sábado, 13 de marzo de 2010

Pasillos blancos



Para un ángel en la tierra

El móvil estaba esperando esa hora maldita, para gritar con todas sus fuerzas y despegar los párpados de la enfermera, que se queja soltando un largo y grave bostezo.

No ve nada y algo le oprime la barbilla. Tanteando y como puede encuentra el interruptor, que inunda la estancia de una luz clara, molesta. Debajo de su boca yace uno de sus libros favoritos.

El agua fría despierta su cuerpo adormecido y congela esas ideas que brotan sin avisar. Se mira al espejo, sonriendo anchamente justo después de lavarse los dientes. Es una chica de aspecto nórdico, con la piel clara enmarcada por un cabello grueso y rubio de reflejos pelirrojos. Tiene unas ojeras incipientes, sus ojos azul apagado despiertan del todo al conocer el frío de la mañana al salir de casa. El resto de la casa duerme. Camina a buen paso, dejando bailar al pensamiento y trasladando su mente a otra parte. No puede evitar reír disimuladamente al recordar su arrebato de genio con una compañera, que tira siempre de su paciencia con todas las armas imaginables. Se ajusta el bolso mientras esquiva a los madrugadores que andan en dirección contraria a la suya.

Sus pies resuenan en los pasillos blancos, mientras se ajusta la cofia. Se para frente a una puerta, y gira lentamente su cabeza hacia ella. Las mantas recogidas en el extremo de la cama le bastan para saber que su paciente se ha ido, como temía. Los objetos personales de aquella amiga sabia y anciana esperan de alguna mano familiar para ser llevados al recuerdo. Se apoya pesadamente en el marco de la puerta, sin apartar sus ojos de la estancia, como dando un minuto de silencio a aquél alma cándida. Vuelve al pasillo blanco, vacío y en el que pasan tantas cosas al mismo tiempo.

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