domingo, 22 de julio de 2012

El camisón de Tess

A esas horas de la mañana la luz era blanca y empezaba a calentar el frío. Secaba el rocío a su paso por los campos y praderas, hasta llegar a la pequeña ventana de una casa perdida en una de tantas colinas. Una casa blanca de madera, con brasas chispeantes en la chimenea y un gato desperezándose en el portal. Tess miraba a través de un cristal deforme, jugando con las luces desde sus ojos miel,  mientras escribía de vez en cuando. Su camisón blanco de flores llegaba al suelo. Le tapaba los pies que, aunque con calcetines de lana, se helaban de frío.

Una gota de tinta negra se deslizó desde la punta de su pluma y dibujó una nube a la altura de su rodilla, acabando con el blanco y las flores. Miró la mancha como en una hipnosis, y bostezó. El pitido del té apremiaba y ya olía a bollo. Sacó la tetera, y dejó a un lado el cuaderno que aquélla mañana encontró un sitio en el que dormir años y años. Así lo había decidido la vida. Un siglo después, ni campos ni colinas, una ciudad, y el cuaderno en un escaparate con tapas nuevas y un camisón con la mancha de tinta, que, según dicen, la conocida autora dejó caer después de una inspirada noche sin dormir. Debe estar muriéndose de risa, allá donde esté la bella Tess.