jueves, 20 de diciembre de 2012

Lija de pensamientos


Mundo de hachas y carpinteros, 
dejad de talar, oíd mi lamento.

El campo está lleno de troncos
Somos astillas, somos madera muerta. 

Hasta sangrar tus manos en mi cuerpo,
siéntate y pule con fuerza.

ºººººººººººººººººººº

"Los acaricio sin que te des cuenta,
y lloro con su resina espesa.
Me gustan los rayones de tu puerta"

sábado, 15 de diciembre de 2012

Reconocimiento



Esa nostalgia de cosas que nunca ha tenido. El peso que se acomoda en el fondo de su estómago. El zenit del aburrimiento.

Las horas han pasado rápidas y, sin piedad, le han mirado indiferentes mientras bailaba como un payaso triste sobre su escenario. Fred se quita los cascos y frota sus orejas doloridas. Sacude las notas de Kings of Leon, The Diamon Light y lo más triste de Radiohead. El tabaco abraza su garganta y tiene los dedos helados. Ventilar en diciembre tiene su precio. 

En el baño, bajo el grifo de agua caliente y moviendo los dedos en mitad de un hipnotismo de nada, se mira. Fred siempre pensó que el espejo es un buen invento. No tanto los de la calle, que hacen que la gente se dirija miradas disimuladas, para confirmar algo que ya saben, para ver si esa vez se sorprenden. Unos piden seguridad al mirarse de reojo, otros, sencillamente no pueden evitarlo. Como una llamada a la que obedecen por instinto. A Fred le pasa. 

Pero el espejo del baño, para él, es otra cosa. Con las manos mojadas, se quita las gafas y se mira, achinando los ojos.Es una cosa borrosa ahora mismo. Y ese día Fred decide mirarse en silencio. Lleva todo el día callado, en el cementerio que ha sido su piso. Sólo mirarse. Al final se tiene que reír. Siempre pierde en los serios, incluso consigo mismo. 

Dispara unas gotitas del agua ya fría en su reflejo y vuelve a su nido. Sigue siendo Fred. Siempre igual, impredecible. 

domingo, 9 de diciembre de 2012

Guerra conmigo




Prometí que podía cuidar de mí mismo. Dudaron, un poco, pero al rato estaban cruzando la puerta, lanzando besos de despedida. Me dejaron el mismo botecito verde de siempre, y lo puse en una estantería a la que podía llegar subiéndome al cesto de la ropa sucia. Cada día, a la misma hora, ya sin pensar, me tomaba la pastilla entre tostada y tostada. Mi pequeño gran ritual. 

Comencé a crecer. Mis piernas eran fuertes y mi casa se iba llenando de pedazos de días y memorias. Ya no tenía que subirme a ningún sitio para llegar al bote. Me olvidé de él. Pero hoy he visto a todos los que lo toman, día tras día. Y le he quitado el polvo. Y lo he puesto donde tiene que estar. Encima mi estantería de libros más leídos. 

jueves, 6 de diciembre de 2012

Shh




Cállate y sigue.

martes, 4 de diciembre de 2012

Lo publico sólo porque te gusta




Antes de explotar, la sensación es maravillosa. Todavía tienes el control, y por tu cuerpo, desde la planta de los pies hasta la piel de gallina que notas en las mejillas, corren mil hormigas. Curiosamente, antes de explotar, el silencio que guardas es negro, entero, puro. El calor sube y si quieres, vuelve a bajar dejándote frío en un segundo. Si lo reprimes, se destaponan tus oídos y sueltas el aire. 


Lo mismo dura si explotas
Lo demás son palabras, 
palabras que van perdiendo fuerza
Tu boca al principio tan abierta
acaba cerrada, acaba muerta. 

Lo mismo da. Eso sí, antes de explotar, la sensación es maravillosa.