo y un beso. 

Ahora me despierto y no te veo, pero sé que piensas en mí. Yo también lo  hago, y pronto podré abrazarte, cada mañana. Pronto serán dos almas las que deambulen por esa casa que es nuestra. 


Tomaremos café juntas y hablaremos de escribir. Pronto, mamá, pronto. 

domingo, 27 de enero de 2013

Abuelo



Me gusta el vino blanco. No he bebido variedades, no tengo tantos años y no sé de vinos. El tinto...no sé si me gusta más. Tampoco tengo mucho interés en descubrirlo. Porque sé que me gusta el vino blanco desde antes de probarlo.

Después de cenar, cada noche, tenías tu rato de retiro personal. En la terraza de ladrillo marrón, con el mar a tu derecha y las casas al otro lado. Y en tu mano, aquél vino blanco, limpio, sincero, con un toque dorado, como las mechas de tu pelo que habían tragado la colonia y el mar por décadas.

Dentro, con la tele encendida, los pies descalzos, las batas y los cigarros veían algún concurso de noche. Las bolsas de regaliz negro y kikos pasaban de un tío a otro. De un primo a un hermano. De repente, la puerta se descorría y aparecías, con tus pantalones azul marino y tus zapatos, uno de ellos con la suela un poco más gorda. Tu sitio quedaba libre. Tu sillón. Y mirabas a una belleza de ojos miel que te observaba desde otro sillón. 

Normalmente era el turno de alguna película no apta. En fila, besos a todos. Siempre me hacías reír. Espero haber heredado algo tuyo. Porque el vino blanco es intencionado y brindo por ti cada vez que pido uno. 

sábado, 26 de enero de 2013

Tambores


Tambores ¡Más tambores por favor!
El bicho todavía no ha salido de mi cuerpo. Me impide respirar. No puedo concentrarme. Golpeo el espacio a mi alrededor, agito los brazos en el aire. Grito como un guerrero. El silencio de mi alma me sonríe. El corazón quiere salir a ver lo que yo veo. Está en mi garganta, bombeando e intentando escalar. Estos pies no lo soportan más.

{.}
Salgo corriendo. La dirección es imprecisa. Ya nos lo dijeron. De momento no veo a nadie. Puedo estar muy adelantado, o pueden estar a punto de rebasarme en una segunda vuelta. Tiene que darme igual o me pararé a esperarlos. El viejo del bar me lo dijo: "La trampa más jodida que te vas a encontrar, chaval". "No son un barómetro, ni mucho menos", me repito. La arena se levanta y me mancha. Soy parte del desierto que dejo detrás. El paisaje a los lados de mis ojos abiertos pasa en líneas, sube y baja con el bote de mi carrera.  De vez en cuando, aparecen colores que me suenan, algún nombre, alguna cara. Sigo corriendo.

{.}
Boca cerrada, que no entren moscas. No tengo botella para ella. Como en los barcos, he tirado todos mis cacharros por la borda. Soy una pluma, una bala, una bomba. Tampoco nos han dicho cuando acaba. Esa sí me parece una trampa cojonuda. Mientras salto al vacío para pasar a otro nivel más alto, canto desafinando. El mejor de los cantos, sí señor. Qué agotador. Esta carrera no tiene precio ¡Más tambores, por favor!

viernes, 25 de enero de 2013

Más rápido, con más estilo





Las limitaciones son crueles. Matan la intención y a veces se enroscan ahogándola hasta llegar a tu ánimo. Es entonces cuando todo pierde sentido, pues las limitaciones no parecen entender de esfuerzo. Te recuerdan que eres débil, da igual lo que hayas andado, te susurran al oído y te hacen tropezar, caer muy hondo. Te sorprenden, en el momento más inesperado, sin avisar. Puedes gritar, golpear lo primero que tengas a mano. Si ya el mundo estaba suficientemente loco, ¿cómo puedes andarlo ahora, sabiendo que tus limitaciones nunca te van a dejar?

Pero sus limitaciones aún no le han conocido. Arranca la ira de su cuerpo, una ira que chupaba la creatividad como un parásito. Se levanta una vez más, ha perdido la cuenta, a día de hoy es lo que mejor se le da. Cada vez lo hace más rápido y con más estilo.


lunes, 21 de enero de 2013

Encuentro fortuito



No niego que su sonrisa fuera sincera. Tampoco que era lo que siempre había visto. Pero esos dientes negros...

Esa risa en los momentos más grotescos, ese silencio al decidirse entre lo malo y lo peor, dejaban poco que desear. Al margen, muy lejano, de inspirarme compasión o tormento por ver el camino tan oscuro que para mí llevaba y a expensas de se juez de nadie, directamente no podía ni acercarme a él. Su forma de moverse, sus ojos de lince y su aire violento, hacían que mi cabeza enseñara la nuca al cielo, cualquier gesto era propenso a provocar un altercado en aquélla hoguera que se estaba apagando.

Un bosque, dos personas, y varias bestias respirando a unos kilómetros alrededor. Le sirvo agua, fumamos mientras parlotea en mi silencio. A la mañana siguiente se había ido, con su caballo y un cambio de botas poco afortunado para mí. Pero bastante suerte había tenido, que por miedo ni huir de su compañía había podido y los encuentros en los largos caminos, los que los recorren lo saben, son así.

jueves, 17 de enero de 2013

Primos hermanos de Einstein



Annie volvió al colegio a la mañana siguiente. Es un dato importante. Porque si por ella hubiera sido, se habría escondido debajo de la cama, hubiera simulado un desmayo, cualquier cosa si su madre no fuera tan adorable.

Enero. El blanco frío daba al pasillo de Robles un aspecto tétrico, cuanto menos. A su hermana Mónica le habría parecido romántico. Con lo tonta que está con ese Pedro... están insoportables.

En cuanto su madre se aleja en la Chrysler, Annie se quita la boina y camina a paso rápido. Es muy pronto y todavía no han llegado los autobuses. Saluda en portería, a duras penas, y cierra la puerta de su clase vacia. Se sienta en la mesa. Tercera fila, mesa número cuatro. Nada especial. No tiene mesa al fondo porque no es de buenas notas, tampoco está en las primeras filas por cotorra.

Lleva coleta. Ni plancha, ni moño, ni pelo suelto. Su pelo es de niña, liso, recto, castaño e inocente. No ha probado las lacas, las espumas ni los rulos. Se acerca a la pizarra. Escribe la fecha en la esquina, de puntillas. Miércoles 13 de enero, 1999. El horario marca matemáticas con el parkinson de Conchi, y lengua con los gritos de srta. Laura antes del primer descanso. Conmovedor.

Llegará un día en que no se sienta mal por no levantar la mano. Un día en que no tema hablar, porque piense que para hacerlo haya que decir alguna estupidez que provoque una risa general, o cualquier sermón culto digno de escuchar. Llegará el miércoles en que su espalda no sea tan rígida, y escuche sin abrir los ojos. Los abre, no por atención, sino por miedo, miedo a todo en general. Llegará el día, ella aún no lo sabe, en que empiece a mirar, y la mesa número 4 sea simplemente una mesa. Annie Waters es un genio. Yo le deseo mucha suerte, para que lo sepa cuanto antes y levante la mano señalando lo que corresponde a un genio.

Feliz Año.