viernes, 12 de marzo de 2010

Recuerdos




Nada.La comida quemaba tanto como antes. Por mucho que sopláramos la sopa, el humo volvía a emerger, desafiante. Estábamos las dos en la mesa de madera, vestida de cuadros rojos y blancos, riendo mientras porcurábamos no catapultar ninguna miga de pan. Mis tíos hablaban de la rata que se había colado en el garaje, y que pondrían más veneno. Sus voces se fueron apagando mientras bajaban las escaleras que llevaban a la primera planta.

Después de quitar las migas del mantel, cogimos cada una una fruta y una zanahoria cruda. En aquella casa magnífica y tranquila, el jardín era todo humedad y verdor. Caminábamos del brazo a buen paso en una cuesta arriba, que terminaba en un trozo de tierra parduzca sembrada de altos pinos. El sol dibujaba sombras grotescas que se movían con el viento, mientras las ardillas correteaban para escalar algún pino que les salvara de nuestra repentina presencia.

Cogimos un baúl de mimbre que siempre había estado allí para la leña. Ahora estaba vacío. Después de sacudir las astillas, lo pusimos boca abajo y se convirtió entonces en un pequeño mirador. Con sólo trece años, y siendo mi prima un palo vivo, cabíamos en aquel baúl cómodamente. Esperamos a que las ardillas se dejaran ver.

Nunca había hecho eso, esperar. Algunas veces corría detrás de las gordas palomas en verano, hasta que levantaran el vuelo, y otras veces gritaba para ahuyentar a todo bicho relativamente pequeño. Pero observar en el silencio me parecía un tanto absurdo, aunque confiaba en las palabras de mi prima, que siempre disfrutaba haciéndolo.

El sol de la tarde se filtraba en los gusanos de mimbre que tejían el baúl, y tuve que cerrar el ojo izquierdo. Si movía la cabeza, me encontraría con la de Pilar.

-No veo nada- dije al fin, suspirando.
-¡Shh! ¡sacrilegio!- dijo en tono bromista y sonriendo- Vas a ahuyentarlas.

Sonreí, y seguimos esperando. De repente, me di cuenta del inmenso silencio que nos rodeaba. Sólo las hojas bailando en el viento y el canto de los pájaros se atrevían a romperlo. Si me olvidaba de mi postura y de la paciencia que no tenía, realmente era un buen sitio para pasar el rato. Retorcí la zanahoria fresca con mis dedos. Cuando se estaban tiñendo de naranja, mi prima golpeó con su codo suavemente el mío. Levanté la vista, y vi algo precioso: a menos de un metro de nosotras, dos ardillas roían frenéticamente una piña.

Observé sus manos pequeñas y juntas, recogidas por delante de su cuerpo redondo, y la cabeza en forma de triángulo, de aspecto suave. Para mi sopresa, se acercó un poco más, hasta que estuvo lo bastante cerca como para oír un suspiro. Me tensé, y procuré no respirar. Era bastante emocionante, cada vez más.

-¡Niñas!¡Vamos a poner Fraiser!

Como era de esperar, las ardillas desaparecieron, y en su lugar, el rostro sonriente de mi tía en la ventana nos invitaba a entrar en la casa.Salimos corriendo y riendo hacia la puerta.

-Gracias- y tiré el último trozo de la zanahoria antes de cerrar la puerta.

2 comentarios:

  1. joooooooooooo es guay!!!me acuerdo de muchos momentos como este me gusta que lo hayas puesto aqui!!!bxs sister

    ResponderEliminar
  2. Probaré a potenciar mi paciencia...

    ResponderEliminar

Qué me comentas, verdura: