lunes, 8 de octubre de 2012

Operación gusano



Un buen día, que no era bueno, el gusano desapareció. La caja, tan grande, ahora lucía fea, con las hojas calladas y todavía el olor al bicho. Nadie diría que llenaba tanto el cartón, hasta que lo abandonó. Eran las cinco de la tarde. La mesilla estaba llena de rotuladores, vasos con agua de témperas, que al final se había vuelto gris. Trozos de papel hechos bola, que de vez en cuando se movían, intentando desplegar sus arrugas. Se estaba bien en ese cuarto. Cálido, a veces con risas de niños, y por las noches bajo la luz de la farola al otro lado de la acera.

Pero el gusano no estaba cómodo. Las paredes se le antojaban aburridas. No sabía cómo había llegado hasta allí. Se arrastraba lentamente, sin hacer ruido, y comía. Al principio sólo pensaba en sus hojas y en su piel suave. Deseaba que aquéllas cabezas enormes, que hablaban a voces y asomaban sus dedos gordos tocándolo, desaparecieran de su casa color marrón.

Al niño le costó lágrimas un par de días. Como quien pierde su chaqueta del viaje de hace años, o sus zapatos favoritos. Confusión, rabia, tristeza y olvido. Al poco, un pez globo rellenó el hueco del gusano. Y al otro lado de la calle, una momia blanca se retorcía a ratos en la corteza de un árbol. Algo bello se estaba pensando ahí dentro.  La emoción era incontrolable, y el gusano sólo quería salir. Salir a lo grande, como esos héroes que el niño veía en la tele. Esos que, como Superman, superaban las habladurías y las sospechas; los que, como Spiderman, se creían nadie, acabados. Aquéllos que vestían con colores y alzaban el puño en el aire.

¡Crack! Un sonido que ningún humano escuchó. Un sonido de bomba, y unas alas de color, como las de los héroes.

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