domingo, 3 de octubre de 2010

Al son del vals desafinado


El salón cada noche era más oscuro. Las cortinas sufrían el paso del tiempo, y las innumerables visitas ilustres habían machacado el algodón de las alfombras, que se quejaban dejando al aire sus carnes membradas. Había sombras de vaho quemado en las pantallas, y las flores dormían el eterno y seco sueño, inclinadas en una solemne reverencia a aquella mujer, alta, esbelta y con un aire melancólico de nostalgia en su gesto. Sus manos delgadas jugaban con un encendedor de plata, que se abría y cerraba con un incansable ruido metálico. Aquella cajita era lo único que brillaba con destellos tiritantes y fugaces, en aquel gris y muerto lugar.

El silencio era casi insoportable, la dejaba sorda de dolor. Caminaba de un lado para otro, intentando recordar. De vez en cuando salía al exterior, para ver si las montañas, las ovejas y el sol seguían en su sitio.

Puso su canción favorita. A él le volvía loco cada vez que esas notas del piano daban comienzo al vals. Abandonó la copa de vino en una mesilla elegante y ahora escondida bajo la suciedad espesa. La copa se apoyó, levantando un polvo sutil, que parecía querer dibujar noches de ensueño y banquetes pasados.

Sus pies pequeños y finos comenzaron a dar los pasos al son de aquel vals desafinado, y sus manos, en el aire, le invocaban. Los ojos miel de aquella joven comenzaron a llorar silenciosamente, sin querer hacer ruido, mientras un nudo se asentaba en su garganta de mármol. Pero sonrió, elevando la cabeza y llevando sus negros rizos hacia atrás. La madera crujía al descompás de la melodía. El sol, ya despierto, atisbó aquel baile a través de las rendijas de madera abrigadas por el musgo. La mujer enseñó sus párpados hinchados al nuevo día, y suspiró.

Su vestido blanco se manchaba, poco a poco. A medida que el vals cobraba fuerza, ella revivía en la estática visión de su padre. ¡Era tan pequeña! El la cogía y la elevaba, riendo. Se tropezó, pero continuaba bailando, quería ver. El piano, ella sentada en sus rodillas...

Un jarrón cayó al suelo, pero la bailarina no abrió los ojos. Vio aquel infernal agujero negro, el plomo y la sangre. Oyó los gritos, y también ella corrió, cegada por el pasado, hacia ninguna parte. Al impactar con el suelo, al fin despertó de su enfermizo sueño. Seguía en el estático salón oscuro.
Cruzó el umbral de aquella casa sin puerta que cerrar, bajó las escaleras, y dedicó una última mirada a la lápida. Le lanzó un beso mientras le decía por dentro: " La próxima vez escojo yo la canción".

5 comentarios:

  1. Ey! No sabía que tuvierais blog... está genial. Felicidades por la entrada María. Escribes de madre, tanto como tocar el piano :D
    Gran profe tuve!

    Saludos!
    www.universocinemaniaco.blogspot.com

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  2. jajaja un placer, siempre que quieras entrar en ese mundo, como dijiste ;p no dudes en decirlo!!!! gracias y bienvenido jon!!!!!!

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  3. sis!!!!me encanta!!!!escribe mas...aunq ya veo q l gombrich te quita demasiado tempooo pero en na a madrid!!!terra querida!!!!y muchos dias!!q bn q nos vayamos juntasss!!!;) animo y sigue escribiendo!!

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  4. Qué delicia leer lo que escribes!me encanta!

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