sábado, 15 de diciembre de 2012

Reconocimiento



Esa nostalgia de cosas que nunca ha tenido. El peso que se acomoda en el fondo de su estómago. El zenit del aburrimiento.

Las horas han pasado rápidas y, sin piedad, le han mirado indiferentes mientras bailaba como un payaso triste sobre su escenario. Fred se quita los cascos y frota sus orejas doloridas. Sacude las notas de Kings of Leon, The Diamon Light y lo más triste de Radiohead. El tabaco abraza su garganta y tiene los dedos helados. Ventilar en diciembre tiene su precio. 

En el baño, bajo el grifo de agua caliente y moviendo los dedos en mitad de un hipnotismo de nada, se mira. Fred siempre pensó que el espejo es un buen invento. No tanto los de la calle, que hacen que la gente se dirija miradas disimuladas, para confirmar algo que ya saben, para ver si esa vez se sorprenden. Unos piden seguridad al mirarse de reojo, otros, sencillamente no pueden evitarlo. Como una llamada a la que obedecen por instinto. A Fred le pasa. 

Pero el espejo del baño, para él, es otra cosa. Con las manos mojadas, se quita las gafas y se mira, achinando los ojos.Es una cosa borrosa ahora mismo. Y ese día Fred decide mirarse en silencio. Lleva todo el día callado, en el cementerio que ha sido su piso. Sólo mirarse. Al final se tiene que reír. Siempre pierde en los serios, incluso consigo mismo. 

Dispara unas gotitas del agua ya fría en su reflejo y vuelve a su nido. Sigue siendo Fred. Siempre igual, impredecible. 

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